De la Espriella llega al poder con un discurso de mano dura y un país dividido

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*La elección fue muy cerrada: De la Espriella ganó con 49.66% frente a 48.69% de Iván Cepeda, una diferencia de 251 mil 854 votos.

07.08.2026 Calí, Colombia.- Abelardo de la Espriella asumió este viernes la Presidencia de Colombia con un mensaje que dejó claro que su gobierno buscará marcar una ruptura profunda con el proyecto político de Gustavo Petro. Seguridad, autoridad, combate al narcotráfico y rechazo a la denominada “paz total” ocuparon el centro de su primer discurso como jefe de Estado, en una ceremonia que también tuvo un fuerte contenido simbólico al realizarse en Cali y no en Bogotá.

El nuevo mandatario llega a la Casa de Nariño después de una elección extraordinariamente cerrada. En la segunda vuelta del 21 de junio, De la Espriella obtuvo 12 millones 960 mil 166 votos, equivalentes a 49.66 por ciento, mientras que Iván Cepeda consiguió 12 millones 708 mil 312, el 48.69 por ciento. La diferencia fue de apenas 251 mil 854 sufragios.

Ese dato es uno de los elementos fundamentales para entender el escenario que enfrenta el nuevo gobierno. De la Espriella ganó la Presidencia, pero prácticamente la mitad del electorado votó por una alternativa distinta. Su principal desafío político será, por tanto, convertir una victoria electoral estrecha en capacidad real de gobernar un país profundamente polarizado.

Su discurso, sin embargo, no estuvo diseñado para tender demasiados puentes con el proyecto político que acaba de dejar el poder. Por el contrario, De la Espriella convirtió buena parte de su primera intervención presidencial en una declaración de principios contra las políticas que caracterizaron los cuatro años anteriores.

Uno de sus anuncios más contundentes fue el abandono de la política de “paz total”, una de las principales apuestas de Gustavo Petro para intentar negociar con distintas organizaciones armadas. De la Espriella sostuvo que la vía del diálogo estaba agotada y planteó una estrategia de confrontación directa contra las estructuras criminales.

La frase resume el giro que pretende imprimir a la política de seguridad colombiana: frente a la negociación, autoridad; frente a las organizaciones armadas, fuerza del Estado.

El nuevo presidente anunció además que su gobierno dará a conocer una clasificación de organizaciones que serán consideradas grupos narcoterroristas y prometió combatirlas sin tregua. En su discurso también reivindicó el papel de las Fuerzas Armadas y planteó recuperar su capacidad operativa y su autoridad en los territorios.

Se trata de una definición política que coloca la seguridad como una de las prioridades de su administración y que puede significar un cambio sustancial respecto de la estrategia impulsada durante el gobierno de Petro. De la Espriella ha construido buena parte de su identidad política alrededor de la llamada “mano dura” y de la promesa de recuperar el control territorial frente a las organizaciones armadas y el narcotráfico.

Pero precisamente ahí aparece uno de los primeros grandes retos de su gobierno: pasar del discurso de autoridad a resultados concretos en un país donde persisten grupos armados, economías ilegales y regiones en las que el Estado enfrenta dificultades para ejercer plenamente su autoridad.

El narcotráfico fue otro de los asuntos centrales. De la Espriella habló de enfrentar los cultivos ilícitos y de recuperar mecanismos de erradicación, en contraste con las políticas desarrolladas durante el gobierno anterior. El desafío será determinar hasta dónde llegará esa estrategia y cuáles serán sus consecuencias en las regiones rurales donde los cultivos de coca constituyen, para miles de familias, una economía de subsistencia vinculada a las estructuras ilegales.

El nuevo mandatario también lanzó críticas contra la Jurisdicción Especial para la Paz, creada a partir del acuerdo de 2016 entre el Estado colombiano y las antiguas FARC. De la Espriella anunció una revisión de sus alcances y cuestionó que quienes participaron en el conflicto puedan recibir beneficios que, desde su perspectiva, no correspondan con la gravedad de los delitos cometidos.

La postura anticipa otra posible fuente de tensión. La justicia transicional colombiana nació precisamente para resolver uno de los problemas más complejos del país: cómo juzgar a quienes participaron en un conflicto armado de más de medio siglo sin cerrar la puerta a la verdad, la reparación de las víctimas y la reincorporación de los excombatientes.

Modificar sustancialmente ese modelo no será únicamente una decisión política. También implicará enfrentarse a los límites establecidos por el ordenamiento jurídico colombiano y a los compromisos derivados del acuerdo de paz.

De la Espriella también cerró la puerta a una Asamblea Constituyente, una propuesta que durante el tramo final del gobierno de Petro generó fuertes discusiones políticas. El nuevo presidente afirmó que durante su administración no impulsará una constituyente y sostuvo que cuatro años son suficientes para desarrollar el programa por el cual fue elegido.

