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/ Adela Ramírez /
Sentada en una banca del histórico zócalo poblano, observé una escena que me dejó pensando. Cinco personas estaban frente a un atardecer extraordinario. Ninguna lo contemplaba. Todas intentaban capturarlo con el teléfono.
Me inquietó una pregunta: ¿cuándo fue la última vez que admiramos algo sin sentir la necesidad de publicarlo?
Y, tal vez la respuesta no tenga que ver con la tecnología, sino con el ego.
Vivimos en una época que nos invita a ser protagonistas permanentes. Fotografiamos lo que comemos, contamos lo que pensamos, medimos nuestra popularidad con números y convertimos la experiencia en evidencia. Como si algo que no aparece en redes sociales, simplemente no ocurrió.
El problema es que el ego habla muy fuerte. Y cuando el ego no deja de hablar, la belleza deja de escucharse y admirarse.
Los filósofos llevan siglos reflexionando sobre ello. Arthur Schopenhauer sostenía que el arte tiene una capacidad extraordinaria: suspender, aunque sea por unos minutos, nuestros deseos, preocupaciones y ambiciones. Frente a una gran obra dejamos de pensar en la cuenta pendiente, en el correo sin responder o en el comentario que alguien hizo sobre nosotros. Durante ese instante dejamos de ser el centro del universo.
Ese momento tiene incluso una explicación científica.
Los neurocientíficos han identificado una red cerebral conocida como Default Mode Network o red neuronal por defecto. Es la responsable de buena parte de nuestro diálogo interno: recordar el pasado, imaginar el futuro, preocuparnos y, sobre todo, pensar constantemente en nosotros mismos. Diversas investigaciones han mostrado que las experiencias profundas de contemplación, ya sea frente a una obra de arte, un paisaje o durante estados de asombro, reducen temporalmente la actividad de esa red.
Por unos instantes, el cerebro deja de girar alrededor del “yo” y se abre por completo a lo que tiene enfrente.
En otras palabras, el arte nos hace descansar de nosotros mismos y esto, no es poca cosa.
El psicólogo Dacher Keltner, uno de los mayores investigadores sobre el asombro, ha encontrado que esa emoción no solo nos hace sentir bien; también disminuye el egocentrismo, fortalece la empatía, favorece la cooperación e incluso modifica nuestra percepción del tiempo. Cuando experimentamos auténtico asombro, el mundo se vuelve más grande… y nosotros dejamos de ocupar tanto espacio.
Por ello, un museo puede ser más revolucionario que una pantalla.
No porque las redes sociales sean el enemigo. Sería demasiado fácil culparlas. El verdadero problema aparece cuando confundimos estimulación con admiración.
Hay una enorme diferencia entre deslizar el dedo cien veces sobre una pantalla y permanecer cinco minutos frente a un cuadro. Entre escuchar quince segundos de una canción diseñada para atraparnos de inmediato y regalarle cuarenta minutos a una sinfonía. Entre fotografiar un bosque y detenernos a escuchar cómo se mueve con el viento.
El algoritmo necesita que nunca dejemos de mirar.
El arte necesita exactamente lo contrario: que por fin aprendamos a observar.
La filósofa Simone Weil escribió: “La atención, llevada a su grado más alto, es la misma oración.” No hablaba solamente de religión. Hablaba de esa rara capacidad de estar completamente presentes, sin distraernos, sin consumir, sin correr hacia el siguiente estímulo.
Tal vez por eso hemos dejado de sorprendernos con cosas que durante miles de años maravillaron a la humanidad. Un colibrí suspendido en el aire. La geometría perfecta de un girasol. La paciencia con la que una araña construye su tela. El sonido de la lluvia golpeando una ventana. La sombra de un árbol moviéndose lentamente sobre una pared.
Nada de eso necesita filtros, solo atención.
Rachel Carson, pionera del ambientalismo moderno, escribió: “Si un niño ha de conservar vivo su sentido innato del asombro, necesita la compañía de al menos un adulto que pueda compartirlo.” La pregunta incómoda es si nosotros aún conservamos ese asombro.
Porque nadie puede transmitir lo que ha dejado de sentir.
Tal vez el arte nunca tuvo la misión de decorar museos ni de alcanzar precios millonarios en las subastas. Creo que una de sus funciones principales es recordarnos que existe un lugar donde el ego deja de dirigir la conversación.
Un lugar donde no importa cuántos seguidores tenemos, cuánto dinero ganamos o cuántos “me gusta” recibimos.
Un lugar donde, por un instante, dejamos de preguntarnos quiénes somos para volver a preguntarnos qué estamos viendo y sentir, simplemente sentir el momento para guardarlo sin tener que tomar el “testigo” de ese instante tan único e irrepetible que morirá con nosotros.


