Foto: © Freepick Naciones Unidas.
Serie especial. Autismo y humanidad: toda vida tiene valor
Campeche, México. Durante muchos años, Patricia Alejandra Rivera sintió que había algo “mal” en ella. No entendía por qué ciertas interacciones sociales la agotaban, por qué algunas tareas que parecían sencillas para otras personas le resultaban inmensamente complejas, ni por qué sentía que debía esforzarse el doble para encajar.
A los 35 años, descubrir que era una mujer autista transformó su vida de una forma que nunca imaginó. “Fue profundamente liberador. Dejé de sentir culpa por ser diferente.”
El diagnóstico tardío no solo trajo claridad: le ofreció un marco para comprender su historia y un lenguaje para nombrar lo que había vivido desde la niñez. “Mis dificultades no eran falta de esfuerzo ni desinterés. Era mi forma de percibir y procesar el mundo.”
Si pudiera volver atrás, le habría gustado que su familia y sus maestros lo supieran: que la paciencia, el acompañamiento y la comprensión habrían cambiado profundamente su experiencia escolar.
Ser una mujer con autismo: vivir desde la autenticidad
Para Patricia, saber que es una persona con autismo le permitió vivir desde un lugar nuevo: la autenticidad. Aceptar su identidad neurodivergente significó reconciliarse con su forma de pensar y sentir. “Mi manera de vivir el mundo es distinta, sí, pero no es negativa. Mi diferencia no es una falla.”
A pesar de mayores conversaciones públicas sobre neurodiversidad, aún identifica malentendidos comunes: creer que las personas con autismo no sienten empatía, que son “raras” o que necesariamente presentan un déficit intelectual. Su experiencia desmiente esos estereotipos.
“Dentro del espectro hay una diversidad enorme. Muchas personas autistas tenemos habilidades profundas y formas de pensamiento que pueden aportar mucho a la sociedad cuando se nos entiende.”
Patricia cuenta con una maestría en Psicología Clínica.

Los retos invisibles y los apoyos que sostienen
Aunque el aprendizaje académico no fue su mayor desafío, las reglas sociales implícitas sí lo fueron. El lenguaje no verbal, los matices emocionales y las dinámicas sociales cambiantes representaron retos cotidianos desde muy joven.
El apoyo más valioso llegó de personas que se relacionaron desde la empatía: “Las que intentan comprender antes de juzgar. Las que saben que comunicarme distinto no significa desinterés.”
Esas presencias han sido claves en su vida escolar, laboral y personal.
Inclusión aún en construcción: avances y deudas pendientes
Aunque Patricia reconoce un interés creciente por la neurodiversidad, subraya que la inclusión plena sigue siendo un proceso en desarrollo, en México y en muchos otros países. Observa avances importantes, pero también brechas que persisten en los espacios laborales, en el acceso a apoyos especializados y en la escucha activa de las propias personas autistas.
Su visión coincide con los estándares de Naciones Unidas, que instan a los Estados Miembros a garantizar ajustes razonables, ampliar los servicios de apoyo y asegurar la participación efectiva de las personas con autismo en la formulación de políticas públicas, conforme a la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad y la Estrategia de Inclusión de la Discapacidad de la ONU.
Para Patricia, avanzar hacia una sociedad verdaderamente inclusiva implica formar profesionales con perspectiva de derechos, consolidar marcos laborales que reconozcan plenamente a las personas autistas como sujetos de derecho y abrir espacios donde su voz sea central.
Como recuerda ONU Mujeres, las mujeres y niñas con discapacidad siguen enfrentando múltiples e interrelacionadas formas de discriminación, que van desde un mayor riesgo de violencia y barreras para acceder a salud y educación de calidad, hasta limitaciones para participar en espacios de decisión. Por ello, la inclusión no puede quedarse en el discurso: requiere acciones sostenidas que protejan la dignidad, garanticen la igualdad y reconozcan que nada sobre nosotras sin nosotras es más que un lema—es un principio de justicia.
Un mensaje para las familias: el diagnóstico no es un límite, es una herramienta
Si pudiera hablar con madres y padres que acaban de recibir un diagnóstico para su hija o hijo, Patricia sería clara: “El diagnóstico no define sus límites.”
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Para ella, el autismo es una forma de ser, no un destino cerrado. Con los apoyos adecuados, una persona con autismo puede construir una vida plena, desarrollar talentos y encontrar formas propias de felicidad. “El diagnóstico puede ayudarles a comprender a su hija o hijo, acompañarle mejor y apoyarle a desplegar todo su potencial.”
Y añade algo esencial: “Las personas autistas también aprendemos, también aportamos, también creamos nuestro camino.”<
Autismo y humanidad: toda vida tiene valor
La voz de Patricia no solo desmonta estereotipos: abre una ventana hacia una forma distinta de existir en el mundo. Su testimonio revela lo que Naciones Unidas recuerda este 2026 con claridad: toda vida tiene valor, no por ajustarse a expectativas ajenas, sino por su dignidad inherente.
Su recorrido —del silencio impuesto a la claridad, de la culpa a la autenticidad— refleja el despertar de miles de mujeres autistas que durante años no fueron vistas ni nombradas. Hoy, al reconocerse y al reclamar un lugar propio, Patricia no solo cuenta su historia: abre un camino. Un camino para que otras puedan decir “aquí estoy” sin disculparse, para que la sociedad aprenda a comprender antes que juzgar y para que la inclusión deje de ser promesa y se convierta en práctica.
Porque, como ella misma afirma, “mi forma de ser no es una falla: es una manera válida de habitar el mundo”. Y reconocer la validez de todas las formas de habitarlo es, al final, el acto más profundo de humanidad compartida.
Naciones Unidas












