La oposición automática del Chamba suave .

*Astrolabio Político. 

/ Por: Luis Ramírez Baqueiro /

“Cuando pierdes, no pierdes la lección”. – Dalai Lama.

En la política veracruzana hay personajes que han hecho de la crítica no un ejercicio de reflexión, sino un reflejo mecánico. Basta observar la actitud del senador Manuel Huerta Ladrón de Guevara frente a cada decisión del actual gobierno estatal para confirmarlo: si la gobernadora Rocío Nahle García autoriza un apoyo, Huerta lo descalifica; si propone una política pública, él la cuestiona; si toma una decisión compleja, el senador la condena sin matices ni contexto.

No se trata de oposición responsable ni de contrapeso institucional. Se trata, más bien, de una crítica automática, reactiva, que parece responder más a una incomodidad personal que a un análisis serio de gobierno.

El problema de fondo es que Huerta actúa como si todas las decisiones se tomaran desde la improvisación, olvidando —o fingiendo olvidar— que Rocío Nahle no llegó al gobierno estatal sin experiencia ni formación. A diferencia del senador, ella sí gobernó, sí decidió y sí cargó con las consecuencias de decisiones de alto impacto nacional.

Durante su paso por la Secretaría de Energía, Nahle no solo fue colaboradora cercana del entonces presidente Andrés Manuel López Obrador, sino que se formó directamente en una escuela de toma de decisiones duras. Gobernar no es opinar desde la comodidad del escaño; es decidir aun cuando el costo político sea alto.

Ahí están los hechos. En Dos Bocas, por ejemplo, no se trató únicamente de una obra emblemática, sino de millones de decisiones técnicas, administrativas y humanas. También enfrentó conflictos sociales severos, como cuando grupos sindicales intentaron imponer condiciones mediante la presión y el amago. La respuesta fue clara: con respaldo del Estado, Marina y Ejército, se restableció el orden, incluso enfrentando a estructuras históricamente intocables como la CATEM en Tabasco.

O el episodio en la Ciudad de México, cuando los distribuidores de gas doméstico amagaron con subir precios o suspender el servicio. La respuesta no fue el titubeo ni la retórica, sino una instrucción presidencial ejecutada con firmeza: crear Gas Bienestar para proteger a los consumidores.

Lo mismo ocurrió cuando se tomó la decisión de cerrar el ingreso de barcos de gasolina en Tuxpan ante inconsistencias en la terminal de almacenamiento. Decisiones incómodas, sí; necesarias, también.

Ese es el contexto que Manuel Huerta parece ignorar deliberadamente cuando critica, por ejemplo, la decisión sobre el transporte público en Veracruz. Para él, todo es cuestionable; para ella, gobernar implica resolver, no quedar bien.

Huerta, en contraste, ha transitado buena parte de su carrera en una suerte de “chamba suave”, cómodo en la ambigüedad discursiva, convertido muchas veces en un Chimoltrufio político: cuando dice una cosa, dice otra; cuando parece apoyar, termina saboteando; cuando debería construir, prefiere desmarcarse.

La diferencia es clara. Mientras unos gobiernan y deciden, otros solo critican desde la orilla, sin asumir riesgos ni responsabilidades. Y en política, como en la vida pública, eso tarde o temprano se nota.

Porque criticar es fácil. Gobernar, no.

Al tiempo.

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