*Mujeres Transnacionales.
/ Ashanti Sánchez Jiménez*/
En enero de 2026 se registraron 476 eventos de detención migratoria de niñas, niños y adolescentes en México. Casi la mitad corresponden a niñas y adolescentes entre 0 y 11 años de edad, provenientes de países como Guatemala, Honduras y Venezuela. Pese a las reformas de 2020 que prohíben la detención migratoria de niñas, niños, adolescentes y sus familias en el país, la práctica persiste. Muchas de estas niñas han sido retornadas a sus países de origen mediante procesos expeditos que no evalúan sus necesidades de protección internacional, ni garantizan plenamente su interés superior.
Estas cifras no son hechos aislados. En los últimos años, la niñez y la adolescencia migrante han enfrentado un contexto cada vez más restrictivo, marcado por políticas de control migratorio que, en la práctica, han limitado su acceso a protección internacional y han incrementado los riesgos durante su tránsito y estancia en el país. Detrás de cada número hay historias atravesadas por la incertidumbre, la separación familiar, la violencia y la esperanza.
En este escenario, escuchar sus voces no es un gesto simbólico: es una obligación. Sus experiencias permiten comprender los impactos reales de las decisiones institucionales y evidencian las brechas entre el marco normativo y su implementación.
En el marco del Día de la Niña y el Niño, y en colaboración con la Secretaría Ejecutiva del Sistema de Protección Integral de Niñas, Niños y Adolescentes del Estado de Veracruz, el pasado 20 de abril llevamos a cabo en Xalapa el espacio de participación y escucha “Voces, colores e historias”. Ahí, la niñez y la adolescencia migrante encontró en el arte una herramienta segura para compartir sus experiencias, inquietudes y sueños con las personas involucradas en su atención y protección.
Participaron 49 niñas, niños y adolescentes migrantes —acompañados y no acompañados— provenientes principalmente de Guatemala, Honduras y México; así como 27 personas funcionarias de distintas instituciones municipales y estatales, y 19 acompañantes de familias migrantes. Más allá de las cifras, lo relevante fue el tipo de encuentro que se generó: un espacio horizontal donde las voces de la niñez no fueron subordinadas, sino colocadas en el centro.
A través de una dinámica inspirada en el libro La Tierra que nos sueña, las participantes plasmaron en dibujos aquello que muchas veces no puede decirse en entrevistas o procedimientos formales. En estas representaciones visuales emergieron los ecos de sus trayectos migratorios, y la presencia de diversas manos que han marcado sus recorridos: manos que oprimen y violentan, pero también manos que cuidan, que protegen y que acogen.
Estos ejercicios no son anecdóticos. Son una muestra de que existen formas más humanas y efectivas de acercarse a la niñez migrante, y de que garantizar sus derechos implica, necesariamente, escucharles y reconocerles como personas sujetas de derechos, no como objetos de control.
“Voces, colores e historias” nos recuerda que la participación de las niñas y las adolescentes no debe ser excepcional, sino parte estructural de cualquier política o acción que les involucre. Abrir espacios seguros para su expresión es también una forma de reparación frente a contextos que, con frecuencia, les invisibilizan.
Este 30 de abril es una oportunidad para cuestionar qué tanto nuestras celebraciones incluyen a todas las infancias. Porque hablar de derechos de la niñez en México también implica mirar a quienes migran, a quienes esperan, a quienes resisten.
Hacer visibles sus historias no es suficiente. Es necesario que sus voces incidan, que sean escuchadas en la toma de decisiones y que se traduzcan en políticas que realmente garanticen su bienestar, sin importar su nacionalidad o situación migratoria.
*Enlace de niñez migrante, Instituto para las Mujeres en la Migración, AC (IMUMI).












