*Cristal de Roca
/ Escrito por Cecilia Lavalle* /
Mi madre estaba enojada.
«¿Oíste que la presidenta le cambió el apellido?» Se refería a que, en el Grito de Independencia, la presidenta nombró a una de las heroínas de esa guerra con su apellido completo, y no el de casada. Eso levantó cejas e invocó tradiciones. Y muchas aplaudimos.
Josefa Ortiz Téllez-Girón fue una figura clave en la guerra que se libró en el siglo XIX para independizarse de España. No sólo proveyó de recursos económicos a los insurgentes, sino de información.
Sin su participación la historia hubiera sido otra, porque fue ella quien alertó a uno de los cabecillas de la conspiración, de que los planes habían sido descubiertos, lo que obligó a lanzar la lucha armada antes de lo previsto.
Sin embargo, en los libros de historia su participación suele aparecer en cuatro líneas, dos de las cuales señalaban que era esposa de Miguel Domínguez. Por eso se le conoce como Josefa Ortíz de Domínguez.
El asunto del apellido no es cosa menor.
En la historia occidental, en la Edad Media el apellido comenzó a ser patrilineal; es decir, lo imponía el padre; porque, claro, sólo a los hombres les permitían la propiedad de los bienes y del estatus; de modo que, para transmitirlos era importante el apellido.
Las mujeres perdían su apellido tan pronto se casaban. De hecho, hacia el siglo XIX el matrimonio legalizaba la sumisión al marido. Y si había bienes los administraba el marido, porque, por supuesto, legalmente estaba impedida para administrarlos ella.
En las sociedades anglosajonas fue tajante esa pérdida. A una mujer podían nombrarla como “la señora de John Smith”. Ni el nombre importaba (y cosa similar sucede aún ahora, cuando en la invitación a una boda, por ejemplo, se escribe el nombre del señor de la casa y se agrega: “y esposa”).
En México la fórmula fue distinta, porque se usan dos apellidos: el primero del padre y el primero de la madre (que, dicho sea de paso, sigue siendo el del padre). Cuando una mujer contraía matrimonio se conservaba el primer apellido, y se agregaba la precisa preposición “de” antes de colocar el primer apellido de él.
Así, muchas mujeres que pertenecen a la generación de mi madre dejaron de usar sus apellidos y adoptaron el de su esposo. Hasta la fecha a mi mamá la conocen como “señora Lavalle”.
¿Qué pasó entre su generación y la mía?
La necesidad de recuperar nuestra humanidad y de oponernos a ser propiedad de nadie.
El apellido nos permite identificarnos con una familia, con una historia. La pregunta es: ¿por qué tiene que ser la del padre y no la de la madre?
Una vez, mi tío paterno, Luis Felipe Lavalle, me mostraba el árbol genealógico que con paciencia ha ido construyendo. Y cuando pregunté por los apellidos de las mujeres que se casaron con mis ancestros, me dijo: «en general no se sabe, no están registrados, porque en realidad no importaban».
Por eso aplaudo que la presidenta, por primera vez, despojara a doña Josefa de la preposición que marcaba pertenencia a un marido. Porque sí importa.
www.cecilialavalle.com [email protected] @cecilia.lavalle.t
*Periodista de Quintana Roo, feminista e integrante de la Red Internacional de periodistas con visión de género.
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