El ocaso del Clan Yunes: cuando el poder pierde credibilidad .

*Astrolabio Político. 

/ Por: Luis Ramírez Baqueiro /

“La confianza es madre del descuido”. – Baltasar Gracián.

En política, perder elecciones puede ser un tropiezo; perder credibilidad es una sentencia. Y eso es exactamente lo que hoy enfrenta el grupo encabezado por Miguel Ángel Yunes Linares: no una crisis coyuntural, sino un desgaste profundo que los coloca en una zona de irrelevancia política cada vez más evidente.

Durante años, el llamado Clan Yunes construyó una narrativa de poder basada en la confrontación, el control territorial y una operación política eficaz. Supieron leer el momento, capitalizar el descontento social y posicionarse como una alternativa con músculo. Pero confundieron influencia con permanencia, y ahí comenzó el deterioro.

Hoy el problema no radica únicamente en los señalamientos que orbitan en su entorno —como las versiones sobre posibles investigaciones financieras en el extranjero—, sino en algo más delicado: la percepción pública ya cambió. En política, la percepción no es accesorio, es sustancia. Y cuando un grupo político queda atrapado en la sospecha permanente, la defensa deja de ser efectiva, incluso si existen argumentos legales de por medio.

El punto de quiebre no fue una acusación, sino una decisión política. El voto de Miguel Ángel Yunes Márquez a favor de la reforma judicial marcó un antes y un después. Ese movimiento, que pretendía ser estratégico, terminó por desdibujar su identidad política. Apostaron a mantener interlocución con todos, y terminaron sin pertenecer a nadie.

El resultado fue inmediato y brutal: el Partido Acción Nacional los expulsó de su narrativa histórica, mientras que Morena nunca los integró como propios. En el imaginario colectivo, la etiqueta fue clara y difícil de revertir: traición.

Y en política, la traición tiene un costo más alto que la derrota. Porque no solo erosiona la confianza externa, también desarticula las lealtades internas.

Hoy, el silencio que rodea al grupo es más elocuente que cualquier discurso. No hay operadores que salgan a defenderlos, ni estructuras que los respalden, ni bases que los reivindiquen. La ausencia de voces en su favor no es casualidad: es el síntoma más claro de su pérdida de valor político.

El poder que alguna vez ejercieron también ha mutado. Ya no intimidan, ya no condicionan, ya no marcan agenda. Y en un sistema político como el mexicano, donde el poder es eminentemente pragmático, dejar de ser útil equivale a dejar de existir.

Lo que ocurre con el Clan Yunes no es una caída estrepitosa, sino un desgaste progresivo, una erosión que se acumula hasta volverse irreversible. Carecen hoy de narrativa, de estructura y, sobre todo, de legitimidad.

El problema de fondo no es jurídico, es político. No se trata de lo que puedan probar o desmentir, sino de lo que la gente ya decidió creer.

Y cuando la credibilidad se pierde, no hay operación que la reconstruya en el corto plazo.

Más que una crisis, lo que se observa es el cierre de un ciclo. Un grupo que dominó durante años una parte importante de la vida pública veracruzana hoy enfrenta su momento más complejo: el de la irrelevancia.

Porque en política, al final, no desapareces cuando te derrotan.

Desapareces cuando dejas de importar.

 Al tiempo.

 

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