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18.02.2026 BPNoticias. La crítica política legítima es parte esencial de la vida democrática. Se ejerce cuando periodistas, analistas o ciudadanos cuestionan las decisiones de un gobierno, sus políticas públicas o los resultados de su gestión. Es importante su voz y sus apuntes. Puede ser dura, incluso mordaz, pero se sostiene en argumentos verificables y en el análisis de consecuencias.
Lo fundamental es que la crítica política reconoce la investidura de la persona en el cargo y aplica el mismo estándar a hombres y mujeres. Por ejemplo, señalar que una presidenta incurre en un error jurídico al plantear una apelación diplomática inexistente es una crítica válida, porque se enfoca en la acción y no en su condición de género. La crítica legítima busca rendición de cuentas, no exclusión.
La violencia política de género directa aparece cuando se agrede explícitamente a una mujer por ser mujer que tiene una investidura. Se manifiesta en insultos, estereotipos o frases que buscan excluirla del espacio público. Aquí el género es el blanco del ataque: se cuestiona su capacidad de gobernar con base en prejuicios sexistas, como afirmar que las mujeres no saben dirigir un país o que su liderazgo es “antinatural” o que es marioneta de alguien.
Este tipo de violencia es frontal y busca deslegitimar la participación política de las mujeres, reforzando estructuras de discriminación que históricamente las han marginado, debido a su visión patriarcal.
La violencia política de género simbólica es más sutil, pero igual de dañina. Se expresa en mecanismos discursivos que invisibilizan, minimizan o ridiculizan sistemáticamente a una mujer en el ejercicio de su cargo. No se le reconoce como presidenta, se usan diminutivos para restarle legitimidad, o se ridiculizan sus decisiones como improvisadas o falaces.
Aunque parece crítica política, el patrón sistemático de desestimación revela un sesgo de género, porque a los hombres en cargos similares rara vez se les niega el título o se les minimiza de esa forma.
Es violencia simbólica porque erosiona la autoridad de la mujer en razón de su género, debilitando su legitimidad institucional y reforzando la idea de que su poder es menor o provisional.
La frontera entre crítica legítima y violencia política de género está en el foco y en el lenguaje.
La crítica legítima analiza actos y políticas, con argumentos y reconocimiento institucional.
La violencia política de género, en cambio, deslegitima a la mujer en razón de su género, ya sea con ataques explícitos o con mecanismos de invisibilización y ridiculización.
En este sentido, el INE refiere los siguientes criterios que auxiliarán para identificar cuando la violencia política tiene componentes de género:
Cuando la violencia se dirige a una mujer por ser mujer. Es decir, cuando las agresiones están especialmente orientadas en contra de las mujeres por su condición de mujer y por lo que representan en términos simbólicos, bajo concepciones basadas en estereotipos. Incluso, muchas veces el acto se dirige hacia lo que implica lo “femenino” y a los roles que normalmente se asignan a las mujeres.
Cuando la violencia tiene un impacto diferenciado en las mujeres; esto es, a) cuando la acción u omisión afecta a las mujeres de forma diferente que a los hombres o cuyas consecuencias se agravan ante la condición de ser mujer; y/o b) cuando les afecta en forma desproporcionada. Este último elemento se hace cargo de aquellos hechos que afectan a las mujeres en mayor proporción que a los hombres. En ambos casos, habrá que tomar en cuenta las afectaciones que un acto de violencia puede generar en el proyecto de vida de las mujeres.
Reconocer esta diferencia es crucial para dignificar el debate público y garantizar que las mujeres ejerzan sus cargos sin ser objeto de exclusión simbólica o directa, sistemática todos los días.
Para que quede claro compartimos las definiciones de los tres conceptos:
Crítica política
Es el análisis, cuestionamiento o valoración de las decisiones, políticas públicas y acciones de los gobiernos o actores políticos. Se ejerce dentro de la vida democrática y busca señalar errores, inconsistencias o consecuencias de la gestión. Puede ser severa o irónica, pero se centra en los actos de gobierno y se sostiene en argumentos verificables. Su finalidad es exigir rendición de cuentas y mejorar la calidad del debate público.
Violencia de género
Es cualquier acción u omisión que cause daño físico, psicológico, sexual, económico o simbólico a una persona por razón de su género. Se basa en relaciones de poder desiguales y en estereotipos que buscan mantener la subordinación de las mujeres y otras identidades de género. Puede manifestarse en el ámbito familiar, laboral, comunitario o institucional, y abarca desde agresiones directas hasta formas más sutiles de discriminación e invisibilización.
Violencia política de género
Es la acción u omisión, directa o simbólica, que busca menoscabar, anular o impedir el ejercicio de los derechos políticos de las mujeres por razón de su género. Se manifiesta en discursos, prácticas o decisiones que deslegitiman su autoridad, invisibilizan su investidura, las ridiculizan o las excluyen del espacio público. Puede ser explícita, mediante insultos o ataques sexistas, o simbólica, mediante la negación sistemática de su cargo o el uso de lenguaje que minimiza su poder. Su objetivo es obstaculizar la participación plena y en condiciones de igualdad de las mujeres en la política.
Crítica política legítima
- Se centra en decisiones o políticas públicas: cuestionar una medida diplomática, un programa de seguridad, una estrategia económica.
- Usa argumentos verificables: señalar errores, inconsistencias o consecuencias de una acción de gobierno.
- Reconoce el cargo y la investidura: aunque critique duramente, nombra al funcionario por su título (“presidenta”, “gobernador”, “canciller”).
- Aplica el mismo estándar a hombres y mujeres: la crítica es dura, pero no diferenciada por género, como suelen hacerlo en los textos de opinión, donde de un párrafo a otro que aluda a hombres se nota la diferencia.
Violencia política de género
- Niega o invisibiliza el cargo: evita llamarla “presidenta”, usa diminutivos para restarle legitimidad.
- Minimiza su autoridad con sesgo: ridiculiza sus decisiones como producto de improvisación o incapacidad, reforzando estereotipos de incompetencia asociados a mujeres en el poder.
- Aplica un doble rasero: a los hombres se les critica por sus actos, pero a las mujeres se les desestima sistemáticamente en su investidura.
- Lenguaje simbólico de exclusión: frases que reducen su papel a lo anecdótico, lo improvisado, sin reconocer su posición institucional.













