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/Texto: Beatriz Zalce Fotos: Gerardo Magallón y Jaime Quintana/Desinformémonos/
Sus manos son como flores. Con ellas acunaron al hijo; maternaron a la hija. Pero de un tiempo para acá se juntan con otras manos, se ayudan entre ellas. Se pasan una botella con agua, un clínex, el magnavoz, la pala para escarbar la tierra y ¿en el mejor de los casos? encontrar una prenda que les era muy familiar, porque la lavaron muchas veces, porque había sido un regalo de cumpleaños… A veces lo que sale es un pedazo de hueso tan roto como su propio corazón.

Son muchas las madres buscadoras que hoy 8 de marzo se dieron cita para caminar, para gritar a los cuatro vientos el nombre de quien salió de sus entrañas, para que de algún modo Jeshua, Brian, Renata, Julio, Giovanni, Carlos, Ricardo, Luis Alberto, Yesenia, Jorge Alberto, Brenda, la lista es enorme, sepan que sus madres los buscan, que sus familias luchan por encontrarlos, que no tienen descanso y no piensan parar hasta encontrarles.
En México hay más de 131 mil desaparecidos y la cifra crece cada día. Sin embargo, en el transcurso de la semana, la presidenta Claudia Sheimbaum aseguró que en México las mujeres ya no lloran. ¿Será que al igual que Carlos Salinas de Gortari, quien no veía ni oía a sus opositores; ella, tampoco?

Las madres buscadoras lloran, protestan, exigen justicia, buscan a sus hijos, hacen el trabajo que el Estado debería hacer, son amenazadas, algunas han sido asesinadas como Rubí Patricia Gómez. Su contingente tenía que ser el primero, ser la descubierta de la marcha de este 8 M. Sin embargo, otros contingentes tomaron la delantera, como para ir abriendo brecha, para calentar la atmósfera.

“Señor, señora no sea indiferente: están matando mujeres delante de la gente” van gritando. Pero las mujeres policía miran pasar a las manifestantes con total y absoluta indiferencia. Hoy, como parte del uniforme, traen en la mano unos clavelitos blancos y a su visera negra la adornaron con tamaños moñotes morados que seguramente no les veremos mañana ni pasado.
Atrás de esos primeros grupos, casi pisándoles los talones, va el equipo de limpia de la Ciudad de México, vestidas de guinda de los pies a la cabeza, con un chalequito amarillo fosforescente y un moño blanco en las escobas. Son eficientes, hay que reconocerlo. Barren con todo: no hay papel, volante, empaque de gas morado que se les escape.

Además de las “tradicionales” batucadas, un grupo de mixes interpreta música de Oaxaca. Sus manos tocan instrumentos de aliento y percusiones. Las triquis se pusieron su huipil rojo y largos collares de canutillo. Las mazahuas casi desaparecen tras su manta.
Varios drones sobrevuelan el Paseo de la Reforma y medio mundo toma fotos y videos, pero sólo la sensibilidad de Gerardo Magallón capta el momento en que una joven camina muy derecha cerca del Monumento a la Mujer. Con las fichas de búsqueda confeccionó su vestido de “novia”. Una su amiga le acerca el micrófono: “Me dicen La Llorona porque no paro de buscarte. Me arrancaron la vida de tajo y mi cuerpo es este estandarte. Mírenme: mi falda no termina, como no termina el duelo. Son más de 130 mil ausencias las de hoy. Cada rostro es un nombre, cada nombre es un grito. Cada hilo de este velo es un dolor infinito. Buscaba a mis hijos y encontré fosas de dolor”.

“Ni una más, ni una más, ni un desaparecido más”.
La manta es una foto ampliada que muestra la ficha de búsqueda de un muchachito serio, de mirada franca. Describe a Jeshua Cisneros Lechuga: delgado, 1.72 Mts, cabello negro corto, ojos café oscuro, nariz aguileña. Su madre, Carla Lechuga, lo retrata tal cual: buen muchacho, buen hijo, buen hermano y añade: un niño muy amoroso, sensible, empático.

Ella lo perdió todo el 13 de noviembre del año pasado, cuando Jeshua no llegó a casa. Su corazón de madre supo que algo andaba mal…
-Había venido muchas veces en esta marcha porque me solidarizaba con las mamás buscadoras. No entendía su dolor, pero lo imaginaba. Es la primera vez que estoy como madre buscadora -sus palabras fluyen, sus lágrimas también. Voy a seguir en la lucha hasta encontrarlo: es promesa de mamá. Cuando venía a las marchas él me preguntaba: ¿A dónde vas, madre? Y yo le decía: ¡A derrocar al patriarcado! Y él me contestaba: Qué bueno, madre, con cuidado.

“Y hoy estoy aquí como madre buscadora. No voy a dejar de incomodar, de gritar, de exigir porque en este país corrupto y violento a todos nos alcanza la violencia. Yo soy la prueba viviente de eso. Siempre venía en apoyo y solidaridad y ahora vengo por mi hijo. Los jóvenes no desaparecen: a ellos se los llevan.”
“No quiero vivir en otro país: quiero vivir en otro México”
Pocas referencias al próximo mundial de futbol. Pero no se necesitan más. En una gran cartulina se lee: “El mundial en México: donde el fútbol se tiñe de dolor y la ausencia se hace visible en cada estadio” y “Es un país tan pobre que grita más fuerte un gol que un feminicidio”.


Si los gritos son contundentes, también lo es el lenguaje de las manos. Las manos cuyos gestos son letras. Las manos que sostienen pancartas, las manos que dibujan con maquillaje morado el espejo de Venus con su correspondiente puño en alto. Las manos de una joven que sostiene una cartulina donde escribió: “Píntame si cuando hablaste no te creyeron o te hicieron dudar de ti”. Su rostro, sus brazos, su pecho quedaron cubiertos por pintura roja, verde, morada, como si fuera un paisaje del impresionista Claude Monet.

Y si bien hay la promesa de tirar al patriarcado y hacer que toda América latina sea feminista hay una explicación: “No es odio, es memoria, por los que faltan”.
El Zócalo se fue llenando de niñas de todas las edades, de jóvenes, de adultas, de abuelas alzando las manos, alzando la voz. “No somos una, no somos cien, pinche gobierno, cuéntanos bien”.

Video del #8M en la Ciudad de México













