Acuerdo por la Unidad .

*IMPRONTA .

/ Carlos Miguel Acosta Bravo /

La decisión de Morena, el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) y el Partido del Trabajo (PT) de construir un denominado “Acuerdo por la Unidad” para competir juntos en las 17 gubernaturas que estarán en disputa en 2027 constituye, probablemente, el movimiento político más importante del oficialismo desde la elección presidencial de 2024.

Desde una perspectiva electoral, la estrategia parece lógica. Morena entiende que el mayor riesgo para cualquier fuerza política dominante no siempre proviene de la oposición, sino de sus propias divisiones internas. La historia política mexicana está llena de ejemplos donde partidos aparentemente invencibles terminaron debilitados por conflictos entre grupos, liderazgos regionales o disputas por candidaturas.

Por ello, la apuesta de Morena, PVEM y PT busca cerrar filas anticipadamente. La alianza les permite concentrar el voto oficialista, aprovechar la estructura territorial más extensa del país y evitar que las diferencias internas terminen convirtiéndose en candidaturas alternas que fragmenten su base electoral.

Además, existe una ventaja adicional que pocos partidos pueden darse el lujo de tener, comenzar el posicionamiento de sus aspirantes con muchos meses de anticipación. Los llamados Coordinadores de Defensa de la Transformación recorrerán estados, construirán estructuras y aumentarán su presencia pública antes de que inicien formalmente las campañas. En términos prácticos, funcionarán como precandidatos con una enorme ventaja temporal frente a sus adversarios.

Sin embargo, el verdadero desafío no será electoral, sino político.

Las encuestas pueden medir popularidad, conocimiento o intención de voto, pero difícilmente resuelven por sí solas los intereses de los distintos grupos que conviven dentro de una coalición. Morena es hoy la fuerza predominante, pero el PVEM y el PT han acumulado poder regional suficiente para reclamar espacios propios y exigir candidaturas competitivas.

El caso de San Luis Potosí es una muestra temprana de esa tensión. Lo mismo podría ocurrir en otras entidades donde los aliados consideran que tienen derecho a encabezar la candidatura o negociar posiciones estratégicas. Ahí es donde las encuestas podrían dejar de ser un instrumento técnico para convertirse en un factor de conflicto.

La pregunta de fondo no es si Morena, Verde y PT tienen posibilidades de ganar las elecciones. Hoy, objetivamente, parten como favoritos en buena parte de las entidades que renovarán gubernatura. La verdadera incógnita es si podrán mantener la disciplina política cuando lleguen las decisiones difíciles.

Porque una candidatura que no sea aceptada por todos los grupos puede derivar en operaciones de desgaste, campañas de bajo perfil, fracturas locales o incluso rupturas abiertas que terminen beneficiando a la oposición.

Paradójicamente, el éxito del Acuerdo por la Unidad dependerá menos de las encuestas y más de la capacidad de negociación de las dirigencias partidistas. Las mediciones podrán señalar quién es más competitivo, pero serán los acuerdos políticos los que determinen si los perdedores aceptan los resultados y permanecen dentro del proyecto.

A pesar de los acusaciones de autoridades judiciales de Estados Unidos de que miembros e incluso figuras relevantes y gobernadores podrían estar vinculados al crímen organizado y de estar apoyando a grupos como el Cártel Jalisco o Los Chapitos, la oposición no está sacando provecho del desgaste que estas acusaciones están ocasionado a los partidos políticos integrantes del Acuerdo por la Unidad.

Morena, PVEM y PT tienen hoy una ventaja considerable frente a una oposición que esta estática, paralizada y todavía busca reorganizarse, y que aún no empieza sus procesos de selección. De tal forma que el principal mérito es a estas alturas anticipar los tiempo. Falta por supuesto la opinión del arbitro electoral que hasta el momento no ha sacado tarjeta roja, vamos ni siquiera tarjeta amarilla. No obstante, la experiencia demuestra que las elecciones rara vez se ganan únicamente por tener más estructura o más recursos. También se ganan administrando ambiciones, conciliando intereses y evitando que las diferencias internas se conviertan en conflictos públicos.

Por eso, rumbo a 2027, el principal adversario del oficialismo podría no estar en los partidos opositores. Podría encontrarse dentro de la misma coalición que hoy presume unidad. Si los acuerdos políticos acompañan a las encuestas, la alianza llegará fortalecida y con amplias posibilidades de conservar la mayoría de las gubernaturas. Si fracasan las negociaciones, la mayor amenaza para Morena y sus aliados será la misma que históricamente ha derrotado a muchos partidos dominantes, la división interna.

Comente u opine a:
[email protected]

Maestro en Comunicación por la Universidad Iberoamericana. Formó parte  del cuerpo académico de la Licenciatura en Comunicación en esa institución, así como de la Universidad Anáhuac, campús norte.