En materia institucional, el mensaje es relevante: después de una campaña marcada por una fuerte confrontación ideológica, De la Espriella busca presentar su gobierno como una etapa de recuperación del orden sin recurrir a una modificación integral de la Constitución de 1991.

La corrupción también apareció entre los blancos de su discurso. El presidente acusó a la administración saliente de haber tratado los recursos públicos como un “botín propio” y prometió recuperar el control sobre el dinero del Estado.

Sin embargo, aquí también tendrá que demostrar que sus acusaciones pueden traducirse en investigaciones, sanciones y mecanismos efectivos de transparencia. Colombia no sólo enfrenta problemas de corrupción asociados a los grandes contratos públicos; también tiene desafíos relacionados con la contratación territorial, el uso de recursos públicos y la capacidad de las instituciones de control para actuar con independencia.

La ceremonia misma fue una declaración política.

Por primera vez, una posesión presidencial colombiana se realizó fuera de Bogotá. Cali se convirtió en la sede del cambio de mando y el nuevo presidente llevó posteriormente su discurso a un escenario militar. La decisión fue presentada como una señal de descentralización y de reconocimiento a las regiones, pero también reforzó la imagen de un mandatario que coloca a las Fuerzas Armadas y la seguridad en el centro de su proyecto.

La ausencia del Pacto Histórico en la ceremonia también reflejó la profundidad de la fractura política. Mientras De la Espriella asumía el poder en Cali, sectores de la izquierda mantuvieron una postura crítica frente al nuevo gobierno y Cepeda encabezó una movilización en Barranquilla.

El escenario internacional, por otra parte, mostró que el nuevo presidente buscará relacionarse con gobiernos de distintas tendencias, aunque su perfil político se encuentra claramente identificado con la derecha. A la ceremonia acudieron el rey Felipe VI de España y los presidentes de Argentina, Javier Milei; Ecuador, Daniel Noboa; Chile, José Antonio Kast, y Paraguay, Santiago Peña, además de representantes de otros países.

En su discurso, De la Espriella intentó ampliar su base política al afirmar que gobernará para todos los colombianos, incluidos quienes no votaron por él. La declaración será una de las más importantes de su mandato porque el resultado electoral dejó una sociedad prácticamente dividida en dos mitades.

El problema es que su primer mensaje estuvo mucho más cargado de ruptura que de reconciliación. La promesa de gobernar para todos convivió con una fuerte descalificación de políticas centrales del gobierno anterior y con el anuncio de un viraje radical en materia de seguridad.

Ese contraste será una de las claves para medir los primeros meses de su administración.

De la Espriella no llega al poder como un político tradicional. Su ascenso presidencial se produjo después de construir una candidatura alrededor de un discurso de derecha radical, seguridad, defensa de la propiedad privada y reducción del Estado. Además, no había ocupado previamente un cargo de elección popular ni ejercido como funcionario público antes de su candidatura presidencial.

Ahora tendrá que transformar esa identidad de candidato opositor en la responsabilidad de gobernar. Ya no bastará con señalar los errores del gobierno anterior: tendrá que responder por los resultados de su propia administración.

Su discurso de posesión dejó una ruta definida. Pretende recuperar autoridad, endurecer la política contra las organizaciones criminales, replantear la relación del Estado con los grupos armados, revisar la justicia transicional y combatir la corrupción.

Pero el tamaño de las promesas también eleva el costo político de cualquier fracaso.

Colombia no sólo le exigirá resultados en seguridad. También tendrá que enfrentar problemas de desigualdad, pobreza, empleo, violencia regional, desplazamiento, narcotráfico y servicios públicos. Y tendrá que hacerlo mientras intenta gobernar un país en el que casi la mitad de los electores eligió otra opción.

La elección terminó el 21 de junio. La disputa política, sin embargo, está lejos de haber terminado.

Abelardo de la Espriella comienza su gobierno con una victoria electoral legítima, pero estrecha; con un discurso de autoridad y confrontación y con la promesa de recuperar el control del Estado. El verdadero desafío comenzará cuando esas palabras tengan que convertirse en decisiones, presupuestos, políticas públicas y resultados.

Colombia acaba de cambiar de rumbo. Ahora tendrá que comprobar si el camino prometido por su nuevo presidente conduce realmente al orden que ofreció o si la polarización política termina convirtiéndose en uno de los principales obstáculos de su gobierno.

Esta versión puede funcionar mejor para “Las Protagonistas” porque mantiene el rigor informativo, pero incorpora contexto, el dato electoral clave y los desafíos que quedan detrás del discurso presidencial, sin convertir la nota en propaganda a favor o en contra del mandatario.