*Astrolabio Político .
/ Por: Luis Ramírez Baqueiro /
“Constancia: no del que comienza sino del que persevera”. – Leonardo Da Vinci.
La Delegación de los Programas para el Bienestar en Veracruz administra mucho más que padrones, tarjetas y transferencias bancarias. Se trata de una estructura con presencia en los 212 municipios, contacto cotidiano con millones de ciudadanos y capacidad para movilizar decenas de miles de millones de pesos. Por esa razón, su conducción nunca puede analizarse exclusivamente desde la perspectiva administrativa: también representa poder político, presencia territorial y una fuente considerable de legitimidad social.
Bajo esa premisa debe evaluarse el desempeño de Juan Javier Gómez Cazarín, quien desde su llegada a la representación federal ha buscado imprimir una dinámica distinta a la dependencia. Su principal diferencia respecto de su antecesor, el ahora senador Manuel Huerta Ladrón de Guevara, no radica solamente en el estilo personal, sino en la manera de entender el ejercicio del poder.
Durante la gestión de Huerta, la Delegación del Bienestar fue percibida por amplios sectores políticos como un coto personal, una estructura utilizada para construir lealtades, fortalecer grupos y proyectar aspiraciones individuales. La dependencia terminó asociada más con la operación política del entonces delegado que con la institucionalidad de los programas sociales.
A ello se sumaron señalamientos sobre deficiencias administrativas y presuntas irregularidades. Entre los casos que más llamaron la atención se encuentra el hallazgo, referido por fuentes conocedoras del proceso de entrega-recepción, de cerca de seis mil tarjetas bancarias vacías o sin entregar a sus destinatarios. Una situación que, de comprobarse plenamente y determinarse responsabilidades, no sería un asunto menor: significaría que miles de beneficiarios pudieron quedar temporalmente al margen de apoyos que les correspondían.
También se ha especulado políticamente que la búsqueda de Manuel Huerta por llegar al Senado respondió, entre otros motivos, al interés de obtener la protección procesal derivada del fuero constitucional. Sin embargo, esta interpretación debe mantenerse en el terreno de los señalamientos políticos mientras no exista una resolución oficial que acredite responsabilidades administrativas o penales. La crítica periodística no debe confundirse con una sentencia.
Lo que sí puede medirse son los resultados actuales.
Datos y cifras oficiales al mes de junio de 2026 ofrece una dimensión de la responsabilidad que hoy recae en Gómez Cazarín. La Pensión para las Mujeres Bienestar reporta un padrón de 238 mil 651 derechohabientes y una derrama de más de 2 mil 219 millones de pesos durante el primer semestre. Por su parte, la Pensión para Adultos Mayores alcanza a 971 mil 81 personas y representa una dispersión semestral superior a 18 mil 644 millones de pesos.
No son números decorativos. Cada transferencia implica identificar correctamente al beneficiario, integrar expedientes, actualizar padrones, distribuir medios de pago y garantizar que los recursos lleguen sin intermediarios. Cuando una estructura de esta magnitud funciona, el resultado se refleja en la economía de miles de comunidades; cuando falla, el impacto recae directamente sobre quienes menos posibilidades tienen de defenderse ante la burocracia.
La operación también abarca a 182 mil 186 personas con discapacidad, más de 20 mil hijos de madres trabajadoras y diversos programas de rehabilitación e inclusión. A ello se agregan Salud Casa por Casa, que hasta junio registraba 719 mil 693 consultas; La Escuela es Nuestra, con 8 mil 869 planteles atendidos, y Jóvenes Construyendo el Futuro, con más de 40 mil jóvenes en capacitación.
En el medio rural, la Delegación reporta 162 mil 707 beneficiarios de Producción para el Bienestar; 173 mil 479 personas atendidas mediante Fertilizantes; 57 mil 801 incorporadas a Sembrando Vida, y 24 mil 815 beneficiarios de Bienpesca. El programa de becas, por su parte, comprende a más de 903 mil estudiantes de educación básica, media superior y superior, con una derrama semestral cercana a los 4 mil 944 millones de pesos.
Esa cobertura explica por qué el desempeño de Gómez Cazarín ha comenzado a adquirir una dimensión política mayor.
A diferencia de otros personajes de la llamada Cuarta Transformación que han pretendido construir carreras desde la declaración estridente, la confrontación permanente o la intriga interna, el delegado parece haber apostado por una fórmula más sencilla: trabajo, presencia territorial y resultados.
Gómez Cazarín conoce las reglas de la política veracruzana. Sabe que la grilla puede generar ruido, pero difícilmente sustituye el contacto con las comunidades. También entiende que, en una entidad extensa, desigual y con regiones históricamente abandonadas, llegar con un programa, resolver una incorporación o garantizar la entrega de un apoyo genera una vinculación mucho más poderosa que cualquier discurso pronunciado desde una oficina.
Su estilo no es necesariamente sofisticado. Es directo, pragmático y operativo. Esa característica, que algunos de sus adversarios consideran rudimentaria, puede ser precisamente una de sus mayores fortalezas. Gómez Cazarín no parece interesado en construir una imagen de intelectual de escritorio, sino la de un funcionario que recorre, supervisa, exige y entrega resultados.
