El presidente ha perdido la batalla mediática

En ZONA POLITEiA, el autor de la columna, César Velázquez Robles da cuenta de día a día el traje del rey desnudo va cayendo, cayendo, cayendo…

“La relación de López Obrador con los medios –nacionales e internacionales— siempre ha sido rocosa. Lo fue en su etapa de líder opositor, y lo es ahora desde el poder. En aquélla se entiende: le irritaba una prensa a su juicio poco independiente, casi siempre al servicio del poder político. Con el cambio de las coordenadas del poder, le sigue irritando, le exaspera, le incomoda, le provoca enojo. Porque según él, ahora esa prensa está al servicio de la mafia, de los fifís, de los conservadores. La prensa no tiene remedio. En eso coinciden con él sus seguidores más fanáticos, los fundamentalistas. Pero estos medios, al menos en el caso de México, que sirvieron al poder hasta la abyección en la etapa del autoritarismo dorado del priismo, empezaron a experimentar profundos cambios desde los años 80 del siglo pasado y fueron motor e impulso del proceso de transición a la democracia.

Los vientos del cambio llegaron primero a la radio –el ejercicio de la crítica se volvió un buen negocio para los dueños–, de ahí dio el salto a la prensa escrita y luego pasó a la televisión. Se convirtieron en amplificadores de la democracia, animaron el debate y la conversación pública, elevando la calidad de nuestra deliberación colectiva. Ese fue el aporte a la vida democrática del país que tenemos que reconocerles. Hoy lo que se advierte en el ámbito de los medios es una pluralidad enriquecedora: son voces polifónicas que mucho tenemos que agradecer frente al tono monocorde del pasado que empobreció nuestra vida colectiva. Hoy, para desgracia de la vida democrática, existen figuras que desearían que volviéramos no al pasado priista, sino a una época todavía más remota: al México de los caudillos, al México autoritario donde una persona decidía el destino de todos.

Nuestro “liberal” presidente, tan afecto a citar a Juárez, debería recordar siempre aquella expresión del benemérito: “la emisión de las ideas por la prensa debe ser tan libre como es libre en el hombre la facultad de pensar”. Pero ocurre que no: es refractario a la crítica, tiene una cruzada permanente a través de sus mañaneras contra intelectuales que tienen un espacio en los medios para expresar con libertad sus opiniones. Le enferman las posiciones políticas de Enrique Krauze, Héctor Aguilar Camín, Guillermo Sheridan, Gabriel Zaid y muchos otros, simplemente y sencillamente por el hecho de no comulgar con sus dogmas. Otros articulistas y columnistas han tenido que salir de los medios o limitar su presencia para impedir que la ira de palacio se abata sobre ellos.

Pero con la prensa internacional no ha podido. Ahí sí que ha perdido la batalla. Medios estadounidenses como The New York, The Washington Post y el Wall Street Journal, con frecuencia someten a escrutinio el quehacer y los decires presidenciales, y lo hacen sin concesiones. En efecto, el presidente ha perdido la batalla mediática. Pero las críticas más recientes, sí que han puesto de muy mal humor al presidente. La portada de The Economist de hace una semana, con su portada señalando a López Obrador como el falso mesías de México, colmó el vaso de su indignación. Lanzó su ofensiva contra la revista que con frecuencia expresa el estado de las élites en el panorama global, acusándola hasta de lo que se iba a morir. Pero como su fuerza no llega más allá de las fronteras nacionales –lo que está bien: a él le gustan las sociedades cerradas, cuasi-autárquicas, sin interferencias del exterior, la no intervención y la libre autodeterminación de los pueblos, pues–, no le ha quedado más que apechugar.

Ah, pero la cosa no quedó ahí. Este martes, Le Monde, el diario francés de referencia, a través de su corresponsal en México, lanzó una abierta crítica a lo que llamó el hiperpresidencialismo mexicano. El miércoles le tocó el turno al diario alemán Die Welt, que se refiere a la “locura mesiánica” de restauración autoritaria que está en curso en nuestro país. Realmente, no hay nada que no se haya dicho en México en casi todos los tonos, y quizá lo que moleste más sea la imposibilidad de acallar voces que se salen de la esfera del control autoritario”.

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