*Alguien como tú.
/ Gladys Pérez Maldonado /
Hablar de violencia suele remitir, de manera inmediata y justificada, a las agresiones que enfrentan millones de mujeres en todo el mundo. Esa realidad es innegable y demanda políticas públicas firmes, prevención y acceso efectivo a la justicia. Sin embargo, reconocer esa problemática no debe impedirnos mirar otra que permanece, en gran medida, invisibilizada: la violencia ejercida contra los hombres.
Persisten estereotipos profundamente arraigados que dictan que un hombre debe ser fuerte, resistir el dolor, no llorar y resolver sus conflictos en silencio. Bajo esa lógica, admitir que ha sido víctima de violencia física, psicológica, sexual, económica o familiar se interpreta, erróneamente, como un signo de debilidad. El resultado es devastador: miles de hombres callan por miedo al ridículo, al descrédito o a no ser creídos.
La violencia no distingue sexo, edad, condición económica ni nivel educativo. Puede presentarse dentro de la pareja, en el entorno familiar, en el trabajo, en la escuela o en espacios públicos. Un hombre puede ser víctima de amenazas, humillaciones constantes, manipulación emocional, aislamiento, violencia patrimonial, agresiones físicas e incluso abuso sexual. Sin embargo, cuando decide denunciar, con frecuencia se enfrenta a prejuicios institucionales y sociales que minimizan su experiencia.
En México, diversos estudios del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) muestran que una proporción importante de hombres ha experimentado algún tipo de violencia a lo largo de su vida. A ello se suman cifras preocupantes sobre suicidio, los hombres representan aproximadamente ocho de cada diez personas que se quitan la vida en el país. Si bien el suicidio es un fenómeno multicausal, especialistas coinciden en que la dificultad para expresar emociones, buscar ayuda o denunciar situaciones de violencia constituye un factor de riesgo que no puede ignorarse.
Existe además un fenómeno poco discutido, esto es, muchos hombres no identifican ciertas conductas como violencia porque crecieron normalizándolas. Insultos permanentes, control sobre sus relaciones personales, chantaje emocional, falsas acusaciones, limitación del contacto con sus hijos tras una separación conflictiva o violencia económica son situaciones que también pueden generar profundas afectaciones psicológicas.
Desde la perspectiva de los derechos humanos, el principio es claro, toda persona tiene derecho a vivir libre de violencia, sin importar su identidad. La igualdad no consiste en sustituir una exclusión por otra, sino en garantizar que ninguna víctima quede fuera de la protección del Estado. La legislación mexicana contempla mecanismos generales para proteger a cualquier persona víctima de un delito o de violencia familiar, aunque es evidente que la atención especializada, las campañas de prevención y los servicios de apoyo dirigidos a hombres siguen siendo limitados.
Reconocer que existen hombres víctimas de violencia no significa restar importancia a la violencia contra las mujeres ni competir por quién sufre más. Los derechos humanos no son una balanza donde el reconocimiento de unos implique la negación de otros. Por el contrario, una sociedad verdaderamente igualitaria es aquella capaz de atender todas las formas de violencia con el mismo compromiso, sin prejuicios ideológicos ni estereotipos de género.
También es momento de replantear la forma en que educamos a niños y adolescentes. Enseñar que expresar emociones no disminuye la masculinidad; que pedir ayuda es un acto de valentía y no de debilidad; que denunciar una agresión es ejercer un derecho y no una vergüenza, puede marcar una diferencia significativa en la prevención de la violencia y en la salud mental masculina.
Cuando un hombre es víctima y decide guardar silencio, no solo pierde él, pierde su familia, pierde la posibilidad de acceder a la justicia y pierde una sociedad que continúa alimentando la falsa idea de que hay víctimas de primera y de segunda categoría.
La verdadera justicia exige mirar a todas las personas con el mismo sentido de dignidad. Porque la violencia nunca debe medirse por el sexo de quien la padece, sino por el daño que provoca. Mientras exista una sola víctima que permanezca invisible por miedo al estigma, nuestra tarea como sociedad seguirá inconclusa. Porque cuando una víctima no es vista, no sólo se vulnera a un individuo: se debilita el compromiso de toda sociedad con la dignidad humana y con el ideal de una justicia accesible e incluyente para todas las personas…


