*CON SINGULAR ALEGRÍA :
/ POR GILDA MONTAÑO /
Ahora que estamos muy tristes viendo cómo perdimos ante Inglaterra, y que los bellos y dulces argentinos se están llevando todos los juegos de este mundial, así porque sí, me encuentro un texto que elaboré hace ya muchos años, que creo que vale la pena de verdad. Se trata de todos los migrantes que han venido a México. A esta tierra que ahora está mandando a Estados Unidos a personas de verdad honestas y trabajadoras, que están haciendo todo lo que pueden por salir adelante. A uno de ellos lo mataron los de ICE la semana pasada, y eso de verdad que duele mucho. Les comento esto:
En 1859, tres potencias europeas -España, Francia e Inglaterra-, iniciaron una expedición de invasión conjunta al país, ocupando puertos nacionales por varios meses; después de una serie de arreglos económicos, se retiraron España e Inglaterra, pero permaneció Francia, que inició su intervención en México, al establecer el imperio de Maximiliano.
La etapa del porfiriato representa el momento en que se establecen las bases del desarrollo capitalista, la construcción de vías férreas, de puertos, la modernización de la incipiente industria de la agricultura, la explotación de recursos naturales y de otra serie de bienes que requerían de financiamiento y técnica, pero principalmente de fuerza capacitada. Para lograr todo esto fue necesario que las dos últimas décadas del siglo xix se convirtieran en la época en que la inmigración procedente de Europa: sobre todo ingleses, franceses, e italianos, adquiriera cierta continuidad.
En forma paralela al establecimiento de estos grupos, se presentaron otras inmigraciones, como las de israelitas, libaneses y chinos que completarían las actividades industriales y agrícolas. En el plano comercial, los primeros actuarían fundamentalmente, como peones y los segundos como jornaleros.
“La dinámica del desarrollo del país hizo que los judíos superaran las actividades meramente comerciales hasta abarcar las de mediana industria y posteriormente la gran industria. Los chinos dejaron de ser jornaleros agrícolas y se transformaron en comerciantes urbanos y los inmigrantes europeos fueron desplazados de la industria, la banca, las actividades extractivas y de su papel como terratenientes por las políticas nacionalistas implementadas por los gobiernos postrevolucionarios, comprendidas en nacionalizaciones y aplicación de la reforma agraria”.[1]
“Con motivo de la epidemia de peste bubónica en 1903, el gobierno de México empezó a estudiar la inmigración extranjera, en particular la china y la japonesa, la cual aumentaba notablemente en el Pacífico norte al ser rechazada en Estados Unidos. Mientras los turcos invadían el Pacífico sur y la porción meridional del Golfo de México, los orientales que directa y clandestinamente llegaban de Asia, se internaban a México por Guatemala y Chiapas”.
“La ilusión porfirista que sostenía la necesidad de una caudalosa inmigración extranjera nació de una doble creencia: los enormes y fácilmente aprovechables recursos naturales del país y una población nativa insuficiente en número y calidad.
“Álvaro Obregón declaró en 1920 que México era al mismo tiempo ‘uno de los países más ricos de la tierra’ y de los ‘que tiene menos habitantes’ y sobre todo más analfabetas y más miserables. El remedio a esa paradoja era que el capital extranjero desarrollara ‘todas nuestras riquezas’.
“Pese a su escasa población, … -dice Ramón Beteta-, dada su heterogeneidad etnológica, México debería recibir cuidadosamente a la inmigración extranjera, impidiendo, como lo hacía el gobierno de Cárdenas, la entrada de ciertos extranjeros que despreciaban a las razas no blancas”.[2]
“Complementaria de la creencia porfirista en los grandes recursos naturales del país, lo fue la de una población escasa en número y en buenas cualidades. ‘Faltan brazos’, fue el clamor de autoridades y particulares, aunque advirtieran la presencia (en algunos lugares abundante) de una crecida pero, a sus ojos, perezosa población indígena”.
“La élite intelectual miraba al indígena como un lastre, económicamente por su escasa productividad, y físicamente por su fealdad. Por ambas razones era preciso colmar ese vacío con una numerosa inmigración extranjera. Aunque en el porfiriato no faltaron quienes dudaran de esa ilusión, y propusieran la auto colonización como el remedio para el problema demográfico del país, la creencia en la necesidad de la inmigración subsistió durante gran parte de la época contemporánea…”
“La revolución nació con un acentuado carácter nacionalista; la oposición, aún violenta, a los extranjeros fue creciendo con los años, con gran sorpresa de éstos, convencidos como estaban de que México necesitaba de sus brazos y capitales”.
“La Constitución de 1917 trataba con mucha mayor severidad que la de 1857 a los extranjeros, llegaba aún a la arbitrariedad en la facultad de expulsarlos, mientras la constitución liberal limitaba esa facultad a los perniciosos”.
“El reconocimiento del gobierno de Obregón y después el acuerdo Calles-Monrow permitió que los extranjeros en general y en particular los norteamericanos, adquirieran bienes rústicos y urbanos”.
“… Con Cárdenas el cambio de la política demográfica es claro: se confía en el crecimiento natural de la población, aunque éste sea lento, porque si bien es deseable una población densa, más lo es una comunidad


