Acecho, una agresión invisibilizada que vigila, persigue y permanece .

*A iniciativa de la ley Valeria, desde febrero de este año se discuten en ambas cámaras reformas a nivel federal para sancionar esta conducta por cualquier medio, acercamientos, acciones intimidatorias o de intromisión sin consentimiento causando daño psicológico en la víctima y en su entorno cotidiano, laboral o familiar.

Perla Chávez / Ilse Valencia /

Más de 10 llamadas al día, amenazas constantes y una vigilancia obsesiva sobre dónde estaba, con quién y hasta cómo vestía fue lo que Citlally vivió, durante casi cinco meses, bajo el acecho de su agresor. Hoy esta violencia persistente e invisibilizada busca ser nombrada y castigada por la iniciativa de la ley Valeria.

“La propuesta surge a partir del caso de Valeria Macías, una maestra de Monterrey que fue acechada durante aproximadamente nueve años por uno de sus alumnos; el hecho evidenció la ausencia de un marco jurídico específico para sancionar y proteger a las víctimas de esta forma de violencia”, afirmó Gabriela Rodríguez Rojas, académica de la Facultad de Derecho (FD).

Explicó que el acecho consiste en realizar, de manera reiterada, por cualquier medio y sin consentimiento, actos de vigilancia, seguimiento, acercamiento o contacto no deseado, así como acciones de intimidación o intromisión que afectan a la persona, causando un daño en su esfera psíquica o en el desarrollo cotidiano de las actividades.

Para Ana Celia Chapa Romero, académica e investigadora en la Facultad de Psicología (FP) e integrante del sector académico de la Comisión Interna para la Igualdad de Género de la UNAM (CInIG), a diferencia del acoso sexual, que tiene una connotación sexual explícita, el acecho se define principalmente por la insistencia obsesiva y su carácter coercitivo.

Precisó que el acecho se puede presentar a través de diversos medios como las redes sociales, llamadas telefónicas y mensajes de texto; incluso, quien comete esta violencia persigue a la víctima a los lugares que frecuenta. En otros casos, les colocan un dispositivo GPS para conocer sus desplazamientos en tiempo real, porque hay una necesidad de control.

Actos que dejan marca

Citlally labora en medios de comunicación. Ella contó que hace nueve años, cuando tenía 23, vivió acecho, una experiencia que le dejó secuelas emocionales durante un largo periodo.

Todo comenzó en 2017, cuando conoció a José por compañeros en común del call center donde trabajaba; coincidieron en una reunión y días después él le envió un mensaje diciendo que un amigo le había pasado su teléfono y que esperaba no incomodarla.

En ese primer acercamiento, él insinuó iniciar una relación sentimental, pero ella le aclaró que sólo buscaba una amistad, pues estaba centrada en su escuela y trabajo.

Tres meses después, Citlally accedió a intentar algo más que una amistad, pero desde entonces notó un cambio: José le llamaba hasta 15 veces al día y le enviaba múltiples mensajes.

Ella puso límites y buscó terminar la relación; sin embargo, él intensificó la insistencia: llegaba por sorpresa a su trabajo, cubría turnos adicionales para verla más tiempo y le hacía regalos constantes a modo de presión social para que no se alejara.

“En los mandatos de la masculinidad existe un patrón a seguir que estipula que la insistencia es uno de los ejes rectores para ser un ‘hombre verdadero’ o ‘alcanzar el estatus masculino’, así como el control, que está relacionado con el dominio y la dificultad para aceptar un ‘no’ como respuesta”, precisó Chapa Romero.

Citlally recordó uno de los momentos de mayor temor: al regresar de una exposición sobre cine, su madre le advirtió que José la esperaba escondido entre los carros; no obstante, al entrar al edificio, él gritó su nombre desde el piso superior, donde al final se había ocultado; esa ocasión sintió un terror profundo.

Afectaciones

Tras esos hechos, la joven desarrolló un estado de hipervigilancia. A cada lugar al que iba miraba constantemente a su alrededor temiendo que José apareciera de improviso y le hiciera daño.

“No dejé de pedirle que se alejara, pero comenzaron las amenazas: mensajes y llamadas de números desconocidos advirtiéndome que me cuidara porque me estaban vigilando, tenían información sobre mí y las intimidaciones incluso alcanzaron a mi familia”.

Añadió que esos mensajes también describían dónde estaba, con quién y la ropa que vestía en ese momento.

