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/Por Deborah Buiza/
Afuera de mi casa, justo en la banqueta, empezó a crecer una pequeña planta. Al principio parecía solo hierba, pero con el paso de las semanas comenzaron a brotarle unas flores diminutas. Se veía hermosa y grandiosa, desafiando el pavimento en medio de una avenida transitada.
Pasaron los días y siguió creciendo. Noté que durante la noche cerraba un poco sus pétalos y durante el día los volvía a abrir. Me daba gusto verla al salir y al regresar. He de confesar que la jardinería no es lo mío —planta que intento cuidar, planta que no prospera—, así que ver algo tan pequeño y perfecto abriéndose paso entre el concreto me causaba simpatía y alegría.
Como me gusta la fotografía, le tomé una foto.
Una noche, al regresar, vi que tenía más flores. Pensé en fotografiarla de nuevo para registrar su evolución, pero como era tarde me dije: mejor mañana.
No hubo mañana.
Al día siguiente, muy temprano, pasó el personal de limpia barriendo la calle. Con sus escobas la arrancaron sin ni siquiera darse cuenta de que ella estaba ahí; ¡era tan pequeña! Cuando salí, ya no estaba. Sentí tanta pena; era tan bonita y parecía que nadie más la había notado. Pero también me pesó haber pospuesto la foto: por dejarla para después, me perdí de registrar sus últimas horas.
¿Cuántas veces asumimos que el tiempo nos sobra?
Después le hablo.
Después salimos.
Después le digo que le quiero.
Después le dedico tiempo.
Asumimos la garantía del mañana y vamos posponiendo, hasta que la realidad nos recuerda que el después no siempre llega. El tiempo es efímero, aunque solamos actuar como si fuera abundante e inagotable.
Pasaron unos días en los que la idea de que dejé para después la foto de la plantita que ya no existe siguió rondando en mi cabeza, tanto que vine a compartírtelo.
Hoy, al regresar a casa, miré el espacio vacío que había dejado la planta y me encontré con una sorpresa: hay una diminuta hoja creciendo de nuevo. Esta vez no lo dejé para después; le tomé la foto en ese instante.
Resulta emocionante verla reaparecer a pesar de todo: a pesar del pavimento, del tránsito agitado y de las escobas.
Está ahí, creciendo otra vez.
Hay tantas pequeñas cosas que son perfectas en sí mismas y que existen de manera silenciosa en nuestro entorno, sin pedir nada a cambio, por lo que la invitación es a que te detengas a observar a tu alrededor; estoy segura de que encontrarás alguna sorpresa por ahí.
Por otro lado, quiero dejarte la siguiente reflexión: el presente es el único espacio real donde transcurren las cosas. Vale la pena preguntarnos qué estamos posponiendo hoy bajo la fantasía de que el tiempo siempre nos va a esperar.
Y tú, ¿qué estás dejando para después, sin darte cuenta de que tal vez el después no existe?


