*Alguien como tú.
/ Gladys Pérez Maldonado /
El 17 de octubre de 1953, las mujeres mexicanas conquistaron uno de los derechos políticos más importantes de nuestra historia: el reconocimiento constitucional de su derecho a votar y ser votadas. Setenta y tres años después, la pregunta no debería limitarse a cuánto hemos avanzado, sino a cuánto poder real hemos conseguido ejercer y cuántas barreras continúan impidiendo una democracia verdaderamente igualitaria.
El sufragio femenino no fue una concesión generosa del poder masculino. Fue resultado de décadas de lucha de mujeres que desafiaron una estructura política diseñada para excluirlas. Reconocerlo es indispensable para evitar que la historia convierta una conquista colectiva en una dádiva gubernamental.
Desde entonces, México ha experimentado transformaciones extraordinarias. Pasamos de la exclusión electoral a las cuotas de género, de las cuotas a la paridad constitucional de 2014 y, posteriormente, a la reforma de 2019 conocida como «paridad en todo». En 2024, por primera vez, una mujer, Claudia Sheinbaum Pardo, asumió la Presidencia de la República, un acontecimiento histórico que rompió uno de los últimos grandes monopolios masculinos del poder político.
Pero sería ingenuo confundir estos avances con la conquista definitiva de la igualdad.
Hoy tenemos congresos prácticamente paritarios, mujeres gobernadoras, legisladoras, presidentas municipales y titulares de instituciones públicas. La LXVI Legislatura del Senado inició con 65 mujeres de 128 integrantes, equivalente al 50.8 %. Sin embargo, la distribución numérica del poder no siempre significa una distribución efectiva de las decisiones.
La paridad abrió las puertas de la política, pero no necesariamente transformó las estructuras que históricamente han concentrado el poder.
Los partidos políticos continúan siendo uno de los principales espacios donde debe examinarse esta contradicción. Aunque están obligados a respetar la paridad, persisten prácticas de exclusión, obstáculos para acceder a candidaturas competitivas y resistencias frente a liderazgos femeninos independientes.
El ámbito municipal revela con particular crudeza esta desigualdad. De acuerdo con cifras del Instituto Nacional Electoral (INE), en las elecciones de 2024 las mujeres ganaron solamente 535 de las 1,794 presidencias municipales y alcaldías disputadas: apenas el 29.8 %. ¿De qué sirve proclamar la paridad si el poder territorial continúa predominantemente en manos masculinas?
A ello se suma una realidad preocupante: la violencia política contra las mujeres en razón de género, consistente en ejercer en su contra amenazas, hostigamiento, campañas de desprestigio, agresiones digitales y obstáculos para ejercer funciones públicas continúan afectando su participación.
En septiembre de 2026, el INE difundió un estudio sobre los procesos electorales de Veracruz y Durango de 2024-2025, que identificó violencia digital y desinformación contra candidatas, especialmente aspirantes a presidencias municipales.
Es particularmente grave que, después de décadas de reconocimiento constitucional, algunas mujeres todavía tengan que enfrentar violencia por aspirar a ocupar espacios de decisión.
Tampoco podemos ignorar las desigualdades entre las propias mujeres. Las indígenas, rurales, jóvenes, mujeres con discapacidad y aquellas que carecen de recursos económicos enfrentan barreras adicionales para competir electoralmente.
Una democracia que permite votar, pero dificulta acceder al poder en igualdad de condiciones, sigue siendo una democracia incompleta.
La conmemoración de este aniversario exige ir más allá de discursos oficiales y ceremonias protocolarias. Es necesario fortalecer los mecanismos de prevención y sanción de la violencia política, garantizar recursos equitativos para las candidaturas, democratizar las decisiones partidistas y asegurar que las mujeres ejerzan sus cargos sin subordinaciones ni simulaciones.
También debemos exigir resultados a quienes llegan al poder. Que una mujer ocupe un cargo público no garantiza, por sí mismo, políticas comprometidas con los derechos de las mujeres. La representación debe traducirse en decisiones, presupuestos, justicia y transformaciones sociales.
A setenta y tres años de aquella conquista histórica, Alguien como tú considera que el mayor desafío ya no consiste solamente en acceder a las urnas o alcanzar cargos públicos, sino en ejercer el poder con autonomía, libertad y capacidad de transformación.
El voto nos reconoció como ciudadanas; la paridad nos abrió espacios; ahora falta garantizar que nuestra presencia se traduzca en poder efectivo.
Porque la democracia mexicana no habrá saldado su deuda histórica mientras las mujeres tengamos que seguir luchando, no solo para llegar al poder, sino para ejercerlo sin violencia, sin obstáculos y sin pedir permiso.
El sufragio fue una conquista. La igualdad sustantiva sigue pendiente en la agenda de los derechos de las mujeres…

