El secuestro, robo del aliento

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/ Fernando Meraz Mejorado /

El secuestro no es solo un hecho criminal, es el secuestro mismo de la vida humana — como si alguien arrancara de golpe la rama donde descansa el destino de una persona, cortando el hilo que une el hogar, el trabajo, el abrazo cotidiano. Son seres que han convertido la angustia ajenas en moneda, que hacen del miedo su comercio: toman un nombre, una sonrisa, un camino hacia casa y lo encierran en la sombra, apagando la luz que ilumina a toda una comunidad.
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La familia espera: cada minuto es una gota que cae en el vacío; cada llamada pendiente es un nudo en la garganta. Los amigos, los compañeros de trabajo o estudio, sienten que también les quitaron un pedazo del mundo: el espacio que esa persona ocupaba queda hueco, como una silla vacía en la mesa, como una voz que ya no responde. Es la desolación que se extiende por barrios, por pueblos, por ciudades: el miedo de que el camino de regreso ya no sea seguro, de que la libertad se vuelva un bien frágil, casi prestado.
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Quienes ejercen esta sevicia olvidan que el ser humano no es mercancía: no se negocia, no se encierra, no se usa para obtener ganancias. Es una herida abierta en el tejido social: la confianza se deshilacha, la tranquilidad se marchita como una flor sin agua. Por eso urge acotar este mal, no solo perseguir a quienes lo cometen, sino restaurar el sentido de justicia, proteger a las víctimas y recordar que la vida humana es el bien más sagrado que poseemos — y que nadie tiene derecho a arrebatárnosla ni a secuestrar su libertad, su tiempo ni su esperanza.
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Es el grito silencioso de quienes esperan: que la justicia llegue pronto, que el secuestro no siga siendo un camino de sustento para nadie, y que la dignidad humana vuelva a ser el muro que nos proteja a todos.