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/ Por Miguel Ángel Cristiani G /
En política exterior no existen los gestos inocentes ni las ocurrencias sin consecuencias. Cada barril que se mueve, cada barco que zarpa y cada concesión que se otorga tiene un destinatario claro: el tablero del poder. Y cuando México envía petróleo “gratis” a Cuba, en medio de un reacomodo energético internacional y con Estados Unidos afinando su estrategia petrolera, conviene recordar la advertencia popular de Pancho López, el filósofo ateniense veracruzano: cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar.
México ya sabe —aunque a veces finja amnesia histórica— que los conflictos internacionales no siempre empiezan con cañones, sino con facturas. La llamada Guerra de los Pasteles no fue un episodio pintoresco, fue una invasión extranjera detonada por reclamos económicos aparentemente menores. Hoy, el envío desmedido de petróleo a la isla de Cuba, bajo el argumento de la solidaridad ideológica, ocurre mientras Estados Unidos mantiene un bloqueo comercial contra La Habana y endurece la vigilancia sobre el tráfico energético internacional. Los barcos cargados de crudo no son simples cargueros: son piezas políticas flotantes.
El contexto es todavía más delicado. Estados Unidos ya comenzó a capturar embarcaciones con petróleo destinadas a Europa y, al mismo tiempo, prepara el regreso del crudo venezolano a su mercado interno. Esa decisión no es menor: reconfigura el mapa energético de América del Norte y coloca a México en una posición incómoda, por no decir riesgosa. Washington no actúa por simpatías ni por nostalgias ideológicas; actúa por interés estratégico.
Los datos son contundentes. Hasta octubre de 2024, Canadá fue el principal proveedor de petróleo crudo a Estados Unidos con un promedio de 4.39 millones de barriles diarios; México ocupó el segundo lugar con 519 mil barriles diarios; Arabia Saudita aportó 316 mil, y Venezuela, pese a sus limitaciones, 135 mil barriles diarios. La diferencia es clara: Canadá y México sostienen el suministro; Venezuela acecha desde atrás, esperando que le abran la puerta.
Y la puerta comienza a entreabrirse. Analistas como George Baker, editor de Mexico Energy Intelligence, advierten que México podría perder su segundo lugar como proveedor de crudo a Estados Unidos si PDVSA logra reincorporarse plenamente al mercado. No se trata de una hipótesis alarmista, sino de una lectura técnica sustentada en cifras de la US Energy Information Administration. Venezuela, con apenas cuatro empresas operando en Estados Unidos, ya compite; México, con siete —incluida Deer Park, propiedad de Pemex—, observa cómo su margen se estrecha.
La estrategia estadounidense es quirúrgica. En lugar de emitir una licencia general para liberar el petróleo venezolano, la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) opta por exenciones privadas, condicionadas y selectivas. Chevron ya importa 120 mil barriles diarios desde Venezuela, y el Departamento del Tesoro planea supervisar los recursos generados por esas ventas. Nada queda al azar: el petróleo fluye, pero bajo control político y financiero de Washington.
Mientras tanto, México juega a la diplomacia simbólica. Regala petróleo, compromete su capacidad exportadora y debilita su posición comercial frente a su principal socio energético. La pregunta es incómoda pero necesaria: ¿a quién beneficia realmente esta política? Desde luego no a Pemex, que arrastra crisis operativas, financieras y hasta hospitalarias. Tampoco al erario, que subsidia envíos sin retorno económico claro. Y mucho menos a la seguridad energética nacional.
La geopolítica no perdona ingenuidades. Si las relaciones entre Washington y Caracas mejoran, como ya lo anticipan analistas de Argus, el crudo venezolano llegará a las refinerías del Golfo de México, desplazando a proveedores tradicionales como México. No habrá discursos que compensen la pérdida de mercado ni consignas que sustituyan contratos.
La historia enseña que los errores de política exterior se pagan caro y a largo plazo. México no está en condiciones de regalar petróleo como si fuera propaganda ideológica, ni de provocar fricciones innecesarias con Estados Unidos en un momento de redefinición energética global. La soberanía no se declama: se administra con inteligencia, prudencia y sentido estratégico.
Hoy, más que nunca, conviene remojar las barbas. Porque cuando el petróleo se usa como bandera política, la factura suele llegar en dólares… y con intereses.











