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10.09.2026 Nueva York., EUA.- A 25 años del 11-S, las víctimas sigue siendo mucho más que una cifra: mujeres, hombres, niñas y niños de 90 países cuyas historias quedaron atravesadas por una mañana de septiembre que convirtió el cielo de Nueva York en escenario de una de las mayores tragedias de la historia contemporánea de Estados Unidos.
El 11 de septiembre de 2001, 19 integrantes de Al Qaeda secuestraron cuatro aviones comerciales. Dos fueron estrellados contra las Torres Norte y Sur del World Trade Center, uno contra el Pentágono, en Arlington, Virginia, y el cuarto, el vuelo 93 de United Airlines, cayó en un campo de Pensilvania después de que pasajeros y tripulantes intentaran recuperar el control de la aeronave. Murieron 2 mil 977 personas: 2 mil 753 en Nueva York, 184 en el Pentágono y 40 a bordo del vuelo 93. Las víctimas procedían de 90 países.
Pero detrás de esos 2 mil 977 nombres había familias, empleos, proyectos, hijos, madres, padres, parejas y amistades. Había personas que acababan de comenzar su jornada laboral, pasajeros que abordaron un avión para realizar un viaje ordinario y trabajadores de emergencia que, al conocer la magnitud de la tragedia, hicieron exactamente lo contrario de lo que indicaba el instinto de supervivencia: corrieron hacia las torres mientras miles intentaban salir.
A las 8:46 de la mañana, el vuelo 11 de American Airlines impactó la Torre Norte. Diecisiete minutos después, a las 9:03, el vuelo 175 de United Airlines golpeó la Torre Sur. En el complejo del World Trade Center había entre 16 mil 400 y 18 mil personas. La mayoría consiguió evacuar, pero cientos quedaron atrapadas por encima de las zonas de impacto o en áreas donde las rutas de salida habían quedado destruidas.
La dimensión humana de la tragedia comenzó a escribirse en esos minutos.
Entre quienes intentaban escapar estaban mujeres que descendieron decenas de pisos por escaleras llenas de humo, personas heridas que fueron auxiliadas por desconocidos y trabajadores que regresaron por compañeros que no podían caminar.
Una de ellas fue Linda Raisch-Lopez, empleada en el piso 97 de la Torre Sur. Cuando el primer avión impactó la Torre Norte, decidió abandonar su oficina. Mientras bajaba por las escaleras, el segundo avión golpeó su edificio. Continuó descendiendo entre el caos y posteriormente caminó varias calles de Manhattan sin darse cuenta de que sus pies estaban heridos. Sus zapatos, manchados de sangre, forman parte actualmente de la colección del 9/11 Memorial Museum y se convirtieron en un testimonio material de la desesperación y la huida de miles de personas.
La perspectiva de género permite mirar una dimensión que durante años quedó parcialmente escondida detrás de las imágenes de los edificios, los aviones y los equipos de emergencia: las mujeres también estuvieron en cada uno de los espacios de aquella tragedia, como víctimas, sobrevivientes, policías, bomberos, paramédicas, enfermeras, periodistas, trabajadoras de oficina, estudiantes y familiares que desde ese día comenzaron una búsqueda que para muchas nunca terminó.
Entre las mujeres que perdieron la vida estuvo Kathy N. Mazza, capitana del Departamento de Policía de la Autoridad Portuaria de Nueva York y Nueva Jersey. Antes de ingresar a la policía había trabajado como enfermera especializada en cirugía cardiotorácica. El 11 de septiembre acudió a la Torre Norte y participó en la evacuación de personas atrapadas. Murió cuando el edificio colapsó. Fue la primera mujer policía de la Autoridad Portuaria en morir en cumplimiento del deber.
Mazza no fue una excepción. Las mujeres participaron en la respuesta de emergencia en todos los niveles. Algunas estuvieron entre quienes perdieron la vida tratando de rescatar a otras personas; otras sobrevivieron y permanecieron durante semanas o meses en las labores de recuperación.
El 9/11 Memorial documenta también las historias de mujeres como Yamel Josefina Merino y Moira Ann Smith, quienes murieron durante las operaciones de rescate, así como las de trabajadoras que participaron en las morgues, centros de asistencia familiar, labores de limpieza, recuperación y atención a las familias.
Otra historia es la de Regina Wilson, quien ingresó al Departamento de Bomberos de Nueva York en 1999. En su generación era la única mujer entre más de 300 integrantes de su clase y una de apenas siete personas negras que habían sido seleccionadas. El 11 de septiembre se encontraba asignada a Ladder 105. Murió en los ataques. Su historia muestra también el lugar que ocupaban las mujeres dentro de instituciones de emergencia que, en aquella época, continuaban siendo espacios predominantemente masculinos.
El caso de Adrienne Walsh muestra el otro lado de esa historia. Bombera del FDNY, llegó al World Trade Center y participó posteriormente en las labores de rescate y recuperación. Había sido la segunda mujer en la historia del departamento en incorporarse al Comando de Operaciones Especiales y la primera en alcanzar un puesto de mando dentro de esa estructura.
También estuvieron las mujeres que, sin uniforme, tuvieron que tomar decisiones de vida o muerte.
Ada Dolch era directora de una escuela situada al sur de las Torres Gemelas. Cuando comenzó el ataque sabía que su hermana, Wendy Alice Rosario Wakeford, trabajaba en la Torre Norte. Mientras intentaba enfrentar el miedo por su familiar, Dolch dirigió la evacuación de más de 600 estudiantes y trabajadores de la escuela. Su hermana murió ese día.
