Fisuras
/ Natalia Sierra Freire /
He terminado de ver la adaptación audiovisual de la magistral obra de Gabriel García Marquez “Cien años de Soledad”. Aunque es un hecho que la adaptación nunca podrá acercarse, ni lejanamente, a la poética de la obra literaria, debo decir que es una muy buena adaptación. Me hizo revivir este bello y trágico cuento grandote, que relata nuestra historia latinoamericana.
Me invade la imagen final de Macondo destruido, y me pregunto: ¿Quién en este siglo XXI es el Aureliano Babilonia?, ¿quién es Úrsula Amaranta? y ¿quién es el recién nacido, el último Aureliano, el que nació con cola de cerdo y será devorado por las hormigas? Me pregunto: ¿este 2026 cierra los 100 años de soledad de nuestro continente?
Observo la violencia criminal avanzar por los territorios de América Latina, la sangre de nuestros hijos volverse ríos de dolor, la imagen de nuestras hijas desaparecer en la noche para nunca más regresar. Observo las ruinas de los Estados, los escombros de las frágiles democracias, los restos podridos de las instituciones, las risas macabras de los narcotraficantes de traje y corbata. Latinoamérica es ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico.
¿Cuál fue nuestro pecado? ¿Qué profecía cumplida nos ha traído a esta desolación? ¿Qué maldición cayó sobre estos pueblos?
Cuando los hombres de la guerra y el desarrollo quieren que las mujeres derrotadas por su guerra y su desarrollo fecunden una nueva historia, esa historia es la de las estirpes condenadas a cien años de soledad que no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra. Cuando los hombres de las guerras justas y el progreso quieren fecundar la nueva historia violando y destruyendo la existencia de las mujeres que nacieron en los tiempos antes de la historia, estas mujeres fecundan el animal mitológico (el niño con cola de cerdo) que había de poner término a la estirpe. Cuando la modernidad capitalista quiere fecundar una nueva historia en el vientre de los ancestros primordiales, los pueblos de América latina producen deformidades psíquicas, políticas e ideológicas como Milei, Bolsonaro, De la Espriella, Noboa, Kats, Ortega y un largo etc. Engendros con cola de cerdo que están poniendo fin a la estirpe mestiza de los Buendía.
Todos estos parásitos sin espíritu son como un pellejo hinchado y reseco que todos los cerimedos del mundo van arrastrando hacia sus madrigueras por el sendero de corrupción de América latina. Así, el primero de esta estirpe estaba amarrado al naciente capitalismo periférico y al último se lo está comiendo el capital criminal.
Esta es la historia de la América latina escrita por García Márquez en sus detalles siniestros, con cien años de anticipación. La redactó con inigualable belleza literaria, así el horror se volvió poético y el grotesco realismo, mágico. Marquez no ordenó los hechos en el tiempo ni en el espacio de la historia política y económica de América latina, sino que concentró medio milenio en dos siglos de mestizaje bastardo.
Pero aún y a pesar de todo preexisten, existen y re-existen las Ursulas y la Amarantas, esas que a pesar de las guerras y las promesas de desarrollo y los hijos con cola de cerdo vuelven sus ojos a la fuente, al origen, al Macondo profundo que se hunde en los ancestros. Aún existen, las mujeres más bellas del mundo que remedian las heridas de los hombres confundidos y que suben al cosmos en cuerpo y espíritu para traernos a nuestro origen antes y después de la historia de Macondo. Aún existen hombres, comunas y pueblos impacientes por conocer nuestro origen, por regresar al hogar; por dejar entrar el viento, tibio, incipiente, lleno de voces del pasado, de murmullos de geranios antiguos, de suspiros de desengaños anteriores a las nostalgias más tenaces.