Esa forma de trabajar incomodó desde el principio a quienes estaban acostumbrados a una Delegación repartida entre grupos, intermediarios y operadores heredados. Su llegada implicó revisar estructuras, desplazar intereses y modificar una dinámica que durante años permitió a distintas expresiones políticas apropiarse de parcelas del aparato social federal.
La resistencia no fue casual. Quienes conocían su trayectoria como presidente de la Junta de Coordinación Política del Congreso local sabían que Gómez Cazarín no llegaba como un administrador provisional. Arribaba con experiencia en la construcción de acuerdos, conocimiento territorial y capacidad para integrar una red política propia.
La diferencia con Manuel Huerta resulta inevitable.
Huerta utilizó la visibilidad de los programas sociales para convertirse en candidato al Senado. Durante su gestión, la exposición del delegado frecuentemente superaba a la propia institución. Gómez Cazarín, en cambio, parece comprender que su crecimiento político dependerá menos de una campaña anticipada que de la posibilidad de demostrar que los programas operan, llegan y transforman realidades.
Uno convirtió la dependencia en plataforma personal; el otro está intentando convertir los resultados institucionales en capital político.
La diferencia es sutil, pero fundamental.
En política, ningún programa social es electoralmente neutro. Aunque los recursos sean públicos y constituyan derechos constitucionales, su ejecución eficiente fortalece al gobierno responsable de administrarlos. Cuando una pensión llega puntualmente, una escuela recibe recursos, una familia mejora su vivienda o un campesino obtiene fertilizante, la percepción favorable no queda almacenada en una estadística: se traduce en confianza.
Y la confianza, llegado el momento, suele expresarse en las urnas.
Por eso, el trabajo desplegado por la Delegación representa una renta política considerable para Morena rumbo a 2027. No porque los beneficiarios deban responder electoralmente a cambio de un apoyo —los programas no son propiedad de partido alguno—, sino porque la eficiencia gubernamental genera respaldo y la ineficiencia produce rechazo.
En ese contexto, Gómez Cazarín se convierte en una pieza estratégica para la gobernabilidad y para la conservación del territorio político de la Cuarta Transformación. Su presencia en comunidades rurales, zonas indígenas, colonias populares y regiones marginadas le permite conocer demandas que muchas veces no alcanzan a llegar a las estructuras partidistas.
Pero ese crecimiento también implica riesgos.
El delegado debe evitar que el reconocimiento obtenido se transforme en culto personal, que la operación institucional derive nuevamente en la construcción de un coto político o que los servidores de la nación sean utilizados como estructura electoral. Precisamente porque se critica la etapa anterior, la actual administración está obligada a establecer una frontera clara entre la promoción de derechos sociales y la movilización partidista.
El desafío consiste en demostrar que se puede construir capital político sin secuestrar las instituciones; ganar reconocimiento sin condicionar apoyos y crecer electoralmente sin convertir los padrones en patrimonio personal.
Hasta ahora, los datos muestran una Delegación activa, con una cobertura extensa y una derrama económica capaz de impactar directamente en la vida de millones de veracruzanos. El mérito de Gómez Cazarín no consiste en ser propietario de esos programas —porque pertenecen al Estado mexicano—, sino en haber asumido que su obligación es hacerlos funcionar y acercarlos a quienes más los necesitan.
En un ambiente político donde abundan quienes pretenden ascender mediante la confrontación, el escándalo o la traición interna, Juan Javier Gómez Cazarín parece haber elegido otra ruta: imponer el trabajo como línea de orden y utilizar los resultados para desactivar la grilla.
Esa fórmula ya le funcionó en el Congreso y comienza a producirle dividendos en Bienestar.
Quienes se incomodaron con su nombramiento entendieron desde el primer momento lo que estaba en juego. Sabían que, si lograba ordenar la estructura, garantizar las dispersiones y fortalecer la presencia territorial, terminaría marcando un antes y un después en la dependencia.
Y en política, quien resuelve en el territorio acumula algo más valioso que los cargos: acumula reconocimiento.
Aunado a ello, ha mantenido una extraordinaria relación de respeto, trabajo y apoyo a la gobernadora Rocío Nahle García, -basta recordar- que fue el primer político veracruzano que abiertamente se pronunció a favor de ella, mucho antes de que terminará el sexenio del anterior gobernador, algo que lo ha definido como un Nahlista puro.
Ese capital convierte a Gómez Cazarín en uno de los personajes con mayores posibilidades de continuar ascendiendo en la escalera de las responsabilidades públicas. Su futuro, sin embargo, dependerá de que conserve una diferencia esencial frente a su antecesor: comprender que Bienestar no debe ser un coto de poder, sino una herramienta de justicia social.
Porque los programas generan rentabilidad política, sí, pero solamente cuando antes generan bienestar verdadero.
Al tiempo.
“X” antes Twitter: @LuisBaqueiro_mx

