Cuando los muertos regresan a casa: el ritual ancestral de Pomuch

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02.11.2026., Campeche.- En la tradición actual confluyen concepciones de origen maya, prácticas católicas y nuevas formas de relacionarse con el patrimonio y el turismo. Su convivencia es resultado de procesos históricos y adquiere distintos significados para quienes participan en el ritual.

Esta transformación histórica ayuda a comprender por qué la limpieza de huesos no es únicamente una práctica heredada, sino también una tradición que continúa adquiriendo sentido en el presente. Esa capacidad de mantenerse y transformarse, a su vez, plantea preguntas sobre lo que sucede cuando el ritual deja de ser conocido principalmente dentro de las familias y comienza a ocupar un lugar más visible en la esfera pública.

Cuando el patrimonio transforma la mirada sobre la tradición

En 2017, la limpieza de huesos de Pomuch fue reconocida como patrimonio cultural del estado de Campeche, bajo la denominación «La limpieza de los santos restos, ritual funerario de la comunidad maya de Pomuch». Esta declaratoria contribuyó a dar mayor visibilidad a la práctica y a impulsar su difusión como parte de las tradiciones culturales de la región.

Este reconocimiento forma parte de un proceso conocido como patrimonialización, mediante el cual una práctica cultural adquiere reconocimiento y valor como patrimonio. En él intervienen distintos actores, como las comunidades, las instituciones gubernamentales, los investigadores y el sector turístico, cuyos intereses e interpretaciones no siempre coinciden.

En su investigación “Entre festivales y huesos. La politización de los rituales mortuorios en México”, la Dra. María Fernanda Apipilhuasco Miranda analiza este proceso a partir del caso de Pomuch. En 2006 surgió el colectivo local Maya Kin, cuyos integrantes buscaban difundir las costumbres del poblado y compartir las historias sobre los difuntos que habían escuchado de sus mayores.

Con el tiempo, la iniciativa adquirió mayor alcance y recibió apoyo gubernamental, lo que amplió la presencia pública de esta tradición. Desde 2022, la Autoridad del Patrimonio Cultural del Estado de Campeche coordina principalmente el festival, que incluye actividades culturales, gastronomía, venta de productos locales, presentaciones artísticas y el Paseo de los Pixanes. Celebrado alrededor del 31 de octubre, el evento ha contribuido a proyectar la identidad pomucheña y campechana, además de generar oportunidades económicas para comerciantes y otros participantes.

La creciente presencia institucional y turística ha ampliado la difusión de la tradición, pero también plantea preguntas sobre la forma en que se presenta públicamente. Apipilhuasco Miranda advierte que la limpieza de huesos pertenece al ámbito íntimo y familiar, mientras que el festival constituye un acontecimiento público. Aunque ambas dimensiones están relacionadas, no son equivalentes: el evento permite compartir determinadas manifestaciones culturales, pero no representa la totalidad de las experiencias ni los significados que las familias atribuyen al ritual.

La patrimonialización abre distintas posibilidades para quienes participan en ella. Para algunos habitantes, representa una oportunidad de compartir sus costumbres; para las instituciones, forma parte de las políticas culturales y turísticas; y para los comerciantes, puede generar ingresos. Estas perspectivas pueden coincidir, pero también suscitan preguntas sobre quién representa a la comunidad y qué versión de la tradición adquiere mayor visibilidad.

La cuestión, por tanto, no es únicamente cómo se difunde el ritual, sino también quién decide de qué manera se presenta y cuáles son los límites entre compartir una tradición y convertirla en un espectáculo.

Una comunidad que decide cómo relacionarse con su tradición

La Dra. María Fernanda Apipilhuasco Miranda señaló que, pese a la promoción turística, no se han producido grandes cambios en la práctica ritual. Esta observación permite distinguir entre la creciente visibilidad pública de la tradición y la manera en que las familias continúan viviéndola en el ámbito íntimo. La presencia de visitantes y el desarrollo del festival no significan, por sí mismos, que se haya transformado profundamente la relación de los habitantes con sus difuntos.

Esta distinción también invita a reflexionar sobre la manera de visitar Pomuch. El cementerio no es solamente un espacio de interés cultural o turístico, sino un lugar donde algunas familias mantienen sus vínculos con los seres queridos fallecidos mediante actos de memoria y afecto. Por ello, pedir permiso antes de tomar fotografías o acercarse a espacios rituales, respetar los tiempos de las familias y aceptar que no todo está disponible para la observación pública son consideraciones fundamentales. La curiosidad por una tradición no implica tener derecho a registrar o difundir cada momento, destacó la investigadora.

