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11.04.2026.- Tras el fracaso de las conversaciones entre Estados Unidos e Irán en Islamabad, la respuesta de Teherán a las declaraciones del vicepresidente estadounidense, JD Vance, ha sido inmediata y contundente, marcando una narrativa diametralmente opuesta sobre las causas del estancamiento diplomático.
Mientras Vance aseguró que Irán se negó a aceptar compromisos clave, particularmente en materia nuclear, y calificó el resultado como una consecuencia de la negativa iraní a ceder en puntos esenciales, la postura oficial iraní ha centrado la responsabilidad en Washington, acusándolo de mantener exigencias unilaterales y desproporcionadas que hacían inviable cualquier acuerdo.
De acuerdo con medios estatales iraníes y declaraciones recogidas tras la conferencia de Vance, Teherán considera que la delegación estadounidense llegó a Islamabad con una posición rígida, basada en lo que describen como “demandas excesivas”, entre ellas la renuncia total al desarrollo nuclear, restricciones a su programa de misiles y limitaciones a su influencia regional, condiciones que Irán ha rechazado históricamente por considerarlas una violación de su soberanía.
El ministro de Asuntos Exteriores de Pakistán, Abbas Araghchi, ha confirmado que las negociaciones entre EE.UU-Irán continuarán, y las conversaciones no han terminado ya que ambas partes aún están discutiendo demandas.
La narrativa iraní subraya que las negociaciones no fracasaron por falta de voluntad diplomática, sino por la insistencia de Estados Unidos en imponer términos unilaterales. En ese sentido, funcionarios iraníes sostienen que acudieron al diálogo con propuestas concretas que incluían el levantamiento de sanciones económicas, el acceso a activos congelados y garantías de seguridad, elementos que consideran indispensables para cualquier entendimiento duradero.
En contraste con la afirmación de Vance de que la oferta estadounidense era la “mejor y última”, Irán ha dejado entrever que dicha propuesta no respondía a un esquema equilibrado de negociación, sino a una lógica de presión política y militar.
Esta percepción se inserta en una línea discursiva más amplia del gobierno iraní, que históricamente ha cuestionado la legitimidad de las demandas estadounidenses, particularmente en lo relativo a su derecho al enriquecimiento de uranio y al desarrollo tecnológico con fines civiles.
Asimismo, la respuesta de Teherán incorpora un componente geopolítico más amplio. Irán sostiene que cualquier acuerdo debe contemplar no solo el expediente nuclear, sino también el equilibrio regional, incluyendo su papel en el estrecho de Ormuz y las dinámicas de seguridad en Medio Oriente. La negativa estadounidense a abordar estos puntos en términos favorables para Irán es presentada como otra de las razones centrales del fracaso.
El choque de narrativas entre ambas partes evidencia la persistencia de una brecha estructural. Mientras Washington insiste en garantías estrictas sobre el programa nuclear iraní, Teherán plantea que tales exigencias ignoran sus derechos soberanos y el contexto de presión internacional al que ha estado sometido durante años.
El resultado es un endurecimiento del discurso que, lejos de cerrar el capítulo diplomático, anticipa nuevas tensiones en un conflicto aún abierto.













