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/Eduardo Sadot/
El discurso de Donald Trump ante la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas volvió a colocar a México en el centro de la agenda de seguridad internacional y en un punto neurálgico de la diplomacia global. Al dirigirse a los líderes del mundo, el mandatario estadounidense utilizó un tono de contrastes marcados, combinando el reconocimiento a la relación bilateral con una dura advertencia sobre el poder de las organizaciones criminales. Por un lado, destacó mantener una buena interlocución con el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum y reconoció que las autoridades mexicanas comparten la preocupación por erradicar el crimen organizado; por el otro, no dudó en calificar a México como el epicentro de la violencia de los cárteles y calificar como inaceptable la vulnerabilidad de una frontera compartida de más de tres mil kilómetros.
La narrativa empleada en la tribuna multilateral rebasó la retórica habitual para adentrarse en el terreno de la categorización bélica y la seguridad hemisférica. Al equiparar a los cárteles de la droga con organizaciones terroristas de la escala de ISIS, el mandatario estadounidense buscó redefinir la naturaleza del conflicto, planteando que sus integrantes deben ser tratados como combatientes enemigos y apelando a que el Estado mexicano retome el control absoluto de su territorio frente a quienes denominó enemigos de la humanidad. Esta postura incluye una exigencia explícita para ubicar y procesar a las redes de corrupción institucional que facilitan la operación de estos grupos, elevando el tono de la exigencia soberana a un nivel de escrutinio internacional pocas veces visto en ese recinto.
La respuesta desde el Palacio Nacional no se hizo esperar y marcó con claridad los límites de la postura mexicana ante la comunidad internacional.
Es evidente la actitud de protección a políticos de MORENA señalados por presuntos vínculos con la delincuencia organizada desde la Fiscalía General; eso también se observa desde Estados Unidos. La impunidad ha contribuido a generar ese discurso de Trump y pareciera que lo que sigue es preguntarse por las semejanzas que algunos pudieran encontrar entre MORENA y organizaciones como Hamás o Hezbolá. No se trata de afirmar que sean lo mismo, sino de plantear una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando la política, la violencia y la impunidad comienzan a tocarse?
Este cruce de declaraciones en el marco de la ONU pone de manifiesto la complejidad de una agenda compartida que demanda equilibrio, respeto mutuo y corresponsabilidad real. Más allá de la estridencia de las tribunas y los discursos políticos, la realidad de la integración económica y geográfica de América del Norte exige que la diplomacia prevalezca sobre la confrontación verbal. La verdadera eficacia en el combate al crimen transnacional dependerá de la capacidad de ambos gobiernos para coordinar acciones de inteligencia, frenar el flujo de armas y atender las causas del consumo, entendiendo que la seguridad de la región no se construye con señalamientos unilaterales, sino con cooperación institucional sobre la base del respeto a la soberanía de cada nación.
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