El Amanecer Después del Sueño

*NEMESIS

/ Fernando Meraz Mejorado /

El mundo entero despertó con la boca seca, como si el grito de gol de la noche anterior aún resonara en sus calles. El sol, balón de fuego, se eleva sobre los estadios vacíos, los sitios privados y públicos donde antier se jugó la final de la Copa Mundial de Fútbol.

México, el país que se convirtió en un mar de olas verdes, rojas y blancas, ahora se encuentra en un silencio sepulcral, como si el dolor de la derrota o la euforia de la victoria aún no se hubieran procesado.

La gente se mueve con lentitud, como si el peso de la emoción aún la oprimiera.
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En las calles, los vendedores de souvenirs, recuerdos y comida rápida se afanan por recoger los restos de la fiesta, como náufragos en un mar de restos de confetti papel picado, envases, botellas de agua y refresco vacías y charolas de plástico desechables.
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La música, que ayer era el latido del corazón de la ciudad, ahora es un eco lejano, un recuerdo de la pasión y la alegría que se vivió.
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En el mundo, la noticia de la Copa Mundial es la protagonista de los titulares, como un tsunami que arrasa con todo a su paso. Los medios de comunicación se desbordan de análisis y comentarios, como si intentaran entender el significado de lo que sucedió en el campo.
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Pero en medio de la euforia y la desilusión, hay algo más: la certeza de que el fútbol es un reflejo de la vida misma, con sus victorias y derrotas, sus alegrías y tristezas. La Copa Mundial es un recordatorio de que, a pesar de nuestras diferencias, somos todos parte de una misma comunidad, unidos por la pasión y la emoción del juego.

Y mientras la ciudad se despierta, el mundo se prepara para seguir la estela de la Copa Mundial, con la esperanza de que el próximo año sea el año de la victoria, o al menos, de la revancha. La pelota sigue rodando, y con ella, la ilusión de millones de personas. – – oOo – –