*IMPRONTA.
/Carlos Miguel Acosta Bravo/
Los números fríos del INEGI cuentan una historia que los discursos oficiales se niegan a reconocer, el modelo exportador mexicano, construido durante décadas sobre la premisa de que Estados Unidos sería siempre un mercado infinito y confiable, está mostrando sus primeras grietas estructurales. El Indicador Trimestral de la Actividad Económica Estatal (ITAEE) del primer trimestre de 2026 no es solo un conjunto de estadísticas, es un diagnóstico de que la economía mexicana enfrenta su prueba más seria desde la implementación del T-MEC.
Mientras el crecimiento promedio nacional se limitó a un raquítico 0.3%, estados que durante años fueron el orgullo del éxito económico mexicano —Quintana Roo, Aguascalientes, Baja California Sur, Coahuila, Querétaro, San Luis Potosí y Guanajuato— registraron contracciones o desaceleraciones que deberían encender todas las alertas. Doce estados registraron contracción anual, con Campeche, Coahuila y Morelos reportando los mayores retrocesos.
La ironía es cruel, mientras Tamaulipas crecía 5.2% y Colima 4%, el corazón industrial del Bajío arrancaba 2026 “en números rojos”. San Luis Potosí, Guanajuato, Querétaro y Aguascalientes —los estados que durante la última década apostaron todo al sector automotriz— ahora enfrentan la realidad de un modelo que depende demasiado de un solo mercado y de un solo sector.
Los aranceles impuestos por la administración Trump no son una amenaza futura, ya están teniendo un efecto cascada devastador. Las importaciones estadounidenses de automóviles y autopartes desde México cayeron 11.3% en el primer trimestre de 2026, equivalente a 4,870 millones de dólares menos. Las compras estadounidenses descendieron de 11,455 a 8,931 millones de dólares, una contracción del 22% que representa una pérdida de 2,524 millones en un solo trimestre.
El problema no es solo la caída, es la estructura de dependencia. El 84.1% de las exportaciones mexicanas tiene como destino a Estados Unidos, donde el 28.3% fue exclusivamente del sector automotriz. Esto significa que cualquier reducción en la demanda estadounidense tiene un impacto directo y amplificado en toda la economía mexicana. No hay mercados alternativos que puedan absorber la producción cuando el vecino del norte decide apretar el grifo.
El clúster automotriz del Bajío enfrenta riesgos críticos, y no es para menos, hasta el 80% de su producción se exporta a Estados Unidos. Los estados más afectados son precisamente Guanajuato, Querétaro, Aguascalientes y San Luis Potosí, que durante años apostaron fuertemente a la industria automotriz, autopartes, aeroespacial y agroindustria.
Las señales son alarmantes, las plantas de ensamblaje están enfrentando paros técnicos y reducción de operaciones. Hay una reducción de hasta 20% en la producción de vehículos, con despidos masivos y posible relocalización de plantas hacia países con menores barreras comerciales. La inversión extranjera directa se ha visto afectada, ya que la incertidumbre arancelaria desincentiva nuevos proyectos industriales.
Coahuila, como estado fronterizo con fuerte presencia de la industria automotriz (especialmente de General Motors y otras ensambladoras), enfrenta el doble impacto de los aranceles y la posible relocalización de plantas hacia el interior de Estados Unidos.
Los datos del INEGI ponen en evidencia tres problemas estructurales que han sido ignorados durante años. En primer lugar la dependencia excesiva de Estados Unidos. El hecho de que el 84.1% de las exportaciones mexicanas vayan a un solo mercado crea una vulnerabilidad sistémica. México construyó su modelo económico sobre la premisa de que Estados Unidos sería siempre un socio confiable, pero la historia reciente demuestra que la política comercial estadounidense puede cambiar de dirección con cada elección presidencial. Segundo, la concentración sectorial. La apuesta por el sector automotriz como motor de crecimiento ha resultado exitosa durante años, pero también ha creado una dependencia peligrosa. El sector automotriz representa el 28.3% de las exportaciones a Estados Unidos, lo que significa que cualquier crisis en este sector tiene efectos multiplicadores en toda la economía. Es como poner todos los huevos en una sola canasta y luego descubrir que la canasta tiene agujeros. Tercero: la falta de diversificación productiva. Estados como los del Bajío han especializado sus economías en la industria automotriz y de autopartes, lo que los hace particularmente vulnerables a shocks externos. Cuando llegan los aranceles, no hay sectores alternativos que puedan compensar la caída. La especialización que durante años fue celebrada como un éxito ahora se revela como una vulnerabilidad estratégica.
