*CON SINGULAR ALEGRÍA.
/ POR GILDA MONTAÑO /
Creer en un solo Dios es contemplar una realidad que trasciende cualquier límite que el intelecto humano pretenda imponerle. Él es el único Originador del Cosmos; la Causa Primera que no conoce principio ni tendrá jamás un final, al permanecer inmutable más allá del tiempo, del espacio y de las dimensiones que habitamos.
Más allá de la materia: Antes de lo que llamamos tiempo o materia, Dios ya era. Él concibió y trajo a la existencia la infinitud del cosmos.
Señor de la cosmología: El estallido inicial del Big Bang no fue un evento fortuito, sino la manifestación de su voluntad creadora desplegando las galaxias. Incluso si el universo avanzara hacia un Big Crunch o una expansión perpetua, la existencia divina no depende de la materia: si todo lo físico colapsara, Dios seguiría siendo absoluto e intocado.
Al intentar comprender la naturaleza de Dios con la mente humana, es tratar de contener el océano en una gota de agua. Nuestra inteligencia, condicionada por el tiempo, el espacio y la lógica finita, no posee la claridad ni la capacidad absoluta para imaginar siquiera la magnitud de quien nos creó. Nos maravillamos ante el brillo de las estrellas y la vastedad del universo, pero estos no son más que un tenue destello de su verdadero ser. Dios no se ajusta a nuestros conceptos: Él simplemente Es.
Creer en un solo Dios, es contemplar una realidad que trasciende cualquier límite que el intelecto humano pretenda imponerle. Él es el único Originador del cosmos, la Causa Primera que no conoce principio ni tendrá jamás un final, permaneciendo inmutable más allá del tiempo, del espacio y de las dimensiones que habitamos.
Existe en la experiencia humana una fascinación primigenia al contemplar la inmensidad de la creación. Al dirigir la mirada hacia el cielo estrellado y perderse en el misterio de las galaxias, el intelecto suele buscar respuestas en fórmulas físicas y teorías cosmológicas. Sin embargo, detrás y más allá de toda mecánica celeste, el alma descubre una certeza absoluta: la existencia de un solo Dios, cuya magnificencia, inteligencia y divinidad trascienden los límites del propio universo.
Concebir la naturaleza de Dios exige reconocer una realidad libre de las ataduras de nuestra realidad temporal. Dios no es un ser que apareció en la historia; es la Causa Primera que no conoce principio ni tendrá jamás un final. Antes de que existieran la materia, el espacio o el tiempo mismo, Él simplemente Es. Él es el único Absoluto que diseñó y trajo a la existencia la infinitud del cosmos, sosteniendo con su inteligencia soberana cada ley matemática y cada energía que gobierna la realidad.
Desde la perspectiva de la cosmología humana, intentamos nombrar y comprender el origen del todo a través del Big Bang, esa gran eclosión de luz y materia que dio forma a las galaxias. No obstante, para la fe y la razón profunda, dicho acontecimiento no es sino el despliegue de su voluntad creadora. De la misma manera, aunque la ciencia especule sobre un colapso final —el llamado Big Crunch— o sobre la muerte térmica del universo, la divinidad permanece intocada. Dios no depende de la materia que creó: aun si las estrellas se apagaran o el cosmos colapsara sobre sí mismo, Él seguirá existiendo en su infinita y eterna plenitud.
El verdadero desafío para el hombre contemporáneo radica en su propia soberbia intelectual. La mente humana, con todas sus conquistas y avances, no posee la claridad ni la capacidad absoluta para aprehender ni de lejos la magnitud del Creador. Pretender comprender o definir a Dios con nuestro entendimiento finito es como intentar medir el océano usando la palma de la mano. Nuestras categorías son limitadas, condicionadas por el tiempo y el espacio; mientras que la divinidad es infinita, incondicionada e insondable.
Creer en un solo Dios no implica encerrar lo divino en un dogma abstracto, sino asumir con humildad la pequeñez de nuestra razón ante el Misterio Supremo. Reconocer su magnificencia no nos empequeñece, sino que nos ubica en el cosmos con un propósito renovado: saber que detrás de la vastedad de las galaxias no hay vacío ni casualidad, sino una Inteligencia Eterna que todo lo sostiene.
Existe en la experiencia humana una fascinación primigenia al contemplar la inmensidad de la creación. Al dirigir la mirada hacia el cielo estrellado y perderse en el misterio de las galaxias, el intelecto suele buscar respuestas en fórmulas físicas o en la razón pura. Sin embargo, en el fondo de toda búsqueda profunda, surge una pregunta trascendental: ¿por qué nos resulta tan difícil creer y comprender la existencia de un Dios supremo, todopoderoso y eterno?
La respuesta reside en nuestra propia condición. La mente humana, condicionada por lo finito, por el tiempo que corre y los límites del espacio, intenta a menudo reducir a Dios a una escala que pueda controlar o medir. Queremos comprender lo Absoluto con razonamientos incompletos. Nos cuesta trabajo aceptar una Inteligencia que no tuvo principio ni tendrá final; un Creador que desplegó la materia en el Big Bang, que gobierna la vastedad del Universo y que seguirá existiendo incólume, aun si el cosmos colapsara en un Big Crunch. Nuestra falta de claridad e incapacidad para imaginar quién es Dios, no anula su existencia, sino que evidencia la pequeñez de nuestro intelecto, ante su infinita magnificencia.
Creer en este Dios supremo, exige dar un paso más allá del simple asombro ante el universo. Y es ahí donde el misterio se vuelve aún más deslumbrante y complejo para el pensamiento humano: ¿cómo es posible que el Señor de las galaxias sea también, en verdad, nuestro Padre?
Para la lógica terrenal resulta insondable que el Todopoderoso se vincule con la humanidad desde la paternidad y el amor personal. Más aún, la historia y la fe nos desafían al afirmar que ese mismo Dios eterno e inalcanzable es el Padre de un hombre concreto en la historia: Jesús de Nazaret. Que la Inmensidad Divina se haya manifestado en la finitud de la vida humana a través de Jesús, es un escándalo para la razón soberbia, pero la certeza más profunda, para el alma que busca la verdad. En Nazaret, la distancia entre el Creador del infinito y el ser humano, se acorta para revelarnos que el Absoluto no es un destino lejano e indiferente, sino un Padre cercano.
Reconocer la divinidad de Dios implica asumir con humildad las limitaciones de nuestra mente y alma. No podemos aprehender a Dios porque su claridad no cabe en nuestro entendimiento. Sin embargo, al contemplar la creación y el testimonio histórico de Jesús, descubrimos que la dificultad para entenderlo no debe ser motivo de duda, sino de reverencia. Detrás de cada estrella, de cada galaxia y del palpitar de la propia vida, no hay vacío ni azar, sino la mirada atenta del Creador Supremo y Padre de todos. Amor, luz, bondad y fe.

