Cuando el show encubren a los políticos

*NÉMESIS

/ Fernando Meraz Mejorado /

La bandera nacional parece haber sido sustituida por el verde laurel, color de la selección. En cada esquina, en cada ventana, en los parabrisas de los autos, ondean las franjas azules, rojas o verdes que hoy son la única patria que la gente reconoce. El país es sede del Mundial, y el tiempo ya no se mide en horas ni días, sino en días antes del partido, durante el encuentro y después del pitazo final.

Desde muy temprano, las calles se llenan como si fuera una sola gran plaza con una cancha al centro. La afición camina en marea compacta, cantan al unísono, abrazan a desconocidos, pintan sus rostros y levantan copas que chocan al ritmo de los tambores que no callan en toda la jornada. Para ellos, el fútbol no es un pasatiempo, es la religión, la historia, la esperanza y la única verdad que les queda. Se dice aquí que hay quienes nacen, crecen, se enferman y hasta mueren siempre pendientes de la tabla de posiciones.

Viven casi enloquecidos, entregados por completo, convencidos de que si el equipo gana, todo lo demás —lo que duele, lo que falta, lo que está mal— deja de importar por unas horas.

Mientras la mirada de millones está fija en el césped iluminado con luces de lead, en los edificios altos y resguardados del centro, escondida, la clase política hace su propio juego. Es una élite desgastada, desacreditada y consciente de que su legitimidad se desgasta tan rápido como su prestigio. Han entendido perfectamente esta regla, cuando el pueblo vive pendiente del balón, deja de mirar hacia arriba.

Los políticos transformaron el torneo en la mayor plataforma de supervivencia del poder. Se presentan en las gradas con camisetas oficiales, saludan a las cámaras, se hacen fotografías abrazados a jugadores y repiten frases hechas que resuenan igual que los cánticos: “esta es nuestra fiesta”, “el país unido por el deporte”. Pero detrás de cada discurso y cada inauguración de estadio nuevo, se tejen maniobras oscuras, abominables.

Las obras públicas prometidas quedaron a medias, pero las facturas por construcciones deportivas se multiplican y crecen sin control. Contratos millonarios se asignan sin concurso público a empresas vinculadas directamente a familias de gobernantes y legisladores. Se modifican leyes con rapidez, aprovechando que las sesiones legislativas pasan desapercibidas; se amplían plazos de concesiones, se blindan beneficios fiscales y se protegen intereses económicos que nada tienen que ver con el deporte.

También usan la pasión como escudo contra cualquier crítica. Quien se atreve a cuestionar costos, deudas o falta de transparencia, es señalado inmediatamente como antipatriota, enemigo de la afición o quien quiere dañar la fiesta nacional. La oposición queda silenciada, la sociedad civil dividida, y la atención mediática monopolizada por el análisis táctico y las declaraciones técnicas.

Cuando el equipo anota un gol, la ciudad entera estalla en gritos y saltos que hacen vibrar el suelo. En ese mismo instante, en los despachos, se firman documentos definitivos, se cierran tratos y se aseguran posiciones para el futuro. El fútbol funciona como el telón perfecto: brillante, vistoso y lleno de emoción, que oculta muy bien lo que sucede detrás.

Al final del día, cuando se apagan las luces de los estadios y la gente regresa a sus casas con la voz cansada y el corazón encendido por la victoria o abatido por la derrota, sigue sin notar que mientras celebraba o sufría, el gobierno se había fortalecido un poco más. El ciclo se repite partido tras partido: ellos juegan a ganar, y la política juega a permanecer. Y en este país, la única regla segura es que el balón sigue rodando, y el poder también