*Miscelánea, Salud y Política
/ Judith Álamo López/
«La tiranía no puede reinar sino sobre la ignorancia de los pueblos»: Francisco de Miranda
La mexicanidad es un proceso de mestizaje inacabado, opinaban filósofos mexicanos existencialistas integrados en el grupo Hiperión en los años 50’s.
Coincidente, pero más preciso, el historiador y doctor en filosofía Miguel León-Portilla, alrededor del año 1990, señaló que la mexicanidad y el mestizaje no se reducen a una simple mezcla de sangres, sino a un profundo diálogo cultural continuo.
Sostuvo León Portilla que “el pasado prehispánico es el subsuelo y la raíz de la identidad nacional”, argumentó que “el mexicano se contempla en dos espejos (el indígena y el hispano) que no se pueden separar sin caer en la amnesia histórica”. ¿Será que estamos viviendo un periodo de amnesia histórica?
En 1934, el filósofo Samuel Ramos hizo un análisis crítico de la identidad mexicana, señaló que ciertos comportamientos sociales pueden explicarse por una percepción psicológica de inferioridad, construida históricamente en las épocas de la colonia y en el periodo postrevolucionario. Aunque precisó que el mexicano no es inferior, él se siente como tal, lo que genera un “complejo de inferioridad” psicológico.
En respuesta a esa tesis, surgió en México el Grupo filosófico Hisperión, y entre sus integrantes existía la convicción de que las riendas del mundo estaban en manos de los universitarios y de que en México se estaba gestando la imagen de un nuevo Ser Humano, un nuevo humanismo, señaló Juan Manuel Cuéllar Moreno a Héctor González, reportero de Aristegui Noticias, con motivo de la presentación de su libro: La Razón Pendular de Emilio Uranga.
Pero en la carrera evolutiva cultural de nuestra nación parece que la prospectiva de los filósofos universitarios y de otros intelectuales, como el Premio Nobel de Literatura, Octavio Paz, no se alinearon con los regímenes políticos gobernantes –priistas, panistas y morenistas— que por igual abortaron el proyecto de reforzar la identidad nacional del mexicano.
Los mexicanos no se han transformado en los seres humanos nuevos que lograran trascender su sentimiento de inferioridad para asumir una identidad cultural que les permitiera integrarse a la modernidad y a la universalidad. Para ello, se debió trabajar institucionalmente en valorar la riqueza multicultural de una nación mestiza y fomentar una memoria histórica crítica.
Aunque las generalizaciones son siempre cuestionables, quizá valga la pena mencionar que en los 60 años de la hegemonía priísta la incorporación de mentes brillantes procedentes del exilio propició que México fuera un destino universitario destacado.
Sin embargo, fue insuficiente, como sostuvo el filósofo Samuel Ramos, México no superó su herida identitaria colectiva entre los extremos psicosociales que encarnaba el “pelado” bravucón popular que disfrazaba así su sentimiento de inferioridad y el sector culturizado o burgués que imitaba sin éxito los modelos europeos. (El perfil del hombre y la cultura en México)
En 2026 México es una República democrática y federal, encabezada por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, para el periodo 2024-2030. El poder público descansa en tres poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Esto es desde 1824. A partir de 1917 se dividió en tres niveles de gobierno (federal, estatal y municipal).
Esto es en teoría, porque la realidad es que México vive un proceso de “democracia en extinción” u “autocratización”, y no se trata de un juicio personal.
En tal diagnóstico coinciden organismos internacionales, grupos de expertos (think tank en inglés) y analistas políticos, quienes señalan que, tras las reformas constitucionales y la imposición mayoritaria del partido oficialista Morena –luego de conseguir la desaparición de poderes independientes y organismos autónomos-, el país ha experimentado una severa erosión en sus contrapesos institucionales.
Para la autollamada Cuarta Transformación (4T), la conquista española no significó un “encuentro de dos mundos” ni una gesta civilizatoria, sino una invasión violenta, una catástrofe demográfica y el origen del racismo y la desigualdad estructural que —según su narrativa oficial— el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) busca erradicar.
El obradorismo pasó de enarbolar las banderas de la honestidad valiente y la indignación social frente a la injusticia; en contra de la militarización del país y de la corrupción; para –ya en Palacio Nacional– blandir desde Las Mañaneras los estandartes de la lucha moral en contra de las atrocidades cometidas por los españoles en La Conquista; difundir una nueva narrativa en la que los indígenas dejaron de ser los vencidos y se convirtieron en protagonistas de la resistencia moral y cultural de la nación, entre otras.
