*NEMESIS
/Fernando Meraz Mejorado /
Recibir un Premio Nacional de Periodismo es sentir que la palabra ha cumplido su destino . No es solo una medalla o un diploma: es el reconocimiento de que la pluma del periodista no se quedó en el aire, sino que horadó en la tierra, dio voz a los silenciados y sostuvo la memoria del pueblo. Es saber que “la verdad no tiene dueño, pero sí quien la defiende”.
Es pasar de ser quien cuenta historias a ser parte de esa gran geografía humana donde el periodismo es “el pan de cada día de la conciencia”.
Entregarlo es sembrar confianza en la palabra compartida . Es mirar a quien lo recibe y reconocer en sus ojos la misma sed: la de narrar el mundo sin máscaras, con la fuerza de quien “no escribe para ser leído, sino para que algo cambie”. Es celebrar que el periodismo sigue siendo esa herramienta viva, tan elemental como el agua o la tierra: una luz que alumbra las sombras del poder y abraza lo pequeño y lo inmenso a la vez.
Ambos actos llevan un mismo compromiso: mantener la palabra libre, honesta y cálida . Como Neruda enseñó, el periodista también es un “poeta de la realidad”: no inventa, pero descubre la belleza y la dignidad ocultas en lo cotidiano, en el dolor, en la esperanza. Recibir es gratitud; entregar es fe —ambos son promesa de seguir contando, de seguir viviendo en el lenguaje que une con una cadena de amor y humanismo.


