La Catrina: de sátira a símbolo universal del Día de Muertos

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01.11. 2026 México.- La calavera que nació para exhibir la hipocresía de una sociedad obsesionada con parecer europea terminó convirtiéndose en uno de los rostros más reconocibles de México en el mundo. Elegante, con sombrero adornado con plumas, vestidos de época, flores y el rostro descarnado, La Catrina ocupa hoy un lugar privilegiado en las celebraciones del Día de Muertos. Sin embargo, detrás de su imagen festiva existe una historia de crítica social, desigualdad, discriminación y resistencia cultural que se remonta al México de finales del siglo XIX y principios del XX.

Su origen no estuvo relacionado inicialmente con las ofrendas, los altares ni las celebraciones dedicadas a los difuntos. Tampoco nació como un personaje destinado a representar la identidad nacional. Fue concebida como una caricatura mordaz para cuestionar a determinados sectores de la sociedad mexicana que, pese a tener ascendencia indígena, despreciaban sus raíces y buscaban adoptar las costumbres, la vestimenta y los comportamientos de las élites europeas.

Detrás de esa imagen se encuentra José Guadalupe Posada, uno de los grabadores y caricaturistas más importantes de la historia del arte mexicano, quien encontró en las calaveras una manera de retratar las contradicciones de su tiempo y poner en evidencia las diferencias entre ricos y pobres, las ambiciones de las clases privilegiadas y las apariencias que dominaban la vida social durante el Porfiriato.

El nacimiento de una crítica social

José Guadalupe Posada nació el 2 de febrero de 1852 en Aguascalientes. Desde joven desarrolló habilidades para el dibujo, la caricatura y el grabado, disciplinas que lo llevaron a trabajar en talleres de impresión y publicaciones periodísticas.

Su trayectoria artística se consolidó en la Ciudad de México, donde encontró un escenario social y político que alimentó buena parte de su producción. El país atravesaba los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX, bajo el prolongado gobierno de Porfirio Díaz, un periodo caracterizado por la modernización económica, la concentración de la riqueza y profundas desigualdades sociales.

Mientras los sectores acomodados buscaban proyectar una imagen de progreso inspirada en Europa, especialmente en Francia, amplios grupos de la población enfrentaban pobreza, explotación laboral y exclusión.

La influencia francesa se manifestaba en la arquitectura, la moda, las costumbres y las aspiraciones de las clases altas. En determinados círculos sociales, hablar francés, vestir a la europea y adoptar hábitos extranjeros se consideraban señales de distinción.

En ese contexto, Posada convirtió el grabado en un instrumento de crítica. Sus ilustraciones aparecían en periódicos y hojas impresas que circulaban entre la población, donde representaba acontecimientos políticos, tragedias, sucesos cotidianos, personajes populares y escenas relacionadas con la muerte.

Sus calaveras no eran simplemente dibujos de esqueletos. Funcionaban como caricaturas de la sociedad: detrás de cada una había una conducta, una contradicción o una situación que merecía ser cuestionada.

Así surgió una de sus creaciones más conocidas, originalmente identificada como La Calavera Garbancera.

La Garbancera: una calavera para desnudar las apariencias

La palabra garbancera tenía una connotación social. Se utilizaba para referirse a personas dedicadas a vender garbanzos y, en el contexto de la crítica de Posada, aludía particularmente a quienes, teniendo ascendencia indígena, buscaban distanciarse de su origen y adoptar una identidad asociada con Europa.

La caricatura cuestionaba esa aspiración de pertenecer a una clase social considerada superior mediante la imitación de modas extranjeras y el rechazo de las propias raíces.

La imagen original mostraba una calavera femenina prácticamente desnuda, sin vestido ni accesorios lujosos, que llevaba únicamente un enorme sombrero adornado con plumas, inspirado en la moda europea de la época.

La elección de esa vestimenta era precisamente el centro de la sátira. Posada colocaba sobre un cráneo descarnado un accesorio que representaba el deseo de aparentar elegancia y distinción, aunque detrás de esa apariencia no hubiera más que huesos.

La crítica apuntaba a quienes pretendían ocultar su procedencia y construir una identidad social basada en las apariencias.

No era una celebración de la muerte, sino una manera de exhibir el absurdo de una sociedad que valoraba más la apariencia extranjera que sus propias tradiciones.

La obra también se inscribía en una larga tradición de caricaturas políticas y calaveras literarias que utilizaban el humor negro para cuestionar a los poderosos. En ellas, la muerte tenía una función democrática: podía alcanzar al gobernante, al empresario, al aristócrata y al trabajador sin hacer distinciones.

