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/ Escrito por Lucía Lagunes Huerta
04.11.2026 /CimacNoticias.com/ En la historia política de México hay preguntas que el paso del tiempo no debería borrar. Una de ellas es qué lugar ocuparon los derechos de las mujeres en los proyectos de transformación democrática que se construyeron en el país durante la década de los ochenta. Recuperar la figura de Cuauhtémoc Cárdenas desde una mirada feminista permite volver a una época en la que la democratización del sistema político era una exigencia central, mientras las feministas insistían en que la democracia no podía limitarse a cambiar a quienes ocupaban el poder: también debía transformar las relaciones de desigualdad entre mujeres y hombres.
Para entender esa discusión hay que regresar a un México en el que la violencia contra las mujeres permanecía, en buena medida, confinada al ámbito privado; el aborto estaba penalizado, las trabajadoras enfrentaban discriminación laboral y la maternidad seguía considerándose un destino antes que una decisión.
Mientras los partidos debatían sobre la sucesión presidencial, el autoritarismo y la necesidad de abrir el sistema político, las feministas llevaban años colocando sobre la mesa asuntos que buena parte de la política consideraba secundarios: el derecho a decidir sobre el propio cuerpo, la atención a las mujeres víctimas de violencia sexual, la igualdad salarial, el acceso a guarderías y el reconocimiento del trabajo doméstico y de cuidados. No eran demandas nuevas ni concesiones que las mujeres esperaran recibir de un gobierno progresista; eran reivindicaciones construidas mediante años de organización, movilización y debate.
En 1987, cuando Cuauhtémoc Cárdenas rompió con el Partido Revolucionario Institucional y comenzó a articular una alternativa política que desembocaría en su candidatura presidencial de 1988, México vivía una coyuntura de reacomodo político. La candidatura cardenista logró convocar a sectores sociales diversos, entre ellos mujeres de organizaciones populares, sindicalistas y feministas.
Sin embargo, la participación de las mujeres en aquella movilización no significó que sus demandas ocuparan necesariamente un lugar central en el proyecto político. Investigaciones sobre el movimiento amplio de mujeres documentan precisamente esa tensión: muchas participaron en la construcción de la alternativa democrática, aunque el discurso de campaña y el programa político del Frente Democrático Nacional no incorporaron de manera explícita la problemática de las mujeres.
Esta contradicción merece ser revisada sin simplificaciones: la apertura democrática representaba una oportunidad política, pero no garantizaba por sí misma el reconocimiento de la desigualdad de género.
La historia de aquella relación también obliga a mirar las diferencias entre los ideales generales de igualdad y su traducción en compromisos concretos.
Hablar de democracia, justicia, libertad y dignidad era indispensable frente al régimen autoritario; sin embargo, para las feministas esos principios debían tener consecuencias en la vida cotidiana.
¿Qué significaba la igualdad para una trabajadora despedida por estar embarazada? ¿Qué justicia podía ofrecer un Estado que no reconocía adecuadamente la violencia sexual? ¿Qué libertad tenían las mujeres si no podían decidir sobre su maternidad o si dependían económicamente de sus parejas? ¿Qué democracia podía considerarse completa cuando las mujeres seguían cargando con la mayor parte del trabajo doméstico y de cuidados, además de enfrentar obstáculos para participar en las decisiones públicas?
Estas preguntas no eran ajenas a la política: señalaban sus límites y exigían ampliar el significado de los derechos.
Volver hoy sobre Cuauhtémoc Cárdenas y el movimiento feminista de los años ochenta no implica juzgar el pasado con la comodidad de las conquistas posteriores ni desconocer la importancia de aquella coyuntura en la historia de la oposición política mexicana.
Implica reconocer que las mujeres también fueron protagonistas de la democratización y que sus demandas no siempre encontraron el mismo espacio que las reivindicaciones políticas y económicas consideradas prioritarias.
La memoria feminista sirve justamente para eso: para recuperar las aportaciones de quienes abrieron camino y examinar, al mismo tiempo, las deudas que permanecieron. Porque una transformación democrática no se mide únicamente por la posibilidad de cambiar al partido gobernante, sino por su capacidad para modificar las estructuras que reproducen la desigualdad.
Esa fue una de las lecciones que las feministas plantearon entonces y que sigue siendo pertinente para cualquier proyecto político que aspire a construir una sociedad más justa.

