¿Dónde está la oposición en México?

*IMPRONTA

/ Carlos Miguel Acosta Bravo /

México vive una paradoja política que debería llamar la atención de analistas, académicos y ciudadanos por igual. Mientras el gobierno de Morena enfrenta desafíos importantes en materia de seguridad, salud, educación, justicia, crecimiento económico y desapariciones, la oposición parece incapaz de capitalizar esos problemas y convertirlos en una alternativa real de poder.

La pregunta resulta inevitable: ¿dónde está la oposición mexicana?

Desde una perspectiva estrictamente política, el principal problema de la oposición no es Morena. Su principal problema es ella misma.

Un gobierno con puntos vulnerables. Ninguna administración es perfecta y la actual no es la excepción. Los problemas en el sistema de salud continúan generando cuestionamientos por el abasto de medicamentos y la atención hospitalaria. La educación aún arrastra secuelas derivadas de la pandemia. La inseguridad sigue siendo una de las principales preocupaciones ciudadanas y el fenómeno de las desapariciones mantiene abiertas heridas profundas en miles de familias mexicanas.

A ello se suma un crecimiento económico que no ha logrado traducirse en bienestar generalizado para amplios sectores de la población y un sistema de justicia que continúa enfrentando cuestionamientos sobre su eficacia y credibilidad.

En el ámbito internacional, las tensiones con Estados Unidos han añadido presión al gobierno mexicano. Las acusaciones, investigaciones y señalamientos sobre presuntos vínculos entre actores políticos y organizaciones criminales han colocado a México bajo una constante lupa internacional, generando interrogantes sobre gobernabilidad, seguridad y combate al crimen organizado.

En cualquier democracia consolidada, un escenario así representaría una oportunidad extraordinaria para la oposición.

Sin embargo, en México sucede exactamente lo contrario.

La oposición critica, pero no convence. La explicación va más allá de los errores gubernamentales. El problema radica en que los partidos opositores no han logrado construir una narrativa capaz de conectar con las preocupaciones y aspiraciones de la mayoría de los ciudadanos.

Durante años han apostado por una estrategia centrada en señalar fallas, denunciar contradicciones y evidenciar errores de Morena. Pero la política moderna no se gana únicamente con críticas.

Los mexicanos no solo quieren saber qué está mal; quieren escuchar quién puede hacerlo mejor y cómo piensa lograrlo.

Ahí es donde la oposición encuentra su mayor debilidad.

Para millones de ciudadanos, particularmente aquellos que respaldaron el cambio político de 2018, los partidos tradicionales siguen cargando el peso de su pasado. Corrupción, privilegios, desigualdad, inseguridad y gobiernos alejados de la realidad social continúan siendo parte de la percepción pública sobre el PRI, el PAN y otras fuerzas opositoras.

Esa herencia política sigue siendo una losa difícil de superar.

La ausencia de liderazgos. Otro factor determinante es la falta de figuras opositoras capaces de generar entusiasmo, movilización y esperanza.

Morena cuenta con una estructura territorial robusta, presencia nacional, gobernadores, alcaldes, legisladores y una narrativa política que sigue conectando con amplios sectores sociales.

En contraste, la oposición luce fragmentada, dividida y sin un liderazgo nacional que articule una visión clara de país.

Mientras Morena marca la agenda pública, la oposición suele reaccionar a ella.

Mientras Morena plantea temas de debate, la oposición responde.

Mientras Morena comunica un proyecto político, la oposición parece concentrada únicamente en cuestionarlo.

Y en política, quien solo reacciona rara vez lidera.

La esperanza sigue siendo el combustible electoral. Existe una lección histórica que la oposición parece haber olvidado: las elecciones no se ganan únicamente administrando el descontento social.

Los ciudadanos votan por quien les ofrece una expectativa de futuro.

Morena llegó al poder en 2018 porque logró representar una esperanza de cambio para millones de personas que estaban cansadas del sistema político tradicional. Más allá de los resultados posteriores, esa narrativa fue suficiente para construir una mayoría electoral.

Hoy la oposición parece concentrada en demostrar por qué Morena se equivoca, pero ha sido incapaz de explicar por qué ella sería mejor.

Y esa diferencia es fundamental.

La verdadera crisis de la democracia mexicana. La democracia necesita gobiernos eficaces, pero también oposiciones fuertes, inteligentes y competitivas. Cuando una oposición no logra representar una alternativa viable, el equilibrio político se debilita.

La paradoja mexicana es que Morena enfrenta desafíos reales en diversos frentes, pero la oposición sigue sin encontrar la forma de convertir esos problemas en una opción política creíble.

Por eso, la pregunta central ya no es si el gobierno está cometiendo errores.

La verdadera pregunta es por qué quienes aspiran a sustituirlo no han logrado convencer a los ciudadanos de que pueden gobernar mejor, y en las regiones que tienen presencia no logran presentar una alternativa confiable. No logran articular propuestas nuevas, inteligentes y viables.

Hasta ahora, la respuesta parece evidente, porque para millones de mexicanos la oposición sigue siendo más visible en la crítica que en la propuesta.

Y mientras eso no cambie, Morena continuará siendo el principal beneficiario de la debilidad de sus adversarios.

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Maestro en Comunicación por la Universidad Iberoamericana. Formó parte  del cuerpo académico de la Licenciatura en Comunicación en esa institución, así como de la Universidad Anáhuac, campús norte.