Es en historias como ésta donde el 11-S deja de ser únicamente una sucesión de imágenes de televisión y recupera su dimensión humana: una mujer intentando proteger a cientos de niñas, niños y trabajadores mientras sabía que una persona de su propia familia estaba dentro de uno de los edificios atacados.
También quedaron las familias.
Madres que esperaron llamadas que nunca llegaron. Hijas que crecieron con una fotografía de su padre como recuerdo. Padres que tuvieron que explicar a sus hijos por qué mamá o papá ya no volvería a casa. Parejas que recibieron la noticia de la muerte mientras las autoridades todavía intentaban identificar a miles de víctimas.
El Memorial conserva más de mil entrevistas de historia oral con sobrevivientes, familiares, trabajadores de emergencia y otras personas afectadas por los ataques. Entre esos testimonios aparece el de Ester DiNardo, quien perdió a su hija Marisa; el de Harry Ong Jr., cuya hermana Betty Ong era sobrecargo del vuelo 11; y el de otras familias cuya vida quedó dividida entre el antes y el después de aquel martes.
Betty Ong fue una de las mujeres que murió a bordo del vuelo 11. Como sobrecargo, realizó comunicaciones durante el secuestro que posteriormente ayudaron a reconstruir lo ocurrido en el avión. Su nombre forma parte de los miles que cada aniversario son leídos públicamente en el Memorial.
En el Pentágono, otras 184 personas perdieron la vida. En Pensilvania, murieron las 40 personas que viajaban en el vuelo 93. Allí, pasajeros y tripulantes intentaron impedir que los secuestradores alcanzaran su objetivo. El avión terminó estrellándose en un campo de Somerset County.
La tragedia tampoco terminó con el derrumbe de las torres.
Miles de personas que sobrevivieron al ataque o acudieron posteriormente a Ground Zero quedaron expuestas al polvo, humo, escombros y sustancias tóxicas. Policías, bomberos, paramédicos, trabajadores de construcción, voluntarios, personal de comunicaciones y residentes de la zona enfrentaron durante años consecuencias físicas y psicológicas.
El Programa de Salud del World Trade Center continúa atendiendo a personas afectadas por la exposición relacionada con el 11-S. Los problemas reconocidos incluyen enfermedades respiratorias, cánceres y trastornos de salud mental, entre otros. El propio programa federal señala que las consecuencias sanitarias continúan décadas después de los ataques
La dimensión de género también aparece en esas consecuencias.
La investigación del Programa de Salud del World Trade Center ha encontrado diferencias entre hombres y mujeres en determinados efectos psicológicos. Un análisis incluido en la investigación del programa reportó una prevalencia de probable trastorno de estrés postraumático de 13.9% entre mujeres frente a 7.4% entre hombres en la población estudiada. En el caso de las policías que respondieron a los ataques, también se identificó una prevalencia significativamente mayor de probable estrés postraumático.
Esto no significa que el dolor pueda reducirse a una diferencia estadística entre mujeres y hombres. Significa que la experiencia de una catástrofe de esta magnitud tampoco es necesariamente idéntica para todas las personas y que la investigación posterior ha encontrado diferencias que deben ser consideradas cuando se habla de las consecuencias del desastre.
Las afectaciones físicas también persisten. Investigaciones financiadas por el programa federal han documentado que quienes participaron en las labores de rescate y recuperación estuvieron expuestos a una compleja combinación de contaminantes y riesgos. El periodo de respuesta y recuperación en el World Trade Center se prolongó durante casi un año y abarcó a decenas de miles de trabajadores.
Por eso, 25 años después, hablar del 11 de septiembre únicamente como el día en que cayeron las Torres Gemelas resulta insuficiente.
Las torres fueron edificios. El atentado fue un acontecimiento histórico. Pero las víctimas fueron personas.
Tenían nombres.
La conmemoración anual en Nueva York conserva precisamente esa idea. Los familiares leen los nombres de quienes murieron, uno por uno, en lugar de reducirlos a una cifra. El Memorial señala que los 2 mil 977 asesinados procedían de 90 países.
Ese ritual importa porque devuelve individualidad a quienes fueron convertidos por la magnitud de la tragedia en una cifra colectiva.
También obliga a recordar a quienes sobrevivieron y a quienes enfermaron después. A las mujeres que corrieron escaleras abajo. A las que buscaron a sus familiares. A las policías y bomberas que entraron mientras otros salían. A las médicas, paramédicas y enfermeras que atendieron a los heridos. A las periodistas que documentaron el desastre. A las trabajadoras que perdieron a sus compañeras. A las madres que quedaron solas con sus hijos. A las hijas que crecieron con una ausencia.
El 11 de septiembre de 2001 no terminó cuando las Torres Gemelas se desplomaron.
Para miles de familias, aquel día se prolongó durante años.
Y para muchas personas, continúa presente en una enfermedad, una fotografía, una llamada telefónica, un objeto guardado en una caja, un nombre pronunciado cada septiembre o una silla que quedó vacía para siempre.
Veinticinco años después, recordar a las víctimas no significa solamente recordar cómo murieron. Significa recuperar quiénes fueron antes de morir.
Porque el 11-S no dejó únicamente edificios destruidos.
Dejó 2 mil 977 vidas interrumpidas y un número mucho mayor de vidas transformadas para siempre.

