*Ruleta marsellesa .
/Ana Laura de la Torre Saavedra/
Se considera que fue en la década de 1930 cuando el futbol fue arropado por la propaganda de Estado. Ello sucedió, particularmente, en dos regímenes cuyos líderes no eran adeptos a este deporte, Benito Mussolini y Adolf Hitler. Ambos supieron ver su potencial para usarlo con fines políticos. No lo adoptaron de manera natural, pues veían el futbol como una actividad y un espectáculo lejano a sus intereses y gustos personales, amén de sentir recelo por su origen inglés. Un ascendente que era notorio cuando llegaron al poder y que se evidenciaba aún al inicio del decenio: tanto los equipos italianos como los alemanes tenían nombres británicos. Un detalle que empezó a cambiar con la adopción de denominaciones locales y que refiere un proceso común en diversos países, incluidos los de América Latina.
Una diferencia que había entre italianos y alemanes era que mientras Italia se coronaba como ganador en torneos europeos y Campeón Mundial de 1934 y 1938, Alemania no obtenía triunfos internacionales. Ello originó diferencias en la manera de ejercer la propaganda: los primeros exaltaban su valía como los mejores del mundo; los segundos buscaron el respeto internacional a través de partidos amistosos. El análisis de dichas diferencias ayuda a tener un entendimiento más complejo de cómo se busca la manipulación de emociones a través del deporte.
Por otro lado, en ambos países los líderes compartían la idea que el deporte era central para conformar ejércitos de jóvenes fuertes cuya lealtad al Estado se visibilizaba en uniformes, obediencia y su capacidad de ofrecer un espectáculo de cultura física. En la Italia fascista el futbol servía para exaltar el pasado glorioso y los triunfos que la escuadra italiana alcanzaba en torneos. Evidenciaba también su capacidad para crear infraestructura deportiva en tiempo récord con edificación de estadios y centros deportivos. En 1934 integraron el saludo fascista en todos los partidos de futbol.
La parafernalia propagandística de la Italia fascista vinculada al futbol y, en particular al Mundial de 1934 no fue menor: kilómetros de filmación mostrando los logros, transmisiones de radio apoteósicas, carteles, postales y timbres. Los logros eran de los jugadores, pero, sobre todo, de Mussolini que los inspiraba a ser una raza tenaz. Él se exhibía como un hombre más del pueblo que iba con su familia a la taquilla a comprar los boletos, aunque después estuviera sentado en el palco de honor.
En tanto, en Alemania el futbol no despegaba y a fin de conformar un equipo competitivo, las autoridades nazis promovían la participación de su escuadra de manera continua, ya fuera en duelos binacionales con sus vecinos europeos o compitiendo en diversos torneos. Tras la Segunda Guerra Mundial, los integrantes del equipo recordaban esos años con un dejo de nostalgia y buscando obviar todo rastro de la cultura nazi de la que probablemente formaban parte. Decían haber disfrutado de la convivencia con jugadores de otros países.
Entonces, la diplomacia deportiva empezaba a consolidarse a través de líderes de asociaciones de diversas disciplinas, boxeadores famosos, gimnastas y, por su puesto, futbolistas. Los ingleses, por ejemplo, gozaban mostrando su ascendente como los creadores del futbol moderno, orgullosos de su liga, pero ajenos a la Federación Internacional de Futbol, FIFA. Gustaban de evidenciar cómo usaban el deporte para crear un consenso de equipo y no imposiciones y transmitir los valores ingleses. Ello incluía, por ejemplo, su enfoque frío y científico del balompié que los hacía sentirse los mejores del mundo, aunque no participaron en un Mundial hasta 1950.
De cualquier manera, los ingleses sí fueron muy adeptos a organizar encuentros y giras en Europa en los que sí cristalizaban las tensiones deportivas. Es el caso del partido conocido como la “Batalla de Highbury” de 1934 en el cual enfrentaron a Italia que recién había obtenido su campeonato del mundo. La rispidez del juego hizo dudar a funcionarios ingleses sobre su viabilidad en el futuro. No obstante, muy pronto el Ministerio de Relaciones Exteriores pasó a considerar los encuentros de futbol como herramientas para poner en marcha la política de apaciguamiento planteada por el gobierno del primer ministro Neville Chamberlain. Ésta estaba centrada en evitar confrontaciones con regímenes que se percibían como agresivos a fin de que no se desatara una guerra nuevamente.
En mayo de 1938, el equipo inglés viajó al estadio de Berlín para disputar un partido con los alemanes. El estadio de Berlín estaba abarrotado con más de 110,000 espectadores. El momento quedó congelado en fotografías: al inicio del encuentro, los ingleses levantaron su brazo e hicieron el saludo nazi. La prensa dio cuenta del episodio e, incluso, lo refirió con cierta normalidad. La decisión fue tomada luego de una deliberación de los dirigentes ingleses: en 1933 el equipo ya había hecho el saludo fascista cuando se enfrentaron a Italia. Los alemanes habían dado tres hurras a Inglaterra en otro partido de visita en Londres. Lo correcto, concluyeron, era hacer el saludo nazi como acostumbraban los anfitriones.
El hecho sí desató una ola de polémica intensa. Tras la Segunda Guerra Mundial, integrantes del equipo inglés refirieron ese momento como si se hubiese tratado de una coerción. Sin embargo, no lo fue. Era diplomacia en acción respaldada por el gobierno británico y las autoridades de futbol. En 1939, sucedió algo similar en otro encuentro con Italia. Entonces, las tensiones por las invasiones perpetradas por italianos y alemanes estaban a la orden del día. El gobierno británico quería ganar tiempo y se aprobó que los futbolistas reprodujeran el saludo fascista. La explicación del Ministerio de Relaciones Exteriores era que así podían mostrar los valores ingleses al público italiano con la anuencia del gobierno de Mussolini. Es decir, se identificó como una maniobra de contrapropaganda.
Hoy resulta complicado entender dicha lógica. Entonces, la prensa británica reportaba que el encuentro había exhibido la superioridad británica sobre los italianos. La prensa afirmaba que había sido el partido del siglo. En Italia se hablaba de un encuentro entre potencias y estilos. Para los diplomáticos ingleses, el encuentro había servido para fortalecer las relaciones de amistad. El score final 2-2. El inicio de una atroz guerra no se evitó.
En efecto, la década de 1930 permite apreciar exuberancia y argucia, diferencias y matices entre las distintas estrategias propagandísticas que se elaboraban desde el futbol. Sin embargo, algo tuvieron en común: el sentimiento de superioridad que se gesta desde el nacionalismo de cultura física.











