A la UNAM que me hizo ser quien soy

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*CON SINGULAR ALEGRÍA.

/ POR GILDA MONTAÑO HUMPHREY /

Hay lugares a los que una llega. Y hay lugares que, muchos años después, comprende que fueron ellos los que llegaron a uno. Para mí, uno de esos lugares tiene un nombre que no necesita explicación:

Universidad Nacional Autónoma de México. Mi UNAM.

Entré después de tres años de preparatoria, a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, cuando todavía era una muchacha. Tenía apenas diecinueve años. Corría el año de 1970 y yo todavía no sabía que estaba entrando, no solamente a una Universidad, sino a una de las grandes aventuras intelectuales de mi vida.

Llegué al Departamento de Periodismo y Comunicación. Y allí encontré maestros que no se limitaban a enseñar una materia. Enseñaban a observer con inteligencia. Víctor Flores Olea. Julio del Río Reynaga. Manuel Buendía. Fernando Benítez. Antonio Delhumeau. Y, de una manera que sería decisiva, a don Henrique González Casanova.

Los nombres pueden parecer hoy solamente nombres escritos en una página. Para mí no. Son voces. Son aulas. Son preguntas. Son libros. Son tardes interminables. Son la juventud aprendiendo que el mundo era muchísimo más grande que uno mismo.

Y quizá ésa sea una de las cosas más maravillosas que puede hacer una Universidad: enseñarnos la dimensión de aquello que todavía no sabemos.

Y así, casi sin saberlo, aquella muchacha que había llegado a estudiar Periodismo y Comunicación comenzó a participar en una de las grandes transformaciones educativas de la Universidad. En 1970, don Henrique coordinaba aquella Comisión, que trabajaba en los nuevos métodos de enseñanza y en el proyecto de transformación universitaria que daría lugar al Colegio de Ciencias y Humanidades. La historia institucional de la UNAM reconoce la importancia de esos trabajos y de su participación.

La vida siguió. Con sus caminos que uno jamás imaginó. Y, sin embargo, cuando miro hacia atrás, encuentro una certeza: la UNAM permaneció dentro de mí. Porque una Universidad verdadera no termina cuando uno sale de sus aulas. Uno se lleva sus preguntas. Se lleva sus maestros. Se lleva sus libros. Se lleva la obligación moral de seguir aprendiendo. Y, sobre todo, se lleva una cierta manera de mirar al mundo.

Quizá por eso, después de tantos años de ejercer la comunicación social, de escribir, de trabajar, de recorrer caminos que jamás hubiera podido imaginar aquella muchacha de diecinueve años, sigo sintiendo que hay una parte de mí que continúa caminando por aquellos pasillos.

A veces pienso que todavía puedo encontrar a don Henrique. Que todavía puedo sentarme frente a alguno de aquellos maestros. Que todavía puedo escuchar una discusión sobre México, sobre el periodismo, sobre la política, sobre la sociedad, sobre la responsabilidad de quienes tienen la palabra. Y entonces comprendo que no me fui nunca del todo. Porque la UNAM se queda en uno.

Una Universidad que enseña Libertad. No quiero hablar de la UNAM solamente como una institución extraordinaria. Quiero hablar de ella como una forma de vida intelectual. La Universidad Nacional Autónoma de México ha sido, para generaciones enteras, mucho más que un lugar donde se obtienen títulos. Ha sido una casa de preguntas. Una casa de pensamiento. Una casa de ciencia. Una casa de cultura. Una casa donde México ha aprendido a pensarse a sí mismo. Y de respetarse más.

Y yo tuve el privilegio inmenso de vivirla desde dentro, cuando todavía estaba descubriendo quién quería ser. Por eso, cuando recuerdo a mis maestros, no recuerdo únicamente lo que dijeron. Recuerdo lo que provocaron.

Porque un gran maestro no deposita conocimientos en un alumno. Enciende algo. Una curiosidad. Una rebeldía inteligente. Una pasión. Una disciplina. Una pregunta que ya nunca vuelve a dejarnos tranquilos. Eso hicieron conmigo.

Si tuviera que escoger una sola imagen para guardar de aquellos años, sería la de don Henrique González Casanova. No porque los demás hayan sido menos importantes. Todo lo contrario. Sino porque él hizo algo que cambia para siempre la vida de una persona: vio en mí algo que yo todavía no alcanzaba a ver. Me dio trabajo. Me dio responsabilidad. Me abrió una puerta. Y al hacerlo, me enseñó que educar también es confiar. Hoy sé que aquello fue mucho más grande de lo que entonces podía comprender.

La Comisión de Nuevos Métodos de Enseñanza no era solamente una oficina universitaria. Era parte de un momento en que la UNAM estaba imaginando su futuro. Los trabajos que comenzaron alrededor de 1970 desembocaron en el proyecto del Colegio de Ciencias y Humanidades, aprobado por el Consejo Universitario en 1971 y concebido como una innovación profunda en la enseñanza.

Y yo, una muchacha de diecinueve años, tuve la fortuna de estar cerca de ese momento. Eso no se olvida. Gracias Hoy, tantos años después, puedo decirlo sin ninguna solemnidad innecesaria: Gracias, UNAM. Gracias por haberme recibido cuando todavía no sabía todo lo que quería ser. Gracias por haber puesto frente a mí a hombres y mujeres capaces de hacerme pensar.

Gracias por haberme enseñado que el periodismo puede ser cultura, responsabilidad y servicio. Gracias por haberme dado maestros. Gracias por haberme dado preguntas. Gracias por haberme dado amigos, lecturas, trabajo y memoria. Gracias por haberme permitido conocer de cerca a hombres que hicieron de la inteligencia una forma de servicio a México.

Por eso sigo llamándola como la llamé desde entonces: mi Universidad. La Universidad Nacional Autónoma de México. La UNAM. La casa donde una muchacha de diecinueve años entró buscando una profesión y encontró, sin saberlo, una manera de entender la vida. La Universidad de mis padres, de mi hijo, de mi hermana y de mis sobrino.

Y si hoy puedo escribir estas palabras, tantos años después, es porque alguna vez, en sus aulas, alguien me enseñó que la palabra no sirve solamente para hablar. Sirve para pensar. Sirve para recordar. Sirve para defender. Sirve para agradecer. Y, cuando se tiene la fortuna de haber recibido tanto, sirve también para volver a casa, y amarla más. Respeetarla por encima de todo y de todos. ¡Goya! ¡Universidad!

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