Gobernar desde el territorio, no desde el escritorio.

*Astrolabio Político.

/Por: Luis Ramírez Baqueiro/

“Como la vista es al cuerpo, la razón es al espíritu”. – Aristóteles.

En la política municipal mexicana —y particularmente en la veracruzana— abundan los discursos sobre cercanía con la gente, pero escasean los hechos que verdaderamente rompen la inercia del escritorio. Por eso no es menor lo que recientemente ocurrió en Chiltoyac: el gobierno de Xalapa no esperó a que la ciudadanía acudiera al Palacio Municipal; fue el Palacio el que acudió a la comunidad.

La decisión de la alcaldesa Daniela Griego Ceballos de llevar el Gobierno de manera itinerante a congregaciones como Chiltoyac representa, más que un acto administrativo, una definición política. No se trata solo de instalar módulos o escuchar peticiones: implica reconocer que el poder público debe salir del confort institucional para encontrarse con la realidad en su estado más crudo, ahí donde las necesidades no se redactan en oficios, sino que se viven en el día a día.

No es casual que la propia población haya respondido de inmediato. El reconocimiento social no se fabrica, se genera. Y en Chiltoyac —como lo documenta la cobertura periodística del Día del Pueblo— el mensaje fue claro: cuando el gobierno llega, la gestión deja de ser promesa y comienza a ser proceso.

Este ejercicio no se veía desde hace más de tres décadas. Y su recuperación no solo tiene valor operativo, sino también simbólico: devuelve al municipio su dimensión territorial, esa que durante años fue sustituida por una lógica centralista que confundió gobernar con administrar.

Lo interesante es que esta práctica conecta, quizás sin decirlo explícitamente, con una visión que desde hace más de un siglo planteó el sociólogo y politólogo alemán Max Weber: la necesidad de profesionalizar a la burocracia sin despojarla de sentido humano. Weber advertía que la racionalidad administrativa era indispensable para la eficacia del Estado, pero también que su deshumanización podía convertirla en una maquinaria distante, incapaz de comprender a la sociedad que debía servir.

Ahí radica el fondo político del modelo itinerante: profesionalizar la gestión sin perder la sensibilidad.

Llevar servicios, escuchar demandas y activar soluciones en el mismo territorio donde surgen los problemas no solo optimiza tiempos; también transforma la relación entre autoridad y ciudadanía. Humaniza la función pública. Rompe la verticalidad tradicional. Y, sobre todo, sustituye la simulación del contacto por el contacto real.

En ese sentido, Griego Ceballos vuelve a dejar ver de qué madera política está hecha. Su apuesta no pasa por la construcción artificial de lealtades vía nómina —mecanismo que durante años sustituyó la legitimidad por dependencia— sino por la generación de confianza desde la presencia.

Porque una cosa es tener estructura… y otra tener base social.

Y en política, la diferencia es abismal.

Mientras otras administraciones edificaron fidelidades institucionales sostenidas en incentivos burocráticos, el modelo que hoy se ensaya en Xalapa parece orientarse a algo más complejo: construir legitimidad desde el territorio, desde el reconocimiento directo, desde la solución tangible.

El gobierno itinerante no es solo logística; es pedagogía democrática.

En Chiltoyac no solo se acercó el Ayuntamiento: se acercó la idea de que el poder público puede —y debe— entender las necesidades donde nacen, donde se padecen y donde se resuelven.

Esa es, en el fondo, la diferencia entre gobernar desde el escritorio… o gobernar desde la realidad.

Al tiempo.

 

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