Posada entendía que, frente a la muerte, los privilegios perdían su valor. Ninguna riqueza podía garantizar la inmortalidad y ningún título social podía impedir que todos terminaran convertidos en esqueletos.

Una obra que sobrevivió a su creador

Aunque actualmente millones de personas reconocen a La Catrina, su creador murió sin conocer la dimensión que alcanzaría aquella imagen.

José Guadalupe Posada falleció el 20 de enero de 1913, en la Ciudad de México, a los 60 años. Su muerte pasó prácticamente inadvertida para las autoridades y los círculos culturales de su tiempo. Sus restos terminaron en una fosa común del Panteón de Dolores.

El reconocimiento de su trabajo llegaría posteriormente, cuando artistas e investigadores comenzaron a valorar la fuerza expresiva de sus grabados y su capacidad para retratar las contradicciones de la sociedad mexicana.

Una de las particularidades de la historia de La Calavera Garbancera es que su difusión más conocida ocurrió después de la muerte de Posada. El grabado fue estampado en la imprenta de Antonio Vanegas Arroyo en octubre de 1913.

Su imagen, que originalmente había circulado como una caricatura de crítica social, encontró una nueva vida varias décadas después gracias a otro de los grandes representantes del arte mexicano: Diego Rivera.

Diego Rivera le dio nombre, cuerpo y elegancia

El cambio decisivo ocurrió en 1947, cuando Diego Rivera incorporó la figura de la calavera en su monumental mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central.

En esa composición, Rivera recuperó la creación de Posada, pero modificó considerablemente su apariencia. La calavera dejó de ser únicamente un rostro con sombrero para convertirse en una mujer vestida con elegancia, ataviada con prendas de época y acompañada por personajes históricos y figuras representativas de distintas etapas de México.

Fue Rivera quien la identificó como La Catrina, una denominación derivada de la palabra catrín, utilizada para describir a los hombres elegantes, bien vestidos y asociados con las clases acomodadas. Las mujeres que los acompañaban también adoptaban una apariencia distinguida.

El muralista colocó a La Catrina en el centro de su composición y junto a ella representó al propio José Guadalupe Posada, a quien reconocía como una influencia fundamental para el desarrollo de la gráfica mexicana.

Rivera también se autorretrató como un niño y representó a Frida Kahlo, además de incorporar personajes de diferentes periodos históricos.

De esta manera, la antigua calavera satírica adquirió una nueva dimensión. La obra de Posada se integró a una narración visual sobre la historia nacional y la identidad mexicana.

El mural, realizado originalmente para el Hotel del Prado, sobrevivió al terremoto de 1985 y fue trasladado al inmueble que actualmente alberga el Museo Mural Diego Rivera, donde puede contemplarse.

De la crítica a la identidad nacional

La transformación de La Catrina no fue solamente estética. También cambió su significado cultural.

Lo que comenzó como una representación destinada a cuestionar las pretensiones de determinados sectores sociales terminó convertido en una imagen que identifica a México dentro y fuera de sus fronteras.

Su popularidad creció con el paso de las décadas y su figura comenzó a reproducirse en artesanías, pinturas, esculturas, cerámica, textiles, carteles y objetos decorativos.

La calavera también encontró un espacio en las celebraciones del Día de Muertos, donde su presencia adquirió una relación directa con las tradiciones mexicanas de recordar a quienes han fallecido.

Actualmente es común encontrar representaciones de La Catrina en altares, desfiles, concursos de maquillaje, exposiciones artesanales y celebraciones populares. Su imagen aparece tanto en pequeñas figuras elaboradas por artesanos como en esculturas monumentales que reciben a visitantes nacionales y extranjeros.

En diferentes regiones del país, artistas y artesanos han reinterpretado su figura mediante materiales y técnicas tradicionales. El papel maché, el barro, la cartonería, la madera y los textiles han permitido multiplicar sus representaciones sin perder el elemento que la distingue: el rostro de una calavera vestida con elegancia.

También se ha convertido en uno de los personajes más utilizados durante las celebraciones de finales de octubre y principios de noviembre. Mujeres y niñas se maquillan el rostro para reproducir sus facciones, incorporan flores, vestidos largos, encajes y sombreros, y participan en desfiles que combinan expresiones artísticas con tradiciones populares.

