*Alguien como tú.
/ Gladys Pérez Maldonado /
Cada 12 de julio se conmemora el Día de la Abogacía, una fecha que suele estar acompañada de felicitaciones, reconocimientos y discursos sobre la nobleza del ejercicio profesional. Sin embargo, la verdadera pregunta no es si las y los abogados merecen ser felicitados, sino si la sociedad percibe que estamos cumpliendo la misión que justifica nuestra existencia.
La confianza en la justicia atraviesa momentos complejos. Para muchas personas, acudir con un abogado representa la última esperanza para defender su patrimonio, su libertad, su familia o sus derechos. Esa confianza, sin embargo, no se deposita en un título universitario ni en una cédula profesional; se gana con cada acto de honestidad, cada consejo responsable y cada decisión ética.
La sociedad espera de las y los abogados mucho más que dominio de las leyes. Espera integridad cuando nadie observa; independencia frente a las presiones; lealtad hacia el cliente, sin confundirla con complicidad; preparación constante en un mundo jurídico cambiante; sensibilidad para comprender que detrás de cada expediente existe una historia humana, y valentía para defender la legalidad incluso cuando hacerlo resulte incómodo.
Los principios rectores de la profesión no son un adorno en los códigos de ética. La probidad, la confidencialidad, la diligencia, la independencia, la competencia profesional y el compromiso con la justicia constituyen el verdadero patrimonio moral de la abogacía. Cuando esos principios se debilitan, también se debilita el Estado de derecho.
Resulta imposible ignorar que una parte del descrédito social hacia la profesión tiene fundamento. Existen abogados que prometen lo imposible para obtener un cliente, que prolongan litigios con fines económicos, que utilizan argucias para retrasar la justicia o que convierten el tráfico de influencias en una práctica cotidiana. Esas conductas son éticamente inaceptables y socialmente devastadoras. No solo afectan a quienes las padecen; erosionan la credibilidad de toda una profesión.
Pero sería igualmente injusto permitir que esas conductas definan a la abogacía mexicana. Miles de profesionales ejercen todos los días con dignidad y vocación de servicio. Son quienes defienden gratuitamente a personas vulnerables, quienes permanecen horas preparando un asunto con rigor, quienes privilegian la conciliación sobre el conflicto innecesario y quienes entienden que la justicia no puede convertirse en un privilegio reservado para unos cuantos.
Hoy, además, la profesión enfrenta nuevos desafíos. La inteligencia artificial, la digitalización de los tribunales y la creciente complejidad de los problemas sociales exigen abogados más preparados, pero también más humanos. Ninguna tecnología podrá sustituir el criterio ético, la empatía ni la responsabilidad personal de quien asesora o representa a otro ser humano.
La abogacía necesita recuperar el prestigio que alguna vez fue incuestionable. Ese prestigio no se obtiene mediante ceremonias ni reconocimientos; se construye todos los días con transparencia, estudio, puntualidad, respeto, honestidad y un compromiso inquebrantable con la verdad y la justicia.
En este Día de la Abogacía conviene recordar que el mayor enemigo de la profesión no es la inteligencia artificial, ni la saturación de los tribunales, ni los impartidores de justicia del acordeón, ni las reformas legales. El mayor riesgo es que los propios abogados olvidemos que nuestra primera obligación no es ganar un asunto a cualquier precio, sino servir a la justicia con ética y dignidad.
Porque la sociedad no juzga a la abogacía por sus discursos, sino por sus resultados. No recuerda los diplomas colgados en una pared, sino la manera en que fue tratada cuando más necesitaba ayuda. La confianza se construye lentamente y puede perderse con un solo acto de deshonestidad o corrupción.
Celebrar el Día de la Abogacía tiene sentido únicamente si estamos dispuestos a mirarnos en el espejo con autocrítica. El verdadero reconocimiento no proviene de una felicitación cada 12 de julio, sino de la tranquilidad de saber que, al concluir la jornada, nuestro conocimiento jurídico sirvió para acercar a alguien a la justicia y no para alejarlo de ella. Ese es el legado que la sociedad espera y el compromiso que ninguna abogada ni ningún abogado debería olvidar…


