La historia no absuelve a quien miente, traiciona, y saquea

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*NEMESIS

/ Fernando Meraz Mejorado /

Llegó la hora en que las fronteras se cierran como puertas que ya no quieren abrirse, y la sombra del “Mesías Macuspano” se alarga más allá de los muros que él mismo creyó dominar. Hoy, cuando las visas se apagan una a una —como luces que nadie ya reaviva— para él, su sangre y su círculo más cercano, recurre a la misma frase que un día alzó el líder de la isla: “La historia me absolverá”. Pero la historia no es una juez ciega que se deja engañar por discursos ni por consignas: es la memoria viva de cada herida abierta en la patria, de cada promesa rota como vasija de barro, de cada abismo que se cavó donde antes hubo esperanza.
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Fueron tantos los desatinos, tanta la furia ciega que confundió el poder con el derecho, tan innoble el daño sembrado en el suelo mexicano, que ya no hay lugar para la absolución. Solo queda el peso de lo hecho: una cuenta que no se borra con discursos, ni se oculta con el grito, ni se aplaca con el tiempo. La historia no absuelve a quien traiciona la confianza de su pueblo, ni a quien convierte la justicia en arma, ni a quien despoja tierra y capitales para repartirlos entre sus allegados.
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Ayer, la voz de Simón Levy —quien durante años señaló sin descanso— confirmó lo que muchos temían: no es solo una medida, es un llamado que alcanza a todo el círculo rojo, como una marea que barre con lo que se creía intocable. Incluso José Ramón López Beltrán, que contaba con el documento migratorio de la residencia permanente, recibió la indicación de volver a casa: una casa que hoy lo espera con las puertas abiertas, pero con los ojos de todos puestos en lo que se ocultó tras tantos años.
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Y dicen quienes miran con claridad: que la actual mandataria quizá siga al frente del timón, pero ya no navega libre. Se dice que cada paso, cada decisión, lleva el peso de una mirada lejana, que Washington sostiene el hilo que mueve las acciones desde Palacio Nacional. Que la soberanía, aquella que se gritó en cada discurso, se ha vuelto sombra prestada, y que el mando verdadero ya no reside en la tierra que se prometió defender, sino en la voz de quien ahora dicta las reglas del juego.
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AMLO cree que la historia lo eximirá, pero olvida que ella se construye con hechos, no con palabras. Que registra cada lágrima de quien perdió todo, cada silencio de quien fue callado, cada riqueza que tomó caminos ajenos al bien común. La historia no es compasiva con quien usa el pueblo como escalera, ni con quien confunde el servicio con el botín. Hoy, cuando las puertas del extranjero se cierran, queda al descubierto lo que siempre fue: un poder que se alzó con la promesa de cambiarlo todo, y terminó cambiando solo el nombre de quienes se repartían el festín.
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Y al final, cuando pasen los años y se desvanezcan los gritos y las alabanzas, solo quedará la verdad desnuda: que no hubo redención posible, porque la traición a la patria se graba en piedra, y la historia, tarde o temprano, dicta su sentencia sin apelación.