*Linotipia
/ Peniley Ramírez /
Conocí a Paola Gárate en la Ciudad de México hace poco menos de un año. Nos había contactado un colega periodista de Sinaloa. Yo quería documentar la violencia que ocurría en su estado después de que comenzaron los enfrentamientos dentro del Cártel de Sinaloa tras el arresto de Ismael “El Mayo” Zambada. Ella quería contarme sobre la noche infame que vivió en junio de 2021, cuando era candidata a diputada local por el PRI.
Durante la noche antes de la elección de Rubén Rocha a gobernador, unos hombres secuestraron a Gárate. Cuando nos vimos, me contó esas horas terribles. Su cuerpo aplastado en el asiento trasero de un auto, los criminales manejando por la ciudad, las amenazas y el pavor. Y luego, la conversación que sostuvo con quien le pareció un jefe. El hombre hablaba con un tono apacible mientras Gárate respiraba con dificultad, con la cabeza amarrada con cinta, en una bolsa. Él le explicó entonces que todo estaba bien; solo estaban apoyando la elección de Rocha y asegurándose de que todo saliera como el cártel quería.
Cuando nos vimos, Gárate me contó que había denunciado el secuestro. Obtuve los documentos de una solicitud de asesoría legal para presentar medidas cautelares ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Pero la solicitud no prosperó. Nadie la contactó nunca. “Si tienes una narcoelección, como la tuvimos, vas a tener un narcogobierno”, me dijo entonces. Esa entrevista conmigo fue la primera vez que ella aceptó que se publicara su nombre en relación con el secuestro que había sufrido.
Este abril, cuando leí la acusación de Nueva York contra Rubén Rocha, busqué a Gárate de inmediato. El documento hablaba de esa noche de la elección, de los secuestros de varios políticos. Me respondió que estaba bien y que procuraba cuidarse. Gárate, ahora diputada local, no tiene ni ha tenido personal de seguridad, a pesar de que lleva años denunciando la violencia, la corrupción y la inseguridad en Sinaloa.
Esta semana, el miedo ha tomado forma, cuerpo. Alguien dejó una corona fúnebre fuera de su casa con una cinta atravesada y la leyenda “Familia Gárate”. Nos escribimos durante el partido inaugural de la Copa del Mundo, cuando buena parte del país festejaba los goles de México. “Una cosa es recibir críticas o cuestionamientos por la actividad política y otra muy distinta es encontrarte con un mensaje de esta naturaleza en el lugar donde vive tu familia”, me escribió Gárate. Su primera reacción fue de shock. Luego hizo lo que siempre hace: publicó lo ocurrido y presentó una denuncia.
Me dijo que no quiere especular sobre quién le envió este mensaje ni por qué, pero que lo considera un acto de intimidación. La cronología, sin embargo, es clara: Gárate denuncia la violencia que vivió, que siguen viviendo muchos en Sinaloa; esa acusación se incluye en el caso contra Rocha y luego alguien deja una corona fúnebre afuera de su casa.
Desde la acusación contra Rocha, me dijo Gárate, se ha difundido ampliamente la historia de cómo el crimen organizado intervino en la elección de 2021. “Yo soy una prueba viviente de lo que vivimos en esa elección”, me dijo.
Gárate sabe bien que muchos en Sinaloa están viviendo situaciones mucho más graves que la amenaza que recibió esta semana. Pero conoce el peso simbólico de su caso. “Lo que me ocurrió es un recordatorio de que todavía tenemos mucho trabajo por hacer para recuperar condiciones de tranquilidad, libertad y convivencia democrática en Sinaloa”, me dijo.
Y añadió que no piensa callarse: “No hay nada más peligroso para una sociedad que permitir que el miedo termine definiendo quién puede hablar y quién no”.
Hace más de un año que Gárate ha solicitado al gobierno federal que le otorgue protección. “Pero ya no confío; no he recibido una respuesta favorable”, dijo. Este viernes, después de que la foto de la corona fúnebre se publicó en muchos medios, la llamaron desde la Guardia Nacional. Le dijeron que la instrucción superior es que ella debe llamar cuando sienta miedo o peligro, “para que me acompañen en los traslados oficiales. Pero aquí tenemos miedo las 24 horas. La corona fúnebre no me la llevaron al Congreso, ni en horario laboral”.
Sin embargo, la posición oficial es esa: que avise cuando tenga miedo. Mientras pueda.


