La política del lodo y el miedo a una gobernadora incómoda.

  1. Astrolabio Política.

Por: Luis Ramírez Baqueiro

“El que no tiene opinión propia siempre contradice la de los demás”. – Lingree.

En política, cuando se agotan los argumentos, aparece el lodo. Y cuando el lodo surge de manera sincronizada, repetitiva y obsesiva, entonces ya no hablamos de crítica, sino de estrategia. Eso es precisamente lo que ocurre hoy en Veracruz frente a la figura de la gobernadora Rocío Nahle García.

La defensa que hiciera la diputada federal por Morena, Paola Tenorio no es solamente una postura partidista, sino una reacción frente a una narrativa que comienza a cruzar una línea peligrosa: la descalificación basada en el origen, el intento de sembrar duda sobre la legitimidad política y la construcción artificial de una crisis donde los números y la realidad no la sostienen.

Porque el argumento central de los detractores resulta, además de endeble, profundamente ofensivo: insistir en que Nahle no debería gobernar Veracruz por ser originaria de Zacatecas. Una idea que, además de discriminatoria, ignora un hecho elemental: los veracruzanos votaron con plena conciencia.

La coordinadora parlamentaria de Movimiento Ciudadano en la Cámara de Diputados, Ivonne Ortega Pacheco, al insistir en esta narrativa, no sólo cuestiona a la gobernadora, sino que implícitamente cuestiona la inteligencia política de millones de veracruzanos que acudieron a las urnas y tomaron una decisión informada.

Porque nadie puede sostener seriamente que el electorado desconocía el origen de Nahle. Al contrario, era un dato público, ampliamente difundido, discutido y politizado durante todo el proceso electoral. Aun así, la ciudadanía decidió respaldarla.

Y ese es el punto incómodo.

Porque lo que subyace detrás de esta campaña no es el origen de Nahle, sino el temor político a una figura que, guste o no, ha logrado consolidar una narrativa de gobernabilidad, estabilidad administrativa y continuidad política que resulta peligrosa para sus adversarios.

Cuando las críticas dejan de centrarse en decisiones de gobierno y se enfocan en la identidad personal, el mensaje es claro: faltan argumentos.

Pero el fenómeno va más allá.

La sincronía mediática, la repetición de señalamientos y la insistencia en instalar una percepción negativa sugieren una estrategia más amplia. No es casual que la narrativa se replique en distintos espacios, ni que actores de Movimiento Ciudadano se conviertan en amplificadores de esa línea discursiva.

Aquí aparece otra figura central: Dante Delgado Rannauro, líder moral y arquitecto político de Movimiento Ciudadano, quien parece apostar nuevamente a la confrontación como método de posicionamiento.

La pregunta es inevitable: ¿a qué le apuesta Dante Delgado?

¿A la polarización?

¿A la descalificación sistemática?

¿A erosionar la imagen de Veracruz para golpear políticamente a su gobierno?

Porque el costo de esta estrategia no lo paga una persona, ni siquiera un gobierno. Lo paga Veracruz.

Cada campaña negra que intenta posicionar crisis inexistentes impacta directamente en la inversión, el turismo, la percepción de seguridad y la confianza económica. Es decir, la narrativa política se convierte en un daño colectivo.

Y aquí aparece otro elemento que no puede ignorarse: la contradicción política.

Movimiento Ciudadano ha construido en los últimos años una narrativa de “nueva política”, pero sus prácticas se asemejan cada vez más a las viejas estrategias del golpeteo, la infamia y la descalificación personal.

Más aún, cuando en el debate público comienza a instalarse una percepción inquietante: la tolerancia dentro de ciertos espacios políticos hacia perfiles cuestionados o estructuras con vínculos opacos. Una narrativa que, aunque incómoda, ha comenzado a permear y que coloca a Movimiento Ciudadano en una posición defensiva.

Mientras tanto, la gobernadora continúa ejerciendo el poder con un estilo que, guste o no, genera estabilidad política. Y eso, en política, es peligroso para la oposición.

Porque un gobierno estable reduce el margen de maniobra electoral.

Un gobierno con narrativa sólida disminuye el espacio de confrontación.

Y una gobernadora con alta presencia política se convierte en una adversaria difícil de derrotar.

De ahí el lodo.

De ahí la campaña.

De ahí la insistencia.

La defensa de Paola Tenorio, en ese sentido, no es menor. Representa la respuesta a una estrategia que intenta erosionar no sólo a una gobernadora, sino a la decisión democrática de millones de ciudadanos.

Porque cuestionar el origen de Nahle no debilita a la gobernadora.

Debilita el respeto a la voluntad popular.

Y en política, cuando se comienza a despreciar la voluntad ciudadana, el problema ya no es electoral.

Es democrático.

Al tiempo.

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