Sin embargo, su presencia en el Día de Muertos no significa que haya sido concebida originalmente para esa celebración. Su incorporación al imaginario de estas fechas fue resultado de una transformación cultural posterior.

La Catrina y el significado de la muerte en México

Una de las razones por las que La Catrina ha alcanzado tanta popularidad es su capacidad para representar una relación con la muerte que forma parte de numerosas expresiones culturales mexicanas.

En México, la muerte no solamente aparece asociada con el duelo y la ausencia. También está presente en canciones, relatos, refranes, representaciones artísticas, calaveritas literarias y expresiones populares que recurren al humor para hablar de la condición humana.

Durante el Día de Muertos, las familias recuerdan a sus seres queridos mediante altares, fotografías, veladoras, flores de cempasúchil, alimentos y objetos que pertenecieron a quienes ya fallecieron.

La Catrina se ha integrado a ese universo simbólico como una representación de la muerte que conserva rasgos humanos, vestimenta y personalidad. Su apariencia elegante contrasta con la realidad de su rostro descarnado y recuerda que la condición social, el dinero, la fama o el poder no modifican el destino de las personas.

Su imagen también permite recuperar la crítica original de Posada: detrás de los vestidos lujosos, los sombreros sofisticados y las aspiraciones de grandeza, todos compartimos la misma condición mortal.

No obstante, es importante distinguir entre la figura de La Catrina y las tradiciones ancestrales del Día de Muertos. Estas últimas tienen raíces indígenas y procesos históricos mucho más antiguos, relacionados con diversas formas de recordar y honrar a los difuntos, que posteriormente se transformaron con la incorporación de las celebraciones católicas.

La Catrina no representa por sí sola toda esa diversidad cultural. Es una creación artística que, con el paso del tiempo, se incorporó a una celebración mucho más amplia.

Un símbolo mexicano que cruzó fronteras

En la actualidad, La Catrina es uno de los principales referentes visuales de México en el extranjero. Su figura aparece en exposiciones internacionales, festivales culturales, producciones cinematográficas, publicidad y celebraciones relacionadas con la cultura mexicana.

Su popularidad también ha despertado un interés creciente por el trabajo de José Guadalupe Posada y Diego Rivera, dos artistas que, desde perspectivas diferentes, contribuyeron a construir una de las imágenes más reconocibles del arte nacional.

Pero su expansión comercial también plantea una reflexión sobre la manera en que los símbolos culturales pueden adquirir nuevos significados cuando pasan de una obra artística a los circuitos turísticos y comerciales.

En ocasiones, La Catrina se reduce a un disfraz, un maquillaje o un elemento decorativo de temporada. Su imagen se reproduce sin que necesariamente se conozca la historia de crítica social que le dio origen.

Por eso, recuperar su historia significa también recordar que detrás de su elegancia existe una denuncia contra el racismo, el clasismo y el desprecio por las raíces culturales.

La obra de Posada cuestionaba a quienes consideraban que adoptar las costumbres europeas los hacía superiores a otros mexicanos. Su calavera exponía la contradicción de una sociedad que pretendía esconder su identidad para conseguir reconocimiento social.

Más de un siglo después, aquella caricatura conserva vigencia como una reflexión sobre las apariencias, la discriminación y la desigualdad.

La Catrina pasó de ser una calavera sin vestido a una dama elegantemente ataviada; de una ilustración de crítica social a un personaje incorporado a las celebraciones populares; y de una creación de José Guadalupe Posada a un símbolo reconocido internacionalmente.

Su historia demuestra que los símbolos culturales no siempre nacen con el significado que adquieren posteriormente. A veces, una imagen concebida para incomodar a una sociedad termina convirtiéndose en uno de sus mayores emblemas.

Y quizá ahí reside la mayor paradoja de La Catrina: nació para burlarse de quienes renegaban de sus raíces mexicanas y terminó representando precisamente aquello que intentaban ocultar, una identidad cultural que sobrevivió a las modas, a las desigualdades y al paso del tiempo.

Hoy, cuando miles de personas se visten de Catrina para celebrar el Día de Muertos, también mantienen viva, aunque no siempre lo sepan, la memoria de un grabador que utilizó la muerte para recordarle a los vivos que ninguna apariencia puede cambiar lo que somos.

La Catrina no solamente viste de gala a la muerte: conserva, en su sonrisa de huesos, una de las críticas sociales más agudas de la historia del arte mexicano.

Fuentes históricas de referencia: Archivo General de la Nación, Instituto Nacional de Antropología e Historia, Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura y Secretaría de Cultura.