*Mis proyecciones en el espejo
/ Por: Paula Roca /
Había una vez una mujer que cargaba el corazón roto entre las manos, aunque sonriera como si nada pasara.
Vivía atrapada entre batallas familiares, traiciones y heridas que nadie veía.
Y justo cuando pensaba que el mundo se había vuelto un lugar frío, apareció alguien inesperado.
No llegó montado en un caballo blanco.
Llegó en forma de una llamada telefónica y de viejos recuerdos de juventud.
Ella jamás imaginó que aquel vecino de la colonia, en esa ciudad pequeña donde nadie necesita presentarse porque todos creen conocerse de toda la vida, ese hombre al que apenas soportaba cuando lo veía pasar por su calle, terminaría convirtiéndose en el refugio de sus noches más oscuras.
Empezaron a hablar con más frecuencia, hasta que se volvió habitual que, al caer la noche, el teléfono sonara y aquella llamada durara horas. Pasaron los días y los meses y, sin darse cuenta, comenzaron a reconocerse desde el alma.
Él la escuchaba.
La cuidaba.
La hacía sentir segura mientras el mundo alrededor de ella parecía derrumbarse.
Hasta que apareció el dragón.
No era un dragón enorme que escupía fuego frente a todos.
No.
Los más peligrosos son los que aprenden a disfrazarse de amigos.
Vivía cerca de él.
Comía en su mesa.
Escuchaba sus secretos.
Y mientras fingía abrazarlo como a un hermano, sembraba veneno lentamente.
El dragón le susurraba a la mujer:
—“No te conviene…”
—“¿Qué haces con alguien así?”
—“Es un hombre que no sabe lo que quiere…”
—“¿Qué le viste?”
—“Se desespera contigo…”
Y luego regresaba con el hombre fingiendo lealtad, inventando historias y sembrando dudas silenciosas.
La mujer luchó contra ese fuego invisible.
Calló muchas veces para no destruir los afectos de quien amaba.
Porque entendía lo doloroso que es descubrir que alguien en quien confías no siempre es quien aparenta ser.
Pero el veneno hace efecto cuando entra todos los días en pequeñas dosis, y así comenzó el desgaste.
Hasta que un día ella habló, sin saber que eso le costaría su paz.
Pensó que el amor sería suficiente para apagar aquel fuego lleno de veneno y rumores.
Pensó que bastaría con mirarse a los ojos para vencer al dragón.
Pero no ocurrió.
El hombre prefirió escuchar el rugido del monstruo, creerle a ese fuego tóxico antes que a la voz de la mujer que lo amaba de verdad.
Y así, el dragón ganó.
No porque dijera la verdad…
sino porque supo sembrar dudas.
Y ella entendió, demasiado tarde, que cuando el ruido ajeno y el veneno de otros entran en una relación, todo puede derrumbarse.
Porque hay personas que miran con los ojos del miedo, del orgullo o de la confusión…
y olvidan mirar con los ojos del alma.
Y ni la torre más alta del castillo soporta los vientos cuando a esos aires oscuros se les deja entrar por la ventana.
Lo más triste es que no hubo final feliz.
El verdadero manipulador ganó, escondido detrás de una máscara de lealtad, mientras su voz arrastraba ecos de sus propias miserias, de excesos incapaces de sostenerse y de palabras que, aunque hoy parezcan añejas, siguen dejando huella.
A veces el amor no se acaba por falta de interés o de conexión, sino por hacerle caso a esas voces ajenas que aplauden y aprueban el final infeliz de una relación que, para ellos, era solo una más.


