El peso del poder y la ley del Gatopardo

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/ Fernando Meraz Mejorado /

Todo parece confirmar que la presidenta Sheinbaum se erige como baluarte de quienes la voz pública señala con reproche: Rubén Rocha Moya, Adán Augusto López, los hijos y parientes del exmandatario López Obrador, y toda esa cohorte de allegados que operan a la sombra del poder. A la vista de las instituciones de justicia, se pasean por el mundo con la desenvoltura de quien se sabe intocable, gastando fortunas brotadas de negocios tejidos al amparo de la influencia que hoy se administra desde Palacio Nacional.

Sobre todos ellos gravita una carga pesada: el rastro de fraudes, entramados oscuros y, aún más sombrío, el eco de homicidios que silenciaron a aliados que “sabían demasiado” —voces que se volvieron incómodas para el círculo más íntimo, ese núcleo rojo donde se decide qué se cuenta y qué se borra.

Y así, una vez más, México confirma la vigencia eterna de la verdad de Giovanni Lampedusa, aquella sentencia de El Gatopardo que resuena como veredicto: “Que todo cambie para que todo siga igual”. Se mueven las formas, se renueva el escenario, pero las estructuras de protección y privilegio permanecen intactas, como rocas que resisten la corriente bajo la apariencia de un río que fluye distinto