Debido a las afectaciones, la joven fue orillada a cambiar su día a día. “Evitaba salir a la calle, dejé de frecuentar lugares y personas, modifiqué mi horario laboral, me quedaba en casa encerrada con las cortinas cerradas y doble llave”.

Ana Celia Chapa señaló que “este patrón sistemático de vigilancia y control merma la salud psicológica y física de quien lo vive. Las personas pueden desarrollar ansiedad, depresión, estrés postraumático, insomnio, cefalea y fatiga”.

“Tenía mucho miedo, todo el tiempo me sentía nerviosa y vivía preocupada; no dejaba de pensar que alguien me estaba siguiendo, que me podían hacer daño, incluso matar”, comentó Citlally.

Omisión de autoridades

Después de los hechos persistentes y de una investigación en la que Citlally encontró que la intimidación y las amenazas también venían de parte de José y sus amigos, decidió interponer una denuncia ante el Ministerio Público.

“Cuando llegué a dar mi declaración, el primer comentario que recibí fue: ‘¿Qué hiciste para provocarlo?’. Aunque durante todo mi proceso el funcionario que me atendió tuvo una actitud indiferente, seguí tal cual sus indicaciones”.

La especialista de la FP expuso que quienes se encargan de atender a las mujeres tienen que acompañar sin revictimizar. Para ello, se requiere actuar con perspectiva de género y partir siempre del “yo sí te creo”.

El caso de Citlally concluyó con la omisión de las autoridades: su denuncia no procedió porque “aún no había habido un acercamiento físico por parte de mi agresor y sus cómplices” y, según las pruebas psicológicas, “no presentaba daños visibles”.

Corrió el rumor de la denuncia en el trabajo, hasta llegar a José, quien días después renunció. Desde ese momento no volvió a saber más de él.

“Insistí en que era injusto: él continuó su vida sin recibir un castigo, mientras yo vivía con miedo por mi integridad y la de mi familia. Permanecí en hipervigilancia durante mucho tiempo; fue un hecho que me marcó y me tomó meses retomar mi vida”.

“Al analizar los casos de acecho, es clave incorporar una perspectiva de trauma, ya que a cada mujer le impacta de forma distinta. Las repercusiones pueden no ser inmediatas ni visibles, pero dejan secuelas emocionales que incluso pueden aparecer con el tiempo”, dijo Chapa Romero.

Además recalcó la importancia de que se haga un análisis del contexto para tener claridad sobre la situación, quién está ejerciendo la violencia y las redes de apoyo con que cuenta la persona.

Por su parte, la académica de la FP enfatizó que la estrategia para atender el acecho debe considerar una formación que permita identificar riesgos y no minimizarlos, pues de esta forma se protege a la persona afectada y a su entorno, ya que en muchos casos previos a feminicidios se han registrado denuncias por vigilancia constante, seguimiento de la rutina y comunicación insistente.

¿Qué dice la ley?

En febrero de 2026, y a partir de la iniciativa ley Valeria, la Cámara de Diputados aprobó por unanimidad sancionar el acecho a nivel federal. El decreto fue turnado al Senado de la República para su discusión y eventual votación. De ser avalado sin modificaciones, el proyecto se enviará al Ejecutivo federal para su promulgación y posterior publicación en el Diario Oficial de la Federación, con lo que se formalizaría la reforma, de acuerdo con la profesora de la FD.

“Si la reforma es aprobada se adicionará el artículo 281 bis al Código Penal Federal a través del cual se plantea tipificar el acecho, estableciendo sanciones de dos a cuatro años de prisión y multas de hasta 400 días”, añadió Rodríguez Rojas.

La especialista indicó que esta iniciativa busca mostrar que no hace falta contacto directo para reconocer la violencia en otras modalidades, a veces normalizada, y precisó que “esto es un parteaguas para que las legislaciones locales lo incorporen a su normatividad, porque la reforma federal es insuficiente para cubrir los delitos cotidianos del fuero común”.

“Muchas mujeres nos atrevemos a actuar y a presentar la denuncia, aún con miedo, enfrentándonos no sólo al trauma de lo vivido, sino también a la incertidumbre de no saber si seremos escuchadas. No recibir el respaldo de las autoridades nos deja bastante desprotegidas. Que haya una ley así, nos beneficiará a muchas”, finalizó Citlally.