*Alguien como tú.
/Gladys Pérez Maldonado./
Hay una verdad incómoda que México prefiere no mirar de frente: la economía nacional funciona gracias al trabajo invisible de millones de mujeres que cuidan, cocinan, limpian, educan y sostienen la vida cotidiana sin recibir salario, reconocimiento ni derechos. Mientras se discuten reformas económicas, inversión extranjera o crecimiento del PIB, existe una enorme actividad productiva que ocurre dentro de los hogares y que, paradójicamente, casi nunca aparece en el centro del debate público.
Sin embargo, las cifras son contundentes. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado en México tiene un valor económico cercano a 8 billones de pesos, lo que equivale aproximadamente al 26.3 % del Producto Interno Bruto del país. En otras palabras, si estas actividades se pagaran, constituirían uno de los sectores más grandes de la economía nacional.
Pero el dato más revelador es quién sostiene ese trabajo: las mujeres aportan alrededor del 72.6 % de ese valor, mientras que los hombres contribuyen apenas con el 27.4 %. Esto significa que las labores domésticas y de cuidado realizadas por mujeres generan 2.7 veces más valor económico que las realizadas por los hombres.
La desigualdad no solo se mide en dinero, sino también en tiempo. Según la Encuesta Nacional sobre el Uso del Tiempo (ENUT), las mujeres destinan 41.8 horas semanales al trabajo no remunerado, más del doble que los hombres, quienes dedican aproximadamente 20.2 horas.
Ese tiempo tiene consecuencias. Cada hora dedicada al cuidado es una hora que muchas mujeres no pueden invertir en educación, empleo formal, descanso o participación pública. Por eso, en México la participación laboral femenina sigue siendo significativamente menor que la de los hombres. El cuidado, en la práctica, funciona como una frontera invisible que limita el desarrollo económico de millones de mujeres.
Lo más paradójico es que la sociedad ha logrado normalizar esta desigualdad. Durante generaciones se repitió la idea de que las mujeres cuidan porque así lo dicta su naturaleza, porque tienen mayor sensibilidad o porque el hogar es su espacio natural. Pero esa narrativa romántica es, en realidad, una construcción cultural que ha permitido que el Estado, el mercado y muchas veces los propios hombres se desentiendan de una responsabilidad colectiva.
Porque el cuidado no es un asunto privado. Es la infraestructura social que permite que todo lo demás funcione. Un trabajador puede salir a su empleo porque alguien cuidó de sus hijos e hijas. Un estudiante puede asistir a la escuela porque alguien organizó su vida cotidiana. Una persona mayor puede vivir con dignidad porque alguien le acompaña. Esa red de cuidados sostiene la vida social, pero sigue siendo tratada como si fuera una obligación individual de las mujeres.
El problema no es que las mujeres cuiden. El problema es que la sociedad haya decidido que deben hacerlo casi solas.
Mientras esa lógica no cambie, la igualdad seguirá siendo un discurso incompleto. Porque ningún país puede hablar seriamente de justicia social mientras la base de su organización económica descansa sobre el trabajo gratuito de millones de mujeres.
México enfrenta hoy un dilema estructural, reconocer el cuidado como un derecho y una responsabilidad colectiva o continuar reproduciendo un modelo donde el bienestar social se sostiene gracias al tiempo invisible de las mujeres.
La pregunta ya no es si las mujeres seguirán cuidando. La verdadera pregunta es cuánto tiempo más el país seguirá funcionando gracias a su trabajo sin reconocerlo.
Porque mientras las cifras sigan mostrando que casi tres cuartas partes del cuidado recaen sobre ellas, lo que existe no es una división del trabajo: es una deuda histórica…













