*NEMESIS.
/Fernando Meraz Mejorado/
En las calles de México, la carestía no es solo una cifra, es un peso invisible que se carga sobre cada hombro, una llaga que se abre en la rutina y crece sin que nadie la detenga. El costo de la existencia se infla como globo que se aleja más y más, mientras los salarios permanecen anclados, quietos como cauces secos donde ya no corre el agua que alimenta.
La gente intenta apretarse el cinturón una vez más, pero la hebilla ya no cede, ha llegado al límite donde el ahorro se vuelve renuncia y la previsión se convierte en angustia.
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La inflación avanza como sombra devoradora: se traga el valor de cada moneda, desvanece el esfuerzo de jornadas enteras y deja en las manos de las familias menos pan, menos abrigo, menos esperanza para el porvenir. La tortilla, el frijol, el pan, la leche —los pilares humildes de la mesa en México— suben su precio como si fueran tesoros inalcanzables, y la pregunta resuena en voz baja tras cada puerta: ¿cómo haremos para llegar al fin de mes?
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Esto no es solo un desajuste de cuentas: es una herida social que se abre en la carne misma del país. Se ve en las mesas austeras de raciones mínimas, en los niños que no pueden llevar útiles a la escuela, en los jóvenes que buscan trabajo y encuentran solo puertas cerradas. Es la desesperanza que se desliza como humo en los hogares, que agrieta vínculos y apaga sueños que apenas empezaban a nacer. La carestía se convierte así en silencio, en resignación, en el miedo constante a que lo poco que se tiene se desvanezca.
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Para quienes gobiernan, es la pregunta incómoda que no encuentra respuesta: ¿cómo explicar que las estadísticas hablan de crecimiento mientras la gente se hace más pobre? ¿Cómo justificar que mientras algunos acumulan fortunas, millones estiran cada peso hasta romperlo? Es un grito de alerta que golpea las puertas de los palacios: la economía no debe ser un fin en sí misma, sino el instrumento para dignificar la vida. Y hoy ese instrumento falla, porque se olvidó de los pies descalzos y las mesas vacías.
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También golpea lo que somos: la cultura mexicana tejida alrededor del compartir. La comida que une, la fiesta que consuela, la música que alivia —todo cuesta más, y muchas familias deben elegir entre comer o mantener viva su memoria. Se alteran costumbres, se posponen encuentros, se sacrifica lo que nos hace comunidad. Pero el espíritu no se rinde: brota la creatividad de quien sabe adaptarse, la mano tendida del vecino, la solidaridad que se convierte en refugio cuando el sistema falla. Como hierba entre las piedras, la gente se busca y se sostiene.
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La carestía es también un espejo implacable, nos muestra nuestras grietas y nuestra entereza, nuestras contradicciones y nuestra inmensa capacidad de resistir. Nos recuerda que la abundancia no tiene sentido si no es compartida, que el verdadero valor de una nación no está en sus cuentas sino en la dignidad de su gente.
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En esta tierra de luces y sombras, donde la riqueza y la miseria caminan casi juntas, este desafío nos convoca a todos, gobernantes, empresarios, ciudadanos. ¿Dejaremos que este peso nos doblegue, o nos levantaremos unidos para tejer un orden más justo, donde el trabajo sea honrado y la vida digna para cada quien? La respuesta no está en los libros: está en lo que cada uno de nosotros elija hacer hoy.–oOo–
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