*CON SINGULAR ALEGRÍA
/ POR GILDA MONTAÑO /
Hay heridas que el tiempo consigue cerrar. Hay otras que simplemente aprende uno a llevar. Pero existe una que desafía toda lógica humana: ignorar dónde está un hijo.
No saber si tiene frío. No saber si tiene hambre. No saber si alguien pronuncia todavía su nombre. No saber siquiera si sigue respirando.
A partir de ese instante, el calendario deja de existir. Los cumpleaños dejan de celebrarse. La Navidad pierde su luz. Las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en pruebas de vida. La esperanza y la desesperación comienzan a caminar tomadas de la mano.
Hay dolores que todos podemos imaginar: perder un empleo, despedir a un ser querido, enfrentar una enfermedad. Pero existe uno que desafía cualquier intento de comprenderlo: salir de casa una mañana y no volver a saber nunca más dónde está un hijo, una hija, un hermano, una madre o un amigo.
La desaparición rompe el orden natural de la vida. No permite hacer duelo, pero tampoco deja conservar la esperanza intacta. Obliga a vivir suspendido entre dos mundos: el de quien desea un milagro y el de quien teme encontrar una verdad insoportable.
Quizá la imagen más difícil de aceptar es la de una madre arrodillada sobre la tierra, removiendo el lodo con sus propias manos. No busca un tesoro. Busca un pedazo de su historia. Busca un botón, una hebilla, un zapato, un hueso que le permita decir: “Aquí terminó su camino y aquí comienza mi paz”. Ningún ser humano debería verse obligado a reconocer a un hijo por los restos de su ropa o por un fragmento de hueso rescatado de la inmundicia.
Ese dolor no pertenece únicamente a una familia. Nos pertenece a todos, porque una sociedad donde una madre tiene que convertirse en buscadora es una sociedad que ha perdido algo de su propia humanidad. Mientras exista una sola persona desaparecida y una sola madre caminando con una fotografía entre las manos, todos tenemos la responsabilidad de no acostumbrarnos jamás a ese sufrimiento.
Vi hace poco a Sol Salgado Ambrós, Fiscal para ayudar a las “Madres Desaparecidas”. Al pedirle ayuda para encontrar al hijo de mi amiga Beatriz me dijo: “¿Harías un libro de ellas?”. Y antes de reflexionar un poco, por supuesto que dije: “No. Me dolería mucho hablar de este tema”. Pero pensándolo bien, me puse a hacerlo y ya. Entonces le comparto a usted, que aunque me duela el alma, lo haré. Ellas se merecen eso y más.
Y pensé: no haré un libro sobre la violencia, sobre los desatinos de las mafias; de los policías y jueces que no entienden. Haré un libro sobre el amor. Sobre mujeres y hombres que decidieron enfrentarse al silencio con una pala, con una fotografía, con una vela, con una oración y con una fe, que ninguna estadística puede medir. Ellas, las que todavía le creen a Dios.
No escribiré páginas para juzgar a nadie. Los tribunales tienen esa responsabilidad y la historia emitirá, algún día, sus propios veredictos. Las escribiré, porque una sociedad que deja solas a sus madres buscadoras, termina perdiéndose también a sí misma.
Mientras exista una sola persona desaparecida, toda la humanidad tendrá una ausencia que explicar. Y mientras exista una sola madre caminando bajo el sol, recorriendo montes, barrancas, caminos y desiertos con la esperanza de volver a abrazar a su hijo, seguirá existiendo una lección de amor que merece ser contada.
Este libro que empiezo, está dedicado a ellas. A quienes aprendieron a caminar sobre el dolor, sin permitir que el dolor apagara su capacidad de amar.
Hablaremos del duelo suspendido, de la neurociencia de la esperanza, de los colectivos de búsqueda, de la antropología forense, del derecho a ser buscado, de la memoria; de los objetos que esperan en una casa, de las fotografías, de las cartas que nunca llegaron y de las madres que, aun cuando encuentran restos, nunca dejan de ser madres.
Creo que puede convertirse en una de las obras más importantes que yo pueda escribir. No porque cambie el mundo de un día para otro, sino porque puede lograr algo muy difícil: que quien nunca ha vivido esta tragedia, alcance a comprender, aunque sea por un instante, la inmensidad de ese vacío. Y cuando una sociedad comprende un dolor, es más difícil que vuelva la mirada hacia otro lado. Será.