Muchas son las contradicciones en que incurrió el padre de la Cuarta Trasformación al enviar sendas cartas al Rey de España y al Papa exigiendo que los españoles pidieran perdón a los pueblos originarios, pues escupió al cielo cuando negó su origen familiar, al ser nieto de un cántabro –originario de Cantabria, España–.
Su esposa, la historiadora Beatriz Gutiérrez Müller, quien se negó a ser llamada primera dama, aceptó ser embajadora extraordinaria al llevar al Vaticano la carta de AMLO al papa Francisco, en la que solicitó la disculpa a los pueblos indígenas y dio sustento a la narrativa histórica e indigenista del régimen.
La no-primera dama aceptó ser coordinadora honorífica del Consejo Asesor de la Coordinación Nacional de Memoria Histórica y Cultural de México.
Pasó desapercibido que su abuelo paterno nació en Castilla y León, España, hasta que, terminado el gobierno de AMLO, se difundió –y ella lo negó– que buscaba la nacionalidad española para ella y su hijo, Jesús Ernesto López Gutiérrez.
La presidente Claudia Sheinbaum tampoco se quedó atrás en eso de las incongruencias, sin ninguna ascendencia mexicana, hija de científicos de origen judío búlgaro y lituano asilados e México, quiso presumir de guadalupana como la mayoría del pueblo mexicano, cuando ni católica es; se acepta judía no practicante, pero eso no impidió vestir una falda con la imagen de la Virgen de Guadalupe (5 de mayo de 2022), cuando era jefa de Gobierno de la Ciudad de México.
Los críticos al régimen de la 4T han insistido en que es contradictorio exigir disculpas coloniales cuando los verdaderos descendientes de quienes realizaron la conquista son los propios mexicanos actuales y no los españoles modernos que nunca salieron de la península Ibérica, y para colmo resultaron descendientes consanguíneos en segundo grado el presidente de la 4T, López Obrador y su esposa, Gutiérrez Müller.
Los analistas argumentan que usar la tribuna pública para fustigar a España o marcar divisiones de identidad contradice la naturaleza plural y hospitalaria que permitió a familias de origen extranjero integrarse y prosperar en México, nación mestiza orgullosa de ser refugio de exiliados políticos, como los republicanos españoles y comunidades judías perseguidas en Europa.
¿Entonces? De dónde surgió la narrativa que hace unos días llevó a la mandataria Sheinbaum a proponer cambiarle el nombre al Paso de Cortés ubicado entre los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, en los límites del estado de Puebla y el Estado de México, por el de Paso de los Pueblos Indígenas.
Esta propuesta se suma a otras modificaciones para rebautizar fechas históricas como fue pasar de la “Noche Triste” a la “Victoria”; retirar monumentos coloniales o hispanistas de Paseo de la Reforma para sustituirlos por símbolos indígenas; en los aniversarios de la caída de Tenochtitlan, realizar actos de “petición de perdón” a las víctimas de la conquista, etcétera.
La aplicación de la estrategia populista es la única explicación a la reiterada conducta de los gobiernos de la 4T de tratar de legitimarse reinterpretando el pasado prehispánico para quedar como un gobierno opuesto al clasismo y al colonialismo histórico. Se asumen frente al pueblo como “los buenos” y todos los críticos son “los malos” a quienes tratan con desprecio, entre ellos están: los periodistas “chayoteros”; los intelectuales calificados de comentócratas, opositores, etcétera.
El cambio de nombre al Paso de Cortés fue analizado por historiadores y cronistas independientes y no encontraron sustento alguno, ya que entre las atribuciones del jefe del Ejecutivo no está hacer denominaciones de lugares históricos, por ello fue tildada de ocurrencia o producto de la ignorancia la sugerencia de la presidente Sheinbaum: ya que el nombre surgió de manera popular y descriptiva entre cronistas y pobladores de la Colonia desde noviembre de 1519.
Si el gobierno quisiera hacer acciones de fondo a favor de los pueblos indígenas, podría comenzar por revisar las asignaciones presupuestales a comunidades nativas, las que siguen enfrentando rezagos económicos, violencia, desplazamiento territorial y desatención médica. Otra sugerencia es formular con intelectuales mexicanos acreditados una política indigenista educativa y dejar de azuzar agravios de hace 500 años.
Y si realmente buscaran la conciliación histórica, podrían emprender la revisión y corrección de la política educativa nacional “marxista” de la 4T (de Marx Arriaga), y en ella reforzar –no debilitar más– la idiosincrasia del mexicano.

