El silencio y la tormenta: la crisis que no se nombra

*NEMESIS.

/Fernando Meraz Mejorado/

Se ha extendido un fenómeno revelador: quienes antes llenaban el espacio público con sus voces hoy se refugian en el murmullo de un podcast, como si ese ruido menor pudiera apagar el estruendo que crece bajo tierra. Hay un silencio calculado, un manto de niebla que se tiende con esmero sobre realidades sombrías, mientras el país enfrenta su crisis de gobernanza más profunda desde que este proyecto llegó al poder.

En el norte, Sinaloa aparece como un territorio cuya soberanía ha sido devorada por una sombra: se habla de una captura del Estado no como figura retórica, sino como realidad verificable. Figuras que debieran encarnar la autoridad —el gobernador Rocha Moya, el senador Inzunza, junto con Adán Augusto— parecen haberse desvanecido del escenario público. No gobiernan, no comparecen: se han replegado a la penumbra, como piezas que se retiran de un tablero donde la partida ya está perdida.

En Baja California, el drama se tiñe de urgencia. La gobernadora Marina del Pilar se halla rodeada de audios y señalamientos que la vinculan con delitos graves, y busca ante el FBI un refugio desesperado: ofrece cuanto sea necesario a cambio de protección frente a una extradición que amenaza con arrastrarla. Un síntoma que no miente: cuando su pareja perdió la visa oficial, el matrimonio se disolvió con la rapidez de un nudo cortado a tiempo. Una maniobra fría, calculada, de supervivencia.

Y hacia el centro-norte, Zacatecas tiembla bajo un mensaje brutal. Un cartel recordó los “acuerdos” con una sevicia que hiela la sangre: diez personas, entre ellas funcionarios públicos, fueron asesinadas y sus cuerpos colgados de un puente, como letras de fuego escritas sobre el asfalto. Es una advertencia lanzada al linaje que gobierna: los Monreal saben que el pacto se rompió. Y el país mira, incrédulo, cómo este crimen colectivo se silencia como si fuera un detalle menor.

Pero la contradicción más escandalosa brota del propio sistema: se ha procesado a un exgobernador de oposición por delitos que se imputan igualmente a figuras oficialistas. La balanza se inclina con crueldad: unos, tras las rejas; otros, con los mismos señalamientos, siguen sentados en los escaños legislativos, dictando normas desde la impunidad. Es la justicia convertida en instrumento de un solo filo.

La pregunta, pues, no exige gran ingenio: ¿dónde fijar la mirada? Vivimos la peor tormenta institucional del sexenio. Dejar que el ruido distraiga de este núcleo es ceder terreno sin pelear. No permitamos que el régimen desvíe la conversación hacia lo accesorio cuando lo esencial se desmorona ante nuestros ojos. El foco debe permanecer clavado donde arde el problema.