/ Francisco Cabral Bravo /
El deporte es la supremacía de la objetividad. En la democracia política lo que cuenta son la simpatía, la imagen y todos esos factores de los cuales habrá de depender el resultado de una elección.
La política y el fútbol están muy ligados a los pronósticos. Los de la política son muy subjetivos y muy erráticos. Los del fútbol son muy objetivos y han servido para construir un próspero imperio de apuestas lícitas. Sin embargo, las profecías políticas pueden ser muy sencillas si utilizamos los indicios que pronostican.
Si admira su lealtad, su valentía o pobreza es distinto a si admira su poder, su riqueza o su astucia. Si me dice a quién admira, A quién invita o a quién defiende, ya sabré a que atenerme.
Ver los deportes con la subjetividad del afecto y hasta el fanatismo. Y ver la política con la objetividad del análisis y hasta de la calificación. Podemos clasificar a los 23 presidentes de esta era constitucional en tres grupos, conforme a sus resultados reales. Los ocho de la liguilla de campeonato, los ocho de la liguilla de descenso y los siete de la liguilla de mediocres. Se va a divertir, le va a servir y, de paso, también se calificará a usted mismo.
En esta semana recuerdo algunos principios del fútbol que también sirven como recetas en la política. Uno de ellos se refiere al penalti que, en la política, equivaldría a las crisis. Se vale no parar el penalti, pero no se vale provocarlo. En la política significa que se vale no resolver el problema, pero no se vale crear el problema.
Con frecuencia, el debate público se centra en las capacidades de la tecnología ¿qué tareas podría realizar? ¿qué profesiones transformará? o ¿qué habilidades seguirán siendo necesarias en el futuro? Sin embargo, la pregunta más importante es otra. No se trata únicamente de qué puede hacer una máquina, sino de qué necesita seguir aprendiendo una persona para vivir plenamente una vida humana.
Por eso resulta especialmente significativa la reciente encíclica Magnifica Humanitas de León XIV. El Pontífice señala el riesgo de que el flujo innecesario de información sustituye el ejercicio de la investigación, la reflexión y el discernimiento.
Y es precisamente aquí donde la educación adquiere una relevancia decisiva. Porque el desafío no consiste únicamente en aprender a utilizar nuevas herramientas, sino en formar personas capaces de utilizarlas con criterio.
La encíclica propone una reflexión particularmente sugerente. En lugar de plantear un debate entre quienes están a favor o en contra de la inteligencia artificial, invita a contemplar dos imágenes bíblicas: Babel y Jerusalén.
La primera es conocida. Los hombres construyen una gran torre para alcanzar el cielo. Comparten una misma lengua, una misma tecnología y un objetivo en común. Todo parece conducir al éxito. Sin embargo, el proyecto está construido sobre la ilusión de bastarse a sí mismos.
En otro orden de ideas es frecuente escuchar que no vale la pena leer el periódico o las plataformas de información, ver o escuchar programas de noticias porque algo nos resulta incómodo.
Quizá, en esta ocasión el lugar común al que nos remite esa frase de vale la pena, alcanza a describir con puntualidad eso que nos provoca enterarnos de aquello que ocurre en lugares no tan lejanos a la mesa en la que compartimos los alimentos. Porque difícilmente nuestra sensibilidad, en tanto seres humanos, queda intacta cuando sabemos que la violencia y la muerte son la constante amenaza con la que hemos aprendido a convivir en lo cotidiano.
Nuccio Ordine, el gran profesor italiano que invitaba la lectura con la sencillez y profundidad de la puntual reflexión que sólo articulan quienes han comprendido el sentido de la docencia, nos recuerda en su libro Los hombres no son islas (Acantilado, 446.2018), un texto poco conocido de Tolstói, su ¿Qué hacer? Publicado en 1886. Ordine nos conduce, a través de algunos fragmentos bien seleccionados, a observar la manera en la que Tolstói analiza la pobreza y la injusticia en la que vive su sociedad. Y, en cierto momento de su texto, Ordine cita con la suavidad de una pedrada un párrafo que nos invita a cuestionarnos acerca de lo que ha implicado nuestro vínculo con el poder: “si preguntamos a los representantes mismos de los Estados, desde el rey hasta el policía, desde el presidente hasta la secretaria y desde el patriarca al diácono, si lo que privilegian en el cumplimiento de sus funciones es el bien del ciudadano o la ventaja personal, la respuesta no podrá si no esta última”.
Así, parece que nos hemos resignado a escuchar las noticias en las que la muerte y las desapariciones son tan cotidianas que poco nos puede asombrar. No es noticia que se localicen nuevas fosas clandestinas, pero tampoco es noticia la respuesta de las autoridades ante este hecho. Y también ha dejado de ser noticia el cinismo de quienes tendrían la obligación de responder por las terribles problemáticas de una realidad que ha desbordado el poder de la razón.
No, no podemos resignarnos a que se siga erosionando el sentido más profundo de la humanidad solo por cumplirse aquello que el viejo Tolstói nos expresó hace más de 100 años. No, no hay resignación que sea posible cuando todo se encuentra tan cerca de nosotras y nosotros.
Comedia y tragedia a la vez. Como en Tartufo de Molière. Hombres y mujeres sin oficio ni beneficio se han apoderado de los escenarios teatrales. Seres sin probidad ni coherencia alguna que utilizan el servicio público sin la menor intención de servir: solo la utilizan para satisfacer sus propios intereses.
Hannah Arendt expresaba “La coherencia es la última trinchera de la dignidad. Cuando la abandonamos, no es que nos volvamos libres; nos volvemos predecibles con nuestra propia falta de palabra”.