El impacto de los aranceles no se limita a las cifras macroeconómicas, tiene un rostro humano. La reducción de hasta 20% en la producción de vehículos implica despidos en plantas de ensamblaje y en la cadena de proveedores de autopartes. Algunas empresas están evaluando trasladar operaciones a países con menores barreras comerciales o incluso al interior de Estados Unidos.
La incertidumbre arancelaria ha llevado a que nuevas inversiones en el sector automotriz se congelen o se cancelen, afectando el crecimiento futuro. Esto no es solo un problema de hoy: es una amenaza para el empleo de miles de trabajadores que durante años confiaron en que la industria automotriz sería su fuente de estabilidad económica.
El corredor automotriz del Bajío, que durante años fue el motor de crecimiento económico de México, muestra signos claros de agotamiento. Los aranceles encarecen los componentes y materiales importados que se utilizan para fabricar vehículos, elevando los costos de producción. Las exportaciones de vehículos hacia Estados Unidos disminuyen debido a los aranceles, afectando las ganancias de las empresas y la producción regional.
Pero el problema va más allá del sector automotriz. La región enfrenta una desaceleración económica que afecta servicios, comercio y construcción vinculados a la industria. Cuando la planta automotriz reduce operaciones, el restaurante de la esquina también pierde clientes, el taxi deja de trabajar y la tienda de la esquina ve disminuir sus ventas.
La administración de Claudia Sheinbaum enfrenta el desafío más complejo de su gestión, renegociar aspectos del T-MEC, diversificar mercados de exportación y fomentar sectores alternativos que puedan compensar la caída del automotriz. Mientras tanto, estados como Guanajuato, Querétaro, Aguascalientes y San Luis Potosí deberán buscar nuevas fuentes de crecimiento para evitar que el estancamiento se convierta en una crisis prolongada.
El problema es que las soluciones no son simples. Diversificar mercados requiere tiempo, inversión y acuerdos comerciales que no se construyen de la noche a la mañana. Fomentar sectores alternativos implica repensar la especialización productiva que durante años fue el orgullo del modelo mexicano. Renegociar el T-MEC significa sentarse a la mesa con una administración estadounidense que ha demostrado que la política comercial es un arma geopolítica.
Los datos del INEGI no son solo cifras frías, representan el riesgo de que el modelo exportador mexicano, construido durante décadas, esté llegando a su límite. La dependencia de un solo mercado Estados Unidos, la concentración en un solo sector como el automotriz y la falta de diversificación productiva hacen que la economía mexicana sea particularmente vulnerable a los cambios en la política comercial estadounidense.
Durante años, el éxito del Bajío fue celebrado como la prueba de que México había encontrado la fórmula del crecimiento sostenible. Hoy, esos mismos estados muestran las grietas de un modelo que dependía demasiado de factores externos. Quintana Roo y Baja California Sur, por su parte, revelan que incluso el turismo —otro pilar del modelo mexicano— es vulnerable cuando el mercado estadounidense se contrae.
La pregunta que queda flotando es si México tiene la capacidad política y la visión estratégica para ajustar el rumbo antes de que la desaceleración actual se convierta en una crisis económica de mayor magnitud. Los datos del ITAEE del INEGI son una señal de alerta. El modelo exportador mexicano está bajo presión y requiere ajustes estructurales. La pregunta es si el gobierno de Sheinbaum tendrá la capacidad y el tiempo para hacer esos ajustes antes de que sea demasiado tarde.
El espejismo del Bajío se está desvaneciendo. La realidad es que México necesita un nuevo modelo económico, uno que no dependa tanto de un solo mercado ni de un solo sector. La pregunta es si el país tiene la capacidad de construirlo antes de que la crisis se profundice.
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Maestro en Comunicación por la Universidad Iberoamericana. Formó parte del cuerpo académico de la Licenciatura en Comunicación en esa institución, así como de la Universidad Anáhuac, campús norte.