El respeto por la intimidad de las familias no es una responsabilidad exclusiva de quienes visitan Pomuch. También interpela a las instituciones que promueven la tradición, pues la manera de organizar y difundir las actividades culturales influye en la imagen que se proyecta de la comunidad. Mantener una comunicación directa con los habitantes permite conocer sus necesidades, escuchar sus decisiones y procurar que la difusión cultural respete los significados que atribuyen a sus prácticas.

La conservación del patrimonio no debería limitarse a organizar festivales o atraer visitantes. También requiere considerar las distintas opiniones de la comunidad y las condiciones que permiten a las familias continuar con sus costumbres.

Estas condiciones incluyen los cambios en la vida cotidiana. La continuidad de la limpieza de huesos está vinculada con las circunstancias familiares, la migración y las diferencias generacionales. Las nuevas generaciones pueden desarrollar otras interpretaciones de la tradición sin necesariamente abandonarla. Su permanencia no exige que todos sus elementos se mantengan idénticos a lo largo del tiempo, sino que las personas encuentren formas de seguir practicándola y transmitiéndola.

Reconocer esta capacidad de transformación implica aceptar que no existe una sola manera de vivir la tradición ni una única voz que represente a todos los habitantes. En este contexto, el desafío consiste en reconocer que la limpieza de huesos pertenece, ante todo, a quienes la practican. Darla a conocer implica también respetar la decisión de cada familia sobre qué compartir y qué conservar en la intimidad.

Más allá de una sola manera de vivir el Día de Muertos

La difusión de la limpieza de huesos de Pomuch también invita a reflexionar sobre la imagen del Día de Muertos que se ha construido y promovido a escala nacional. Desde el periodo posrevolucionario, el Estado mexicano ha impulsado distintas expresiones culturales como símbolos de una identidad compartida. Sin embargo, esa representación general convive con prácticas regionales que responden a historias, creencias y formas de organización comunitaria particulares.

En San Andrés Mixquic, en la Ciudad de México, las familias iluminan el cementerio con velas durante la llamada Alumbrada. En las comunidades de la ribera del lago de Pátzcuaro, Michoacán, adornan las tumbas con flores y veladoras y pasan la noche en los camposantos. En la Huasteca, la celebración conocida como Xantolo incorpora danzas, música y ofrendas vinculadas con los ciclos agrícolas.

Aunque estas celebraciones comparten la intención de recordar y recibir a los difuntos, cada una responde a historias y formas de organización particulares. Para la investigadora, hablar del Día de Muertos como una tradición nacional no debe llevar a pensar que existe una sola manera de comprender la muerte o de relacionarse con quienes han fallecido.

La limpieza de huesos de Pomuch muestra otra forma de mantener esos vínculos. A diferencia de las celebraciones en las que predominan las ofrendas, las velas o las danzas, aquí el cuidado directo de los restos óseos ocupa un lugar central en la relación de algunas familias con sus difuntos. Generalizar estas prácticas bajo una sola imagen puede invisibilizar sus particularidades y convertir rituales significativos para quienes los realizan en representaciones folclóricas destinadas al consumo cultural.

Esto no significa que el Día de Muertos carezca de valor como expresión cultural compartida. Significa que su representación nacional no debe confundirse con la totalidad de las prácticas locales. La promoción de una identidad común puede coexistir con el reconocimiento de las diferencias, siempre que ninguna manifestación particular se presente como representativa de todas las comunidades.

El caso de Pomuch muestra, además, que reconocer la diversidad cultural supone algo más que exhibir sus expresiones más visibles. También implica comprender los significados que las sostienen, respetar a quienes las practican y reconocer su capacidad para decidir cómo quieren transmitirlas.

Un puente entre la vida y la memoria

En Pomuch, los muertos regresan a casa no solo porque sus restos reciben cuidados cada año, sino porque permanecen en la memoria, los afectos y la vida cotidiana de sus familias. Y mientras ese vínculo siga encontrando formas de expresarse, recordar a los difuntos es, para estas familias, una manera de mantener vivos los lazos que las unen y de transmitir una forma particular de comprender la vida, la muerte y la relación entre ambas.

Fuente Gaceta UNAM