La democracia también tiene que escuchar

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  • Con Singular Alegría .

/ POR GILDA MONTAÑO /

Creo que no debo escribir un artículo académico ni una defensa política. Debo escribir algo mucho más difícil: un texto breve que obligue a quien lo lea a detenerse un momento.

Que no grite.
Que no acuse.
Que no milite.
Que deje una pregunta instalada en la conciencia.

Y creo que este propio texto que escribí hace tantos años nos da la llave: democracia, indígenas y pobreza no son tres asuntos separados. Se encuentran en una palabra que aparece detrás de todos ellos: escuchar.

Hace muchos años, 26, escribí sobre la democracia mexicana, sobre los pueblos indígenas y sobre el desarrollo de nuestras regiones. México era otro. Las elecciones comenzaban a adquirir un significado distinto para los ciudadanos y apenas empezábamos a comprender que democracia no era solamente votar, sino participar.

Hoy vuelvo a aquellas páginas con una pregunta que no ha perdido vigencia:

¿Qué significa realmente una democracia si no sabemos escuchar a quienes forman parte de ella?

Entonces escribí algo que hoy me parece todavía más importante: que para comprender los problemas de los pueblos indígenas había que escucharlos. No hablar por ellos. No decidir siempre por ellos. Escucharlos. Porque una sociedad que no escucha difícilmente puede comprender.

También escribí que la cultura no es un adorno ni una colección de tradiciones para las ceremonias. Es una manera de entender el mundo, de organizar la vida y de darle sentido a una comunidad. Por eso el derecho a la diferencia es también un derecho a la dignidad.

Y aquí es donde los indígenas y los pobres de México dejan de ser dos temas distintos.

Porque la pobreza tampoco puede mirarse solamente como una cifra. Detrás de cada número hay una persona, una familia, una historia, una región y, muchas veces, una vida que ha tenido que aprender a sobrevivir sin ser escuchada.

La democracia tiene que ver con las urnas, sí. Pero también con las condiciones en que vive la gente. Con las posibilidades que tiene para trabajar, estudiar, producir, cuidar a sus hijos, conservar su tierra, defender su cultura y participar en las decisiones que afectan su existencia. Hace años ya nos preguntábamos si la democracia podía producir desarrollo o si era el desarrollo el que podía ampliar la participación democrática.

Tal vez hoy tengamos que formular la pregunta de otra manera:

¿Puede llamarse plenamente democrática una sociedad en la que algunos ciudadanos tienen voz, pero otros apenas tienen quien los escuche?

No escribo esto para acusar a nadie. Tampoco para decir que todo está mal. México ha cambiado y ha construido instituciones, formas de participación y espacios que antes parecían imposibles.

Lo que digo es más sencillo y, quizá por eso, más difícil: la democracia no termina cuando se cuentan los votos. Comienza también cuando el ciudadano descubre que su palabra importa. Cuando el indígena puede defender su cultura y su territorio. Cuando el pobre no es solamente destinatario de una ayuda, sino una persona con derechos, capacidad para decidir y dignidad. Cuando una comunidad puede participar en las decisiones que determinarán su futuro.

Hace muchos años escribí que todavía quedaba por construir otro país y otro modelo de desarrollo, acompañado por una participación plural y democrática. Hoy, después de todo este tiempo, sigo creyendo que esa tarea no pertenece a un partido, a un gobierno ni a una generación. Pertenece a todos.

Y quizá haya algo que podamos hacer antes de intentar resolverlo todo: aprender a escuchar. Porque una democracia que escucha puede equivocarse. Una democracia que no escucha puede votar. Pero difícilmente puede comprender a su propio pueblo.

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