El desgaste de la periferia

*Paralaje.

/Liébano Sáenz/

En política, las crisis no siempre fracturan de inmediato a una marca. A veces producen algo más lento: modifican la forma en que sus públicos menos convencidos interpretan sus señales. El caso Rocha Moya pertenece a esa categoría. No parece haber lastimado el núcleo duro de Morena, pero sí abrió una grieta en quienes acompañan al proyecto sin estar identificados con él.

Mediáticamente, el caso opera en tres planos. El primero es judicial: funcionarios cercanos a un gobierno morenista aparecen vinculados a investigaciones fuera del país. El segundo es institucional: la respuesta oficial busca encuadrar el episodio como responsabilidad individual. El tercero es comunicacional: la opinión pública decide si esa explicación clausura la historia o confirma dudas sobre mando, control y complicidades.

Ahí está el punto estratégico. Morena construyó su fuerza no sólo sobre beneficios sociales tangibles, sino sobre una superioridad moral repetida durante años bajo la consigna de que “no somos iguales”. Cuando una coyuntura toca ese principio, el daño no se mide únicamente en votos; se mide en disposición a creer, defender y conceder el beneficio de la duda.

En el núcleo duro, la crisis suele procesarse desde la identidad. En la periferia, en cambio, se interpreta desde la utilidad y la confianza. Esa periferia no se vuelve necesariamente opositora, pero deja de conceder automáticamente. Cuestiona más, observa si la autoridad conserva control y evalúa si la explicación resulta suficiente. En comunicación política, esa transición es decisiva: cuando la adhesión deja de ser automática, la marca conserva volumen, pero pierde elasticidad.