Fútbol, latido universal

  • NEMESIS.

/ Fernando Meraz Mejorado /

Todo empieza cuando amanece. En las casas, viviendas, departamentos, residencias, el primer pensamiento de la mañana de todo fanático, ya lleva colores: “¿A qué hora jugarán hoy?”, “Ojalá el delantero esté en forma”, “a ver si el portero cumple”. Aunque ver los partidos en el Estadio sea solo ilusión efímera, los corazones de la fanaticada laten al ritmo del fútbol, el café se prepara más rápido, la ropa se elige con cuidado —la camiseta del equipo va primero, aunque no haya partido— y hasta el trayecto al trabajo o la escuela cambia de aires. En el transporte público, las conversaciones ya no son solo sobre el tráfico: se repasan alineaciones, los mayores recuerdan jugadas de hace años y se hacen apuestas amistosas que nadie cobrará, pero que todos defienden con pasión.
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El día avanza dando vueltas, como si en las esferas de los relojes cada hora, minuto o segundo, fueran balones diminutos que rodaran implacables. Este aire no se limita a las metropolis urbanas, sino que ilumina como el sol a zonas campesinas, a ciudades intermedias. El mundo entero rueda siguiendo al esférico. Imposible sustraerse. Restaurantes, oficinas, cafés, talleres mecánicos, escuelas, laboratorios, en todos los sitios posibles…
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Así transcurre el día. A la hora de comer, el fútbol es nuevamente es el tema, en la mesa familiar, tortillerías, o patios, la charla gira alrededor del balón. Una buena noticia levanta el ánimo de toda la jornada; una mala jugada puede hacer que los alimentos se tomen en silencio o se llene de bromas entre familias, amigos. Hasta quienes no juegan o no siguen mucho el deporte terminan metidos: aprenden nombres de jugadores, árbitros, periodistas, celebran los goles por contagio y descubren que hay algo diferente, especial en compartir esa emoción ajena
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Cuando llega la tarde, el ambiente se transforma. Si hay partido, todo se organiza alrededor de él; las tareas se adelantan, las reuniones se ajustan, y las calles van quedando más tranquilas, como si todo el país estuviera en espera del silbatazo inicial.
En casa, en el bar o en la plaza, la televisión se convierte en el centro del mundo. Gritos, abrazos, saltos, risas y hasta alguna que otra lágrima —todo cabe en noventa minutos que parecen durar una eternidad y pasar volando a la vez.

Y después, la magia sigue. Durante días las jugadas se repiten, se analizan, se sueñan. El fútbol no es solo un rato de entretenimiento: se ha vuelto el hilo que une generaciones —abuelos que pasan su pasión a nietos, padres que enseñan a sus hijos a amar un equipo—, que une a vecinos que casi no se hablan, que crea recuerdos que duran para siempre.
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El fútbol ha cambiado nuestros días porque le ha dado ritmo a las horas y sentido a los encuentros.

Nos ha enseñado que la emoción más grande no siempre está en ganar, sino en tener algo tan fuerte que nos haga sentir vivos, juntos